Mostrando entradas con la etiqueta Columnas sobre actualidad política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Columnas sobre actualidad política. Mostrar todas las entradas

martes, 12 de agosto de 2014

Interesante debate trotskysta (julio-agosto 2014)

http://rolandoastarita.wordpress.com/2014/08/12/critica-del-pts-por-tema-deuda/

http://puntoddesequilibrio.blogspot.com.ar/2014/08/la-deuda-externa-el-imperialismo-y.html

Interesante debate. Hay mucho por comentar. Primero, dejar sentado que la crítica de Astarita al programa transicional es descaminada (por muy varias razones, pero, en lo fundamental, porque es circular: si no tenemos poder para plantear la realización de medidas que hagan avanzar en sentido clasista a la clase obrera, entonces la cuestión es conquistar las condiciones materiales que nos hagan posible esta realización. La pregunta, entonces, es cómo llegamos a esta situación:

a) ¿planteando la impotencia de no tener poder diciendo “verdades”? –el “luchar sin ilusiones” de Astarita que, por lo demás, está basado en un Marx de 1843 que todavía habla de “opresión”, no conoce el plusvalor, ni la explotación, ni había participado sustantivamente en el movimiento obrero;

b) ¿”acumulando poder” como plantean los populistas desde el MIR chileno, una acumulación que rehúye el conflicto directo en la lucha de clases (e.g. i) el MIR chileno nunca criticó frontalmente el frente-populismo de la UP sino solo a sus sectores reformistas, nunca exigió otra cosa de ese gobierno que meramente cumpliera su programa antimonopolista-; ii) en Chile actual se rehúye la el conflicto y lucha de clases de esta manera practicando la “concientización popular” –¡como si clase y pueblo fueran lo mismo!-)?

c) ¿o planteando tareas clasistas en el seno de la lucha de clases, siendo claros en el hecho de que buscamos generar las condiciones para su realización en un futuro plazo mediato?
Segundo, y a la luz de lo anterior es claro que el no pago de la deuda es una medida del último tipo, más todavía si se aclara que se le otorga un sentido clasista (es un mero punto de acuerdo si es que llegara a aplicarla el gobierno burgués k)

Tercero, es un error plantear la desarticulación (desarmonía) de las economías dependientes. Primero, porque parte asumiendo la existencia del tipo ideal “capitalismo nacional desarrollado con economías armónicas”. Esto nunca ocurrió, ni para la Inglaterra del siglo XIX (importante presencia de asalarización parcial, fracciones “campesinas”, inexistencia de voto universal hasta 1832, permanencia de la monarquía, etc, etc), ni para los eeuu de mediados del siglo XX (extendida aparcería semiesclava hasta los 1950s en el sur, no hay derechos formales iguales hasta 1970), ni para la Europa occidental de la segunda posguerra (ya desde los 1960 existía una importante fracción obrera inmigrante sin “derechos”). Más todavía, menos todavía ocurre en los capitalismos nacionales desarrollados de la actualidad (con su cada vez más acusada desigualdad, su importante fracción obrera inmigrante, su “desindustrialización”, etc). E, histórico-teóricamente, no puede existir el capitalismo nacional armónico: el capitalismo es un fenómeno a lo menos regional (pero no mundial a la Wallerstein), lo cual se desprende de la vigencia irrenunciable del plusvalor absoluto junto al plusvalor relativo, de la subsunción formal junto a la subsunción real, de la asalarización parcial junto al “trabajador asalariado libre”. El “capitalismo desarrollado articulado” es un sinsentido histórico y teórico, como lo fue y aún es el maoísmo de Samir Amin.

Cuarto, la jerarquización mundial de la economía capitalista no es una mediada por la explotación, sino por la redistribución del plusvalor. Por lo demás, el marxismo viene debatiendo acerca de este problema hace mucho:

http://marxsimoanticapitalista.blogspot.com/2013/12/fichas-imperialismo-dependencia-e_24.html

http://marxsimoanticapitalista.blogspot.com/2013/12/fichas-imperialismo-dependencia-e_3656.html

http://marxsimoanticapitalista.blogspot.com/2013/12/fichas-imperialismo-dependencia-e_7470.html

http://marxsimoanticapitalista.blogspot.com/2014/01/una-critica-de-tres-teorias.html

http://marxsimoanticapitalista.blogspot.com/2014/01/el-marxismo-y-el-imperialismo-2000s.html

Quinto, es una pena que el compañero Mercatante utilice seguida y enfáticamente el concepto “pueblo trabajador”, ya que el mismo nace y se afirma políticamente justo con el VII congreso de la IC en 1935 bajo la pluma de Dimitrov, instancia en la cual precisamente el comunismo comienza su deriva populista (frentes populares como línea general y a largo plazo). Pueblo y clase no son lo mismo e históricamente el concepto “pueblo” siempre ha incluido dentro de sí a fracciones patronales (incluso bajo su radicalización bajo el mir chileno –“poder popular”-).

Saludos comunistas,
msm

lunes, 30 de junio de 2014

Una crítica clasista al “antineoliberalismo popular” (fines de Junio 2014)


A fines de Junio de este año 2014 Sebastián Osorio publicó una columna de reflexión política en distintos medios alternativos (e.g. elciudadano, unidaddelospueblos, etc)[1]. En la misma, Osorio planteó tres tesis respecto del carácter del momento político actual, tesis que van más allá de la coyuntura y pretenden articular un análisis proyectivo de mediano plazo. En lo que sigue quien escribe realizará una crítica al contenido mismo implícito en la citada columna.

  Las palabras no son meros “términos”. Designan realidades materiales concretas, realidades objetivas. Plantear otra cosa no supone sino recaer en el nominalismo neokantiano que el mismo Lenin criticara en “Materialismo y empiriocriticismo”. Y esta es una cuestión que debiera saber más que bien un plataformista como Osorio, precisamente porque esta corriente anarquista es leninista. No obstante, todo el escrito del compañero está permeado por una ambigüedad manifiesta en lo que hace al contenido material y concreto de los términos que se utilizan. Demostraremos esto paso a paso.

 En primer lugar, tomemos la expresión “modelo” utilizada de manera enfática por nuestro militante del FEL (Federación de Estudiantes libertarios). Por una parte, es importante dejar sentado de entrada que la noción de modelo no sólo es ambigua en el escrito de Osorio, sino que lo es en todo el campo politizado propio del Chile actual. Ejemplo de esto es que unos hablan de “modelo capitalista”, otros de “modelo de desarrollo”, los de más allá de “modelo neoliberal”, los de más acá de “modelo político”, etc. Esta indeterminación conceptual no es arbitraria, sino que se deriva del hecho de que la noción de modelo tiene fuertes dimensiones neokantianas y nominalistas. Las tiene porque colinda de manera estrecha con la noción weberiana de “tipo ideal”, el cual habilita al investigador el llenar de contenido al mismo arbitrariamente y teniendo en cuenta exclusivamente sus propios intereses particulares, desestimando la realidad objetiva (Weber quedó preso del “noumeno kantiano”).

 Por otra parte, en términos de nuestra historia nacional, la noción de modelo tiene sus raíces en la expresión utilizada por el desarrollista Aníbal Pinto (1950s), el cual habló de “estilo de desarrollo”, y lo hizo para fundamentar una política de desarrollo capitalista alternativa a la forma capitalista imperante en su tiempo. Así, la historicidad específica de la noción de modelo evoca unos términos de debate en los cuales la explotación capitalista no se pone en discusión. En términos de lo escrito por Osorio, esto está visto en su tendencia a utilizar la expresión “modelo neoliberal”. Los problemas con esta expresión son múltiples: a) no designa sino una mera ideología (superestructura) al consignar como enemigo principal al “nuevo liberalismo” (no a la clase dominante y explotadora propia del modo de producción capitalista); b) es parte de un corriente de pensamiento que malcomprende la fase capitalista que comienza en los 1980s[2].

 En segundo lugar, Osorio se plantea como escribiendo para la “izquierda”. Aún si su escrito está repleto de “terminología revolucionaria” (Trotsky diría “charlatanería revolucionaria”), el párrafo final de su columna no deja lugar a dudas: la propuesta es la “unidad de la izquierda”. Ante esta expresión, cualquier marxista saltará: ¿es que Marx (y Lenin también, como debiera saber un plataformista) habló alguna vez de que ésta sea la necesidad prioritaria? No lo hizo (y Lenin tampoco), y la razón de esta omisión es fundamental. Consignar como la “necesidad primera” la “unidad de la izquierda” supone recaer en un craso politicismo. Esto es, implica pasar por encima de las condiciones materiales de constitución de las clases sociales y entronizar en cambio una “unidad de voluntades” (“unamos a la gente de izquierda, sin importar sus condiciones materiales de constitución”). Supone pedirle al obrero de a pie que “se siente” de izquierda que construya una alianza con los patrones. En términos de política nacional actual, implica llamar a la unidad junto con el Partido Progresista (Osorio escribió una columna a fines de 2013 en la que claramente consignaba como parte de la izquierda a Meo y su partido), Izquierda Unida, Izquierda ciudadana, el Socialismo Allendista, etc. Todos “partidos” con una base operativa burguesa y un horizonte de transformación capitalista[3]. Por lo demás, en términos de política nacional concreta, es una consigna que confunde en alto grado, ya que la tesis de las “dos derechas” -extendida mucho más allá del estalinismo propio del PC-AP y que consigna a la Concertación (hoy Nueva Mayoría) como una de las dos derechas- es claramente distinta (en términos de la acción política propuesta) a la que reconoce el carácter centro-izquierdista de la Concertación (hoy NM) como hace Osorio. Si bien por mi parte creo que nuestro integrante de Cipstra está en lo correcto (porque la izquierda incluye al social-liberalismo, esto es, a los partidos de izquierda que aplican  políticas liberal-burguesas), las implicancias de su tesis son evidentes: la tarea es arrastrar fracciones izquierdistas aún presentes en la Concertación a un proyecto de transformación presente y futuro[4]. Esta es una política con una envoltura oportunista (seamos “amplios”) pero con un contenido profundamente sectario: desestimemos a priori a cualquier obrero de a pie que vote a la derecha por razones materiales bien precisas. El marxismo clásico, antes bien, vio claramente cómo actuaban los explotados y siempre consignó como la necesidad primera la “unidad de clase” por sobre la “unidad de las voluntades políticas”. Éste es el sentido de la política de frente único, el cual tiene su expresión en los sindicatos, soviets, consejos, etc. Éste es el sentido de la defensa contra el fascismo (la guerra abierta de la clase capitalista contra la clase obrera) que propugnó Trotsky en los 1930s. Ésta fue la práctica de la asamblea Obrera de Alimentación Nacional en el Chile de 1918-1919. Ésta es la esencia de una política no sectaria, pero clasista: en el contexto de un frente único las más diversas tendencias políticas pueden presentar su política, la cual es evaluada en la práctica por la clase obrera. Por otra parte, la izquierda chilena ha mostrado recientemente cómo no hace sino defender proyectos de desarrollo capitalistas con respecto a situaciones cruciales de la lucha de clases. Así, la izquierda in pleno (plataformistas incluidos) salió a darle espaldas al chavismo venezolano a principios de este año, un chavismo que precisamente utilizó la excusa del “ataque de la derecha a la democracia” para seguir profundizando su alianza con la patronal (respecto a este tema, ver la infinidad de artículos publicados en el sitio “laclase.org”)[5]. No contenta con esto, la “izquierda pura”, aquella izquierda “intelectualizante”, aquella izquierda otrora extraparlamentaria (ahora sin el PC de Vicuña Mackenna), emitió un comunicado en defensa de un proyecto de transformación capitalista (el chavismo) sin siquiera un estudio previo de la situación[6]. Por último, la tesis de la unidad de la izquierda es irrealizable también en términos políticos. Esto porque no es sino un sinsentido pedirle a quienes se reconocen en la tradición de la izquierda comunista (Herman Gorter, Bordiga, Pannekoek, etc) que se unan al progresismo burgués de un Meo (el obrerismo genuino –pero sectario- de los ultraizquierdistas necesariamente chocará con el redset anejo a Meo)[7] 

 En tercer lugar, el sociólogo Osorio abunda en “expresiones revolucionarias”. Sin embargo, su leninismo es bastante extraño, ya que, más allá de consignar la vaguedad de una revolución con “horizonte socialista”, falla al no tomar en cuenta una de las sugerencias más fértiles de Lenin:
 
“Nos incumbe ahora indicar al proletariado y al pueblo entero la insuficiencia de la consigna "revolución", mostrar la necesidad de una definición clara y sin equívocos, consecuente y decidida del contenido mismo de la revolución” (Lenin, Dos Tácticas, 1905)

  Pedimos al lector que nos otorgue la licencia de llenar esta laguna. Nuestra tesis es sencilla. Considerando que Osorio es parte del FEL, una organización plataformista chilena, y teniendo en cuenta las declaraciones de una FECH dirigida por una militante de esta organización (apoyando al chavismo), nosotros planteamos que la revolución de Osorio no es fundamentalmente distinta a la que dio a luz al socialismo del siglo XXI venezolano. Y ésta constituyó (y continúa constituyendo) un proyecto de transformación patronal y capitalista[8].

En cuarto lugar, quien en los pasillos de la facultad de ciencias sociales de la universidad de chile fuera conocido como “choro Seba”, abunda en terminología “populista”. “Pueblo”, “movimiento popular”, “sectores populares” son términos recurrentes en un pequeño escrito de apenas 7 páginas (mientras que la categoría de clase –trabajadora, no obrera- apenas emerge en un par de ocasiones). ¿Será que “clase” y “pueblo” son sinónimos y por tanto esta constatación no tiene la menor importancia?[9] La crítica inmanente (criticar en los propios términos al criticado) hace que para criticar a un leninista, debamos responder negativamente a esta pregunta tomando al propio Lenin:

    “La socialdemocracia ha luchado y lucha con pleno derecho contra el abuso democrático-burgués de la palabra "pueblo". Exige que con esta palabra no se encubra la incomprensión de los antagonismos de clase en el seno del pueblo. Insiste incondicionalmente en la necesidad de una completa independencia de clase del Partido del proletariado. Pero divide al "pueblo" en "clases", no para que la clase de vanguardia se encierre en sí misma, se limite con una medida mezquina, castre su actividad con consideraciones como la de que no vuelvan la espalda los amos de la economía del mundo, sino para que la clase de vanguardia, que no adolece de la ambiguedad, de la inconsistencia, de la indecisión de las clases intermedias, luche con tanta mayor energía, con tanto mayor entusiasmo por la causa de todo el pueblo, al frente de todo el pueblo” (Lenin, Dos Tácticas, 1905)

 Aún teniendo en cuenta que en ese momento Lenin aún era “semietapista” (propugnaba la tesis de la “revolución ininterrumpida” y no la “revolución permanente” de Trotsky, esto es, aún consideraba que lo necesario era una etapa de “revolución burguesa” anterior a la revolución obrera socialista-comunista), el pueblo de Lenin claramente se componía de la clase obrera y el campesinado pobre[10]. De hecho, Lenin nace en el marxismo criticando a los narodniki (populistas rusos) por fetichizar al pueblo y al campesinado. Pero lo central es constatar el énfasis que Lenin pone en el hecho de que el pueblo se encuentre dividido en clases. Se nos dirá que Osorio divide al pueblo en “sectores”, y que por tanto no fetichiza al pueblo.
 
 Para responder a esta objeción tenemos que operar sistemáticamente. Primero, si entendemos que el “choro Seba” propone como política central la “unidad de la izquierda”, y ésta izquierda incluye a sectores concertacionistas y al PRO, no vemos cómo su pueblo puede no incluir a burgueses dentro de sí (e.g. Meo dijo en 2013 que no son los banqueros los que deben ser criticados, sino algunos de ellos, los inescrupulosos). Además, si la revolución de Osorio no es distinta al chavismo, no vemos cómo su pueblo no va a incluir a la “burguesía democrática”, fracción con la cual Chávez en innumerables ocasiones llamó a construir “alianzas”. Segundo, los “sectores” consignados por este militante del FEL son “movimientos” (sindical, poblacional, estudiantil). Esto es, grupos en lucha y movilizados. Dejan fuera a los no-movilizados y por tanto caen en el sectarismo. Un ejemplo de este sectarismo con consecuencias concretas en la lucha política práctica, es el caso de la última huelga portuaria de Enero 2014. En ella, la “burocracia combativa” de la Unión Portuaria -organización en la cual el FEL tiene influencia-, abandonó la lucha crucial de Angamos contra el subcontrato negándose a llamar a la CUT para presionar por un paro nacional. En esta situación, la organización influenciada por el FEL consignó que no llamaba a la CUT porque ellos eran “amarillos”. Por otra parte, los movimientos (sectores) del FEL se parecen peligrosamente a la “nuevos movimientos sociales” (NMS), paraguas bajo el cual el “progresismo de izquierda” buscó (y aún busca) eliminar discursivamente la presencia material de las clases sociales y su lucha. Pero esto no es todo: las pocas veces que Osorio se refiere a algo cercano a la efectiva clase obrera, la reduce a la organización sindical. Se lamenta (igual que el patronal Ignacio Larraechea, gerente general de Responsabilidad Social Empresarial)[11], por los bajos niveles de organización sindical. No tiene en cuenta que si bien es importante generar organizaciones más masivas y unitarias propias de la clase explotada, lo esencial es que éstas sean efectivamente propias: recuperarlas para la propia clase mediante la democracia obrera. De hecho, existen países con altas tasas de sindicalización y negociación colectiva, como es el caso de Argentina, un país en el cual no sólo prima el modo de producción capitalista, sino que la misma clase obrera no ha obtenido conquistas democráticas sustantivas. Otros casos de altas tasas de sindicalización y negociación colectiva, pueden verse en los ciertos países de Europa occidental (especialmente los nórdicos); en éstos, no obstante conquistas no menores para sus clases obreras nacionales, no prima en ningún caso el internacionalismo obrero (más bien todo lo contrario).

 Más allá de todo esto, el error fundamental de Sebastián Osorio reside en su incapacidad para articular una reflexión genuinamente clasista. Una de este tipo, necesariamente debe reconocer cómo el “movimiento estudiantil” no cae inmediatamente dentro de del campo de los explotados (seno fundamental de una transformación que sea genuinamente anticapitalista) por virtud de alguna varita mágica ideológica (lo popular), como propone nuestro “choro”. Antes bien, el mismo está traspasado por contradicciones clasistas en tanto su posición de clase no se encuentra aún plenamente definida. Más todavía si la dirección de éste es hegemonizada por los estudiantes universitarios (más elitizados). Es entonces crucial entender que lo que existe son clases sociales, definidas por (y esto está basado en gran parte en Lenin):

(i) Posición de clase –lugar en el punto de producción- (determinante):

a) Relación con los medios de producción
b) Posición en la organización social del trabajo
c) Forma y cuantía de la remuneración

(ii) Condición de clase –vida fuera de la fábrica- (sobredeterminante de primer nivel):

-          Aquí es donde cabe la distinción entre “burguesía” y “clase capitalista”. Una parte importante de los “profesionales liberales” (abogados, arquitectos, ingenieros, médicos) tienen una condición de clase burguesa, esto aún si se incorporan a la producción como “trabajadores” (muchas veces asalariados). Este tipo de trabajador es uno con “polarización capitalista” por su misma posición en la organización social del trabajo, en ningún caso tiene una “posición de clase contradictoria” como argumenta el Olin Wright de los 1980s.

(iii) Extracción de clase -origen social de los padres- (sobredeterminante de primer nivel)

(iv) Trayectoria de clase –tránsito entre clases y/o fracciones de clase en la vida de un individuo (sobre-determinante de primer nivel)

(v) Posición político-ideológica (sobredeterminante de segundo nivel)

Con esto en mente, podemos afirmar que el movimiento de pobladores tiene una base social de clase obrera[12], pero que su lucha prioritaria es respecto de la condición de clase, lucha muy relevante, pero cuya falencia está dada por el hecho de que no se enfrenta al patrón capitalista de manera directa sino mediada. El movimiento sindical representa (en el chile actual de muy mala manera en el caso de la CUT) al obrero en el punto de producción. La tarea clasista de hoy entonces aparece como evidente. Unificar a la clase en sus distintas expresiones poniendo el énfasis en lo determinante: la posición de clase y el enfrentamiento con los patrones. Esto, a su vez, supone que el “movimiento de pobladores” constate prácticamente cómo sus reivindicaciones sólo podrán ser logradas si sus miembros se auto-comprenden como productores (como diría Humberto Valenzuela)[13].  Asimismo, dentro del contexto del movimiento estudiantil es imperativo luchar por constituir un polo genuinamente pro-obrero, cuyas demandas específicas no invisibilicen la contradicción capital-Trabajo (e.g. en este sentido va la actual lucha contra el subcontrato, por la triestamentalidad, por el acceso irrestricto a la educación terciaria, por la estatización bajo control comunitario o cuatriestamental, por una universidad de, para y por la clase obrera, etc). Esto es, en ningún caso la tarea del momento es desestimar el campo educacional (como propone Osorio), sino polarizarlo en pro de la clase explotada. Éste es el sentido de las iniciativas que proponen la unión obrero-estudiantil.
(Permítaseme un pequeño excurso en este punto. Que Osorio proponga “desestimar el campo educacional”, supone dos cosas imbricadas entre sí. Primero, una reducción de lo educacional a lo estudiantil-formal. Esto es, la negación de la autoformación continua como necesidad para una política genuinamente clasista. Es precisamente ésto lo que menta “Baduka Morales”, obrera de la construcción que participó en la Liga Obrera Marxista de los 2000s, cuando habla de la necesidad de “estudiar, estudiar y estudiar”. Segundo, implica no reconocerse en el discurso que Marx dio a la Internacional en 1867:

   “La parte más ilustrada de la clase obrera entiende que el futuro de su clase, y, por tanto, de la humanidad, depende por completo de la formación de la nueva generación obrera…ellos saben que, antes que cualquier cosa, los niños y jóvenes deben ser salvados de los aplastantes efectos del actual sistema” (Karl Marx, en una alocución pública a la Primera Internacional, 1867)

Al final de este escrito retomaremos lo que consideramos como tarea central para la expresión de la clase obrera en el punto de producción y para la clase en su conjunto. Antes de esto, quisiéramos aquí tocar dos puntos más.

Por una parte, la noción de reformismo que Osorio maneja en su escrito. Si bien el integrante de Cipstra comienza de buena manera al distinguir entre reformas y reformismo, yerra de manera importante de manera importante en lo que hace a la caracterización del mismo. Démosle la palabra al compañero:

“El “reformismo” es, en cambio, una expresión política con fundamentos teóricos propios que, en lo medular, entran en conflicto con los planteamientos de la tradición socialista de tipo revolucionaria. Entre los clásicos, se le ha distinguido fundamentalmente por asumir que una transición al socialismo es posible en el marco del capitalismo por medio de una sucesión de reformas sin la necesidad de un proceso de ruptura revolucionaria con la institucionalidad, es decir, sin resolver el problema de la construcción de un poder de clase antagónico al bloque dominante capaz de organizar una nueva sociedad. En consecuencia, el reformismo propende a la utilización del Estado burgués como un instrumento que, apoyado por el movimiento popular, haga viables las transformaciones que se plantea, siendo imperativo para ello subordinar la independencia del movimiento de masas a sus objetivos y despojarlo de sus propias capacidades y definiciones autónomas”

 “Socialistas revolucionarios” existen bastante antes que el reformismo. De esto da fe Blanqui, Proudhon, Bakunin. También muestra esto el mismo Marx, quien escribe el Manifiesto Comunista (1847-8) precisamente para diferenciar al comunismo de los distintos “socialismos” que existían en su tiempo (Marx pone el acento en la lucha de clases y en particular en la clase obrera como agente). Sin embargo, ni Marx ni nadie de su época habló sistemática ni largamente de “reformismo”. ¿Por qué? Porque éste no existía. El “reformismo” nace a fines del siglo en el contexto de la Segunda Internacional, una organización cuyos partidos componentes eran marxistas, tenían una base social obrera y postulaban un horizonte más allá del capitalismo. Un escrito clave al respecto es “Reforma o Revolución” de Luxemburg (1900), escrito en el cual la autora consigna que el “reformismo” es la expresión político-práctica de “revisionismos” (teóricos) del tipo de Bernstein. Si bien es correcto el juicio de Osorio de que el tránsito “pacífico-legal” del capitalismo al socialismo es una dimensión importante dentro del reformismo, no lo es menos el hecho de poseer una base social obrera, una base teórica marxista y un horizonte más allá del capitalismo (cuestiones que no plantea Osorio). Y estos rasgos se mantienen por lo menos hasta 1975 (aproximadamente cuando acaba la tercera fase capitalista). Explican por qué Trotsky le enviaba cartas a los obreros socialdemócratas (reformistas) para articular una defensa contra el fascismo; explican por qué el auge del reformismo (1930s-1970s aprox) suponía que la revolución obrera comunista estuviera en el aire en todo el mundo y que por tanto las clases obreras nacionales pudieran conseguir algunas concesiones democráticas presionando a los explotadores; explica por qué Trotsky consigna que el verdadero reformismo secreta “centrismos de izquierda” en los cuales existe posibilidad de que los comunistas hagan “entrismo”; explica por qué en el contexto de la UP chilena (el reformismo en el poder del Estado) la revolución comunista emergió en ciernes expresada en los cordones industriales, etc. Sin embargo, con el advenimiento de la cuarta fase capitalista, el reformismo se disgrega y pierde fuerza (no es arbitrario tampoco que esto sea paralelo a una derrota obrera mundial de proporciones). De él emergen (al menos parcialmente) distintas fuerzas políticas: a) la socialdemocracia (que defiende unas instituciones de bienestar determinadas pero que ha abandonado la lucha contra el capitalismo, y que posee una base social no necesariamente obrera); b) el progresismo (enarbola demandas progresivas que emergieron predominantemente en partidos obreros marxistas, pero que, al sustraerles su carácter de clase y fragmentarlas, las hace funcionales al mpc sino ya directamente pro-capitalistas); c) el social-liberalismo (partidos de “izquierda” que aplican un programa liberal-burgués).

 Aplicando este marco al Chile actual, podemos constatar cómo el reformismo no ha crecido en el último tiempo, como afirma Osorio. Afirmar una cuestión distinta sería pasar por encima del hecho de que la revolución obrero-comunista no se encuentra “en el aire” (ni de lejos). Dimensiones reformistas de importancia tuvo el partido comunista hasta fines de los años 1990s-principios de los 2000s, un tiempo en el cual Gladys Marín aún podía criticar al 10% más rico del país en el contexto de la Teletón  (y ese Chile era menos desigual que el actual –ejemplo de esto es la evolución del “salario” parlamentario del 2000 al 2012-). Desde ese momento, no es sólo que el PC haya pasado de la necesidad de una “revolución democrática” hasta el actual “gobierno de nuevo tipo”, pasando por la lucha por la “conquista de derechos sociales”; antes que nada, es el hecho de que el mismo partido haya dejado de sufrir “quiebres por izquierda” (el nacimiento autónomo del Frente Patriótico, de la CNT, de la CGT e incluso el más reciente quiebre que dio origen al Partido Igualdad), y comience a generar “quiebres por derecha” (el nacimiento de Revolución Democrática, cuyo programa ni siquiera menciona a la clase obrera o su sucedáneo). El declive del reformismo puede verse en el hecho de que uno de sus intelectuales orgánicos, Manuel Riesco, fue capaz de escribir lo siguiente a fines de 2012:

“La abrumadora mayoría del país está de acuerdo con estas medidas (e.g. estatización), puesto que benefician a todos. Incluso a la segregada elite que hoy vive aislada y atemorizada, en un Apartheid que sabe que no puede continuar. Los auténticos empresarios capitalistas serán los principales beneficiados de nivelar la cancha para las inversiones productivas en base al trabajo calificado de los chilenos y chilenas; de hecho, las principales corporaciones rentistas que hoy explotan los recursos naturales de Chile, son extranjeras…Ciertamente, al igual como ocurrió a lo largo de buena parte del siglo pasado, esta gran transformación solo puede ser dirigida por el Estado, conducido por una nueva coalición desarrollista, de trabajadores manuales e intelectuales, empresarios grandes, medianos y pequeños y funcionarios, civiles y militares. También los trabajadores independientes, pescadores y campesinos…”[14]

No es ya que exista una franja democrática y progresista dentro de la burguesía (la manida tesis etapista de todos los estalinistas), sino que es necesaria una alianza con los grandes patrones nacionales. Sólo un partido que ha dejado de ser reformista abandonaría de manera tan palmaria la categoría de clase en su discurso (como hace el PC en la actualidad) para reemplazarla por la noción de “ciudadano”.

 ¿Quiere decir todo lo anterior que el reformismo no existe en el seno del Chile actual? En ningún caso, ya que lo que queremos enfatizar es el hecho de que la incorporación del PC a la NM en 2012, no implica que exista un “giro reformista”. Lo que hay es un “equilibrio inestable de fuerzas”, una situación fluida donde el “progresismo” y la “socialdemocracia” pugnan por ganar espacios. Esto es lo que expresa la citada incorporación del PC a la NM, un conglomerado político que hoy (hasta el momento) no articula sino un “reacomodo del social-liberalismo” (reacomodo necesario por la existencia de una crisis de legitimidad y un alza en la combatividad del movimiento estudiantil y de franjas obreras). Que el reformismo ganara fuerza implicaría que crecieren organizaciones estalinistas como el PC-AP, que la fracción obrera que aún se identifica y vota por el PC “girara a izquierda”, etc. Sostener una cuestión distinta supone sobreestimar las propias fuerzas, o, como Osorio, entender que la revolución necesaria es contra el “bloque neoliberal” y no contra la clase dominante y explotadora dentro del modo de producción capitalista.

Por otra parte, quien hoy estudia historia en la Usach (Osorio), plantea un marco subjetivista e idealista a la hora de entender la política-práctica. ¿En qué vemos esto? En la noción de “crisis” que maneja Osorio. Para él, una “crisis orgánica” (Gramsci) puede ser generada por el movimiento de masas. Precisamente esta tesis planteó Guevara en 1964 (aunque Guevara no hablara en gramsciano):

“…no siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas”    

 Los problemas con esta tesis son múltiples. Todos se derivan de una visión idealista y subjetivista, la cual omite el hecho de que la realidad objetiva “pasa por encima de las cabezas de los actores” (Marx, El Capital, tomo I). Se omite el hecho de que existen constricciones objetivas que suponen la vigencia de un modo de producción capitalista sujeto a crisis estructurales (1873-1891, 1929-1940, 1975-1983, 2008….). Que a la vez los “ciclos de lucha de clases” (e.g. 1968-1981), que también son un factor objetivo no manipulable a voluntad por organizaciones políticas específicas, se vinculan de manera estrecha (pero con relativa autonomía) respecto de las tendencias que explican las crisis estructurales del capitalismo. Se omite, en suma, que la posibilidad de una revolución obrera-comunista, se deriva de un “crisis nacional objetiva” (“crisis general” en Lenin), crisis que ni el “pueblo” ni ninguna organización específica puede crear[15]. ¿Supone esto un pasivismo acrítico hasta que llegue el momento crucial? En ningún caso. Primero, porque para que la crisis nacional objetiva se resuelva en un sentido obrero-comunista, se necesita la organización de la clase (en partido, en organización de fábrica, etc), se necesita que la insurrección sea parcialmente conducida. Segundo, porque tanto clases como organizaciones pueden influir (¡pero nunca crear, ni manipular!) en las tendencias de la producción y los ciclos de lucha de clases. Tercero, porque la conquista de posiciones dentro de una sociedad burguesa, la tarea cotidiana de la clase, supone la lucha por conquistas democráticas. Cuarto, porque una “crisis de legitimidad” como la que vive hoy la casta política chilena, si es agudizada por la clase obrera explotada (y no por el “movimiento popular”[16]), puede generar un marco de conquistas que prepare a la misma para la conquista del poder.

 Con esto llegamos al final de esta crítica. Quien escribe[17] cree necesario plantear el cariz positivo que toda crítica debe tener, y por tanto plantea lo que sigue. Decíamos más arriba que una tarea fundamental de la clase obrera (en lo hace a su “posición de clase”), es recuperar los organismos sindicales unitarios y de masas, recuperarlos en el sentido de dotarlos de una verdadera democracia obrera. Esto es muy necesario. Pero es una lucha a la cual deben adosársele contenido y tareas prácticas concretas. Al respecto, Trotsky diría: “está muy bien recuperar la CUT, pero, ¿con cuál programa?”. Esto es, entre las demandas mínimas de la clase (que unificadas dan el “programa mínimo”) y el “programa máximo” (e.g. el socialismo vía dictadura obrera)[18], existen las “demandas transicionales”. Más allá de la vigencia actual de demandas transicionales como “control obrero de la producción”, “indexación salarial”, “escala móvil de horas de trabajo” (consignadas en el Programa de Transición), ¿Qué demandas transicionales son capaces de cumplir la tarea asignada? ¿Qué demandas hacen a la clase obrera salir de la atomización y despolitización en que la sume el efecto de dominio de este modo de producción explotador bajo el cual vivimos? ¿Qué demandas hacen que la clase obrera reconozca su poder como clase, su capacidad para distinguir claramente al enemigo y articular una práctica (horizonte, estrategia, táctica) anticapitalista genuina? Obviamente, quien escribe no tiene “la respuesta”, aunque sí cree poder contribuir a la solución de la problemática.

 Primero, debe tenerse en cuenta que la dinámica misma de la producción y la lucha de clases en el contexto de una sociedad capitalista, hacen que la clase dominante y explotadora se plantee problemas que es incapaz de resolver. En el caso chileno, esto se expresa en un Código Laboral con rasgos específicos. Ahí está el meollo del asunto. Si bien es muy positivo que Osorio y sectores sindicales no menores se planteen el fin del Código Laboral heredado de la dictadura militar, esto no es suficiente: debemos ser concretos, la misma realidad material lo exige (como diría Zavaleta Mercado). Quien escribe considera que tres demandas específicas (formuladas en términos negativos) implicarían un avance en el sentido descrito:

(i) La lucha por la eliminación del “despido por necesidades de la empresa”
(ii) La lucha por la eliminación del “contrato por prestación de servicios”
(iii) La lucha contra el subcontrato

 La primera se enfrenta de manera mediada a la fracción capitalista que opera en el campo de acumulación (decisiones de inversión) y cuestiona en no menor medida la existencia del “ejército industrial de reserva” (EIR) necesidad irrenunciable si es que rige el capitalismo[19]. La segunda confronta la polifuncionalidad (o polivalencia), la cual sustenta los generalizados métodos actuales de extracción de plusvalor absoluto. A la vez, se enfrenta a la fracción capitalista “poseedora” de los medios de producción, a aquella fracción que organiza el proceso de trabajo, y cuestiona el “despotismo de fábrica”. La tercera, por su parte, enfatiza en el proceso de producción (la vinculación entre unidades de producción) y cuestiona la estructuración actual de la clase dominante y la constitución de sus fracciones. A su vez, proyecta la solidaridad de clase en la práctica (“a igual trabajo igual salario”). La dimensión cooptable de estas demandas es muy pequeña (y a la vez éstas atacan tendencias que no son sólo nacionales sino que internacionales), y lo será menor aún si la clase es capaz de proponer un contenido positivo que se añada a estas demandas definidas en términos negativos. Y, obviamente, esta es sólo una contribución más, sujeta a discusión, debate y prueba práctica en la lucha de clases. Es muy posible que existan muy otras demandas transicionales necesarias. Las distintas fracciones de la clase explotada lo verán en la lucha práctica.  

Manuel Salgado

         
 



     






[2] Esta cuarta fase capitalista se ha “denominado” de distintas maneras: postfordismo, neofordismo, globalización, toyotismo, neoliberalismo. Ahora bien, la denominación más utilizada es la de “neoliberalismo”. Esta conceptualización entiende a la misma, por lo general, como una fase en la cual el Estado deja de intervenir en las distintas formaciones (“se retira”), a la vez que prima un mercado “globalizado” y “desregulado” bajo la hegemonía del capital financiero. Por nuestra parte consideramos que este contenido denotado por el concepto “neoliberalismo” no se condice con la realidad objetiva propia de esta cuarta fase capitalista. Primero, porque olvida que Estado y capital se requieren y necesitan mutuamente (como señalan infinidad de marxistas, entre ellos, Simon Clarke y Andrew Kliman); un Estado débil y que “no interviene” es una contradictio in adjecto si postulamos la vigencia del modo de producción capitalista. Así, lo propio de esta cuarta fase capitalista sería la modificación de la forma de intervención del Estado en la economía, modificación que no le sustrae a la misma su carácter decisivo y cualitativamente importante. A esta modificación en el tipo de intervención estatal, por otra parte, corresponde una transformación del conjunto de aparatos que constituyen al Estado capitalista, transformación en la constitución de éstos, forma de relación e importancia jerárquica. En segundo lugar, y vinculado con lo anterior, el supuesto “mercado desregulado” que primaría en la fase capitalista que aquí discutimos, en realidad no es tal, sino que supone una acción estatal continua e intensiva, como muy bien señala Steve Vogel en “Freer markets, more rules” (1998). Tercero, la denominada “globalización de los mercados”, en realidad es una tendencia de antigua data (y no algo “nuevo” que comience sólo en 1975). No es sólo que el “mercado mundial capitalista” sea una realidad ya en el siglo XIX, es que la tendencia a la mayor internacionalización de las economías nacionales es propia del supuesto período “proteccionista-fordista” que comienza en 1945 (como señala John Weeks en “Globalize, Globa-lize, Global lies…”, 2002, en Capitalist phases, 2002). Cuarto, la mentada hegemonía del capital financiero (aneja a la tesis de un estancamiento de  la tasa de ganancia de décadas a partir de 1975), olvida que: a) no ha existido empíricamente ninguna oposición de importancia entre el capital industrial-productivo y el capital financiero (de hecho, como señala Orlando Caputo, ambos están estrechamente fusionados –e.g. cada gran conglomerado industrial-productivo tiene su propio banco-); b) la tasa de ganancia se recuperó luego de la crisis de los 1980s (Bill Jefferies habla de una onda expansiva que va de 1993 a 2007); c) la producción es siempre determinante (la hegemonía del capital financiero es una contradictio in adjecto desde una perspectiva materialista). En quinto lugar, quienes entienden a esta fase capitalista como “neoliberalismo” tienden a considerar que la misma es ajena a toda política económica keynesiana. Y esta tesis, simplemente, no es cierta (como lo demuestra la actuación de algunos centros capitalistas en la crisis de 1987, así como también lo que ha venido a denominarse el “keynesianismo de derechas guerrerista” propio de la economía de Estados Unidos desde ya hace varias décadas). Sexto, conceptualizar una fase capitalista a partir del campo superestructural de la ideología (un liberalismo que sólo sería “nuevo”), cae en un análisis idealista (reemplaza una ideología por el ser de las clases y la producción). Por lo demás, a quienes hablan de “neo” “liberalismo” como categoría estructurante en sus análisis, puede muy bien aplicárseles la conocida máxima de Nahuel Moreno: “es muy grave afirmar que algo es nuevo para evitar hacer un análisis de clase”. Por nuestra parte, si bien no pretendemos poseer una caracterización definida y final de la fase en cuestión, consideramos que su explicación debe enfatizar en los cambios dentro del proceso de producción y en el proceso de trabajo, la generalización de la ley de valor por el mundo entero (incorporación de la antigua urss y de China), el tipo específico de intervención estatal, así como también considerar las implicancias de una derrota mundial de la clase obrera (derrota en la periferia, en los centros, en la urss, en China, en África). 
[3]  Me reservo la cuestión de la “base social” y de la “base electoral” (que requieren investigación empírica para ser evaluados de manera certera). Respecto de la base operativa del Partido Progresista, no basta sino fijar la atención en su figura principal, Marco Enríquez  Ominami, quien vive en un exclusivo barrio de la capital (Chicureo) y propone una “sociedad con mercado”; respecto de Izquierda Ciudadana, véase su misma denominación, la cual llama a la colaboración de clases (desde el Marx de La Cuestión Judía de 1843 sabemos que tanto burgueses como obreros son “ciudadanos”, y los primeros, bajo una sociedad burguesa, siempre primarán si omitimos el carácter de clase de la ciudadanía que buscamos: ciudadanía obrera, ciudadanía burguesa), así como su activa participación con políticos burgueses “progresistas” como la actual alcaldesa de Providencia ; respecto de Izquierda Unida ver el claro progresismo (que siempre es burgués) de Cassadó en sus columnas para Elclarin.cl y el ciudadano.cl; respecto del Socialismo Allendista, basta sino haber leído la interpretación que tienen de la UP como un mero proyecto socialdemócrata sin dimensión obrera alguna, para constatar su base operativa y proyecto burgués-capitalista. 
[4] Respecto de la existencia de fracciones izquierdistas dentro de la Concertación, Agacino escribió en 2005 que éstas habían desaparecido (Agacino opera con una noción cercana a lo que el sentido común comprende como “izquierda clasista”)
[5] Algunas corrientes trostkystas como el PTR, la CER y otros, las cuales sí se identifican con la izquierda, no cayeron en este error. La diferencia es que estos grupos son de la “izquierda clasista”.
[7] ¿Supone esto desestimar de plano en todo a la “izquierda”? En ningún. La organizaciones genuinamente obreras pueden (y deben) articular acuerdos con distintas organizaciones de izquierda, según la situación de la lucha de clases lo requiera y manteniendo una línea clasista. A lo que apuntamos es, antes bien, a la colaboración entre  clases  antagónicas que supone la tesis de la unidad de la izquierda.
[8] Artículos que sostengan esta tesis hay muchos. En términos generales, el lector puede dirigirse a los escritos de las diferentes agrupaciones que componen la FT-IV, así como también al ya citado sitio de los morenistas de “laclase.org”. Un artículo que resume bien y de manera sucinta los argumentos y datos que sostienen esta tesis, y lo hace en el contexto de una crítica al plataformismo, puede leerse en el siguiente vínculo:http://periodicoellibertario.blogspot.com/2014/04/venezuela-una-encrucijada-donde-hay.html#more.   
[9] “Clase” y “pueblo” efectivamente no son lo mismo. Al menos en lo hace al contenido material que han designado en la historia de lucha de clases hasta hoy. Quien escribe actualmente realiza una pequeña investigación al respecto, la cual publicará a la brevedad.   
[10] Si entendemos que el  Chile actual sufrió un proceso agudo de descampesinización desde 1975 (por lo menos), pero que a la vez la degradación de las condiciones obreras de vida fue eminente, el “pueblo pobre” no parece una mala alternativa a la hora de considerar el tipo de alianzas entre los explotados para enfrentar de manera decidida a la clase dominante y explotadora. Además, la misma clase obrera no es igual al trabajador asalariado libre (fundado en la explotación capitalista que supone el plusvalor relativo y la subsunción real), como señalan distintos autores (Jairus Banaji, Tom Brass, Jacques Chevalier, Carol Smith, etc) en el contexto del debate marxista acerca de los modos de producción.
[12] El otrora leninista Manuel Castells demostró empíricamente a principios de los 1970s que los “marginales” del Chile de esa época tenían un posición predominantemente obrera. Si eso ya era así para un Chile en el cual los grupos campesinos aún tenían cierto peso en la estructura social, es más que probable que hoy los “marginales”, bajo el contexto de un proceso de “descampesinización” profundo, sean obreros. De hecho, éste es el sentido del actual trabajo tercerizado, parcial, informal, del subcontrato, etc.
[13] Una tendencia en este sentido, bastante progresiva, se da con el movimiento de pobladores que recién viene naciendo en el norte de la capital (Conchalí y comunas aledañas)
[14] http://marxsimoanticapitalista.blogspot.com/2013/04/tristeza-de-un-comunismo-capitalista.html. La idea de que el conflicto clasista no tiene base nacional fue sostenida por fracciones de la misma OCL, matriz del FEL (la organización a la cual Osorio pertenece hasta donde sabe quien escribe), durante el 2013.
[15] La “crisis nacional objetiva” de Lenin, ¿fue una mera especificidad rusa como dicen los progres? En ningún caso, ya que “situaciones revolucionarias”, “revolucionarias sui generis” y “prerrevolucionarias”, sí se dieron en muchas ocasiones después de Noviembre de 1917. De esto da Alemania 1923; Francia y España en los 1930s; Italia, Francia y Grecia en 1945-1947; Alemania en 1953; Hungría en 1956; Bolivia en 1952; Chile en 1972-1973; Portugal en 1974-1975; Irán en 1979. Pero, más importante para la lucha política actual, situaciones de este calibre sí se dieron desde 2008 en Túnez, Egipto, Grecia y parcialmente en España.
[16] Como señalara Alejandro Montecinos en los 2000s, el concepto “movimiento popular” precisamente emerge en el Chile de los 1980s a partir de intelectuales (Mario Garcés, Gabriel Salazar) que se oponían a una política clasista. De manera poco sorprendente, de ahí en adelante el contenido material concreto de la noción “movimiento popular” ha incluido dentro de sí (de manera indistinta) capas medias y fracciones de extracción burguesa.
[17] Para que no queden dudas: quien escribe tiene una extracción de clase burguesa (hijo de profesionales bien avenidos), fue a la universidad (pero no tiene título) y hoy trabaja de obrero (posición de clase obrera). No es un crítico superficial del PC, a quien votó al menos en 4 ocasiones, así como también concurrió a la marcha de 2005 por la muerte de Gladys Marín (500 mil personas). Quien escribe hace una crítica clasista genuina al populismo de Osorio.
[18] La “unidad de voluntades”, sean “de izquierda” o “socialistas”, es lo que hace sectarios a grupos obreros como la citada Unión Portuaria, la cual, como dijimos más arriba, desestimó convocar a la CUT en el contexto del paro por rama de principios de 2014, porque ésta era “amarilla”. Sea “de izquierda” o “socialista”, el sectarismo se reconoce en el hecho de que antes que las demandas transicionales pone el “programa máximo” 
[19] No por nada en la URSS no existía desempleo: allí existía un modo explotador, pero éste no era capitalista. 

viernes, 31 de enero de 2014

Sin antagonismo no hay progreso (fines 2011)


Pregunta. A partir de las reflexiones de Marx y Dahrendorf acerca de la naturaleza del conflicto de clases, analice el carácter de los conflictos protagonizados por la CUT y la ANEF durante el 2011.En caso de que decida utilizar solo uno de los autores en su respuesta, justifique teóricamente dicha elección.

“Sin antagonismo no hay progreso. Tal es la ley que ha seguido hasta nuestros días la civilización. Las fuerzas productivas se han desarrollado hasta el presente gracias a este régimen de antagonismo entre las clases” (Miseria de la filosofía)

El siguiente ensayo toma como pie de análisis el postulado teórico arriba citado, escrito por Marx allá por el año 1847. De acuerdo con esto, quien escribe estipula que las elaboraciones de Ralf Dahrendorf, referidas al conflicto de clases y el cambio estructural, no son pertinentes para el análisis de los casos de conflicto concreto que aquí pretendemos analizar. Sumariamente, diremos que la importante cantidad de errores teóricos, así como el carácter anticientífico de los esfuerzos analíticos del autor mencionado, inhiben su utilización para cualquier investigación que desee aprehender los mecanismos objetivos determinantes del movimiento propio de toda formación social en la cual predomine el modo de producción capitalista. Para el mayor desarrollo de estas afirmaciones, se requiere que el lector se dirija a las notas finales de este ensayo[i].

Todo ensayo de análisis teórico de una realidad concreta determinada, debe presentar al menos una tesis (hipótesis) que luego intente confirmar de manera tanto empírica como argumental. En el caso que aquí elaboraremos, la reducida información empírica que se presenta solamente será utilizada para ilustrar los fundamentos factuales de los desarrollos argumentales, los cuales tendrán preponderancia. La tesis que en este escrito se plantea se desarrollará como se muestra a continuación.

 Siendo efectivo que la realidad social se desarrolla, esto es, progresa, mediante la materialización de los conflictos de clase en ella presentes, es importante discriminar entre tipos y niveles de conflicto. En este sentido, la afirmación de Dahrendorf según la cual Marx estipularía que “todo conflicto social sería un conflicto de clases”, tiende a obscurecer el análisis concreto de la realidad social. Porque el sentido último de las teorizaciones marxistas versa sobre la pertinencia clasista de los conflictos propios a una formación social en la cual predomina el modo de producción capitalista. Y esto es muy distinto a la “atribución clasista” que Dahrendorf, en un alcance algo sustancialista, afirma como particular de Marx. La pertinencia clasista de un conflicto social, nos ilumina sobre el hecho de que toda forma de funcionamiento que sobrepasa el límite de lo coyuntural y pasajero en una formación social dada, está determinado en “última instancia” por la contradicción que funda el modo de producción en ella dominante. En este sentido, es efectiva la posibilidad de rastrear todo conflicto social a sus fundamentos últimos; sin embargo, lo esencial del caso es la irrenunciabilidad de las mediaciones. Esto es lo que diferencia la “pertinencia clasista” de la “atribución clasista”: la determinación en última instancia sólo puede ser rastreada a través de innúmeras mediaciones, nunca de manera mecánica y “directa”. Es de esta manera como creemos que es posible fundamentar la necesidad teórica de la existencia de tipos y niveles de conflicto. Sumariamente (ya que una elaboración sistemática no es propia de un ensayo), distinguiremos dos tipos o niveles de conflicto: a) aquellos conflictos clasistas que no cuestionan los fundamentos del modo en el cual se reproduce la sociedad, y que más bien suponen la confirmación y aceptación de sus criterios (para facilitar el modo de expresión, se denominará a estos conflictos clasistas, como “conflictos adaptativos”, los cuales, aquí se afirma, solo suponen una reproducción social sin mayores fricciones, en ningún caso un impulso propio de un cambio social progresivo); b) aquellos conflictos que, si bien no expresan de manera manifiesta los cuestionamientos al modo como se reproduce la sociedad, sí poseen la potencialidad propia de una lucha clasista que se oriente a la raíz de las estructuras que sostienen de manera fundamental la formación social en la cual se insertan (para mayor comodidad llamaremos a estos conflictos, “conflictos estructurales”, a los cuales sí se les atribuirá un carácter socialmente progresivo)
  
 Hecha la distinción que aquí se pretendía presentar, vayamos al caso concreto de análisis que debemos tratar. Los conflictos presenciados por las organizaciones sindicales en el curso del año 2011, deben entenderse en toda su complejidad y contradictoriedad interna. Es en este sentido útil realizar un primer acercamiento al tema, mediante una distinción. La  misma nos informa de que el carácter y la naturaleza específica de los conflictos que presenciamos en el año en curso, difiere, en alguna medida, de todo un patrón de conflicto precedente. Este año hemos sido testigos de un conflicto clasista en el cual las reivindicaciones y formas de lucha del movimiento sindical, ameritan que al mismo se lo denomine “conflicto estructural”. ¿Cómo?, dirán algunos. ¿Puede realmente calificarse al proceso vivido este año de esta manera, cuando a todas luces no fue sino uno gremial y corporativo? Realmente, creemos que sí es posible esta calificación. Por una parte, porque debe entenderse el proceso sindical de conflicto como uno no originado (aunque no intentamos forzar la nota con un tipo de argumento “genético”) y orquestado exclusivamente por las cúpulas dirigenciales que han cooptado históricamente la fuerza de lucha de los trabajadores, sino que más bien por dirigentes medios y bases, así como también determinado por un auge de la movilización social en su conjunto. Por otra parte, porque este “conflicto estructural” efectivamente fue más allá de la tendencia conflictual propia de dos décadas de “lucha”: las reivindicaciones que se presentaron no circularon en torno al manido “reajuste salarial del sector público”, al menos, no de manera fundamental. En lo que sigue se presentarán ciertos desarrollos al respecto.
 
 Primeramente, para adentrarnos en el tema debemos proporcionar algunas pinceladas históricas que nos permitan situarnos en la estructura de las organizaciones sindicales que fueron el foco del conflicto al cual aquí hacemos referencia. La CUT (central unitaria de trabajadores), ha existido bajo su estructura actual (al menos en sentido grueso), hace ya dos décadas, desde el momento en que se instauró la espuria “vuelta a la democracia”. La misma organización, sin embargo, careció de independencia político-social para representar de manera efectiva el sentir de sus bases. En el mismo sentido nos informa una fuente periodística: “La actual central fue domesticada por veinte años de Concertación para el efecto de concebir gobiernos que hicieron lo que quisieron, y muy contadas veces se ocuparon de medidas en favor de los trabajadores”[ii]. Esta condición estructural no es una mera afirmación derivada de cierta opinión siempre “subjetiva”, sino que muestra su carácter objetivo a través de la misma historia de la multisindical. Esta historia es una de continuos y sucesivos “desmarques”, desafiliaciones derivadas de la situación estructural de la CUT. El primer descuelgue data de años “tempranos”, cuando ya en el año 1995 un grupo de dirigentes y sus bases  sindicales (160.000 afiliados), abandonaron el organismo para fundar lo que sería la Central Autónoma de Trabajadores (CAT). Las críticas enarboladas por aquellos que abandonaban la multisindical, versaban sobre la nefasta influencia y la palmaria cooptación del gobierno y los partidos afines al mismo, al momento de formular la política estratégica del organismo. Asimismo, los nuevos fundadores de la CAT basaron también su desmarque en la aceptación acrítica por parte de la CUT, de cierto Tratado de Libre Comercio que nuestro país por esos años firmaba con los Estados Unidos. Avanzando en el tiempo, la descomposición de la máxima institución sindical del país, se muestra cada vez de manera más evidente. En el año 2003, la COTIACH (multisindical afiliada a la CUT que reunía sindicatos ligados al procesamiento de alimentos, los servicios y el comercio), abandona la CUT para luego, en 2004, transformarse en la CGT (central general de trabajadores), conducida por Manuel Ahumada. Las críticas que en ese momento se formularon, discurrían acerca de la falta de democracia en el organismo, así como también la nefasta cooptación del mismo por los partidos políticos oficialistas. En tercer lugar, y también en 2004, renunciaron tres dirigentes del Comité Ejecutivo de la Central Unitaria de Trabajadores, los cuales pasaron a formar el colectivo sindical siglo XXI. Cuando este último transformóse en la UNT (Unión nacional de trabajadores) y logró afiliarse a la CSI (Central Sindical Internacional), la CUT, en forma de represalia, rescindió su membresía a este organismo internacional. A estos casos, bastante indicativos, podemos sumar el hecho de que la multisindical (71 sindicatos) “Gente de Mar” ya no pertenece al máximo organismo sindical del país (siendo la pesca artesanal e industrial una actividad productiva de importancia en nuestra formación social)

  La sumaria historia de la CUT que así hemos presentado, no es gratuita. Se la ha desarrollado para fundamentar la afirmación que describe al organismo como un ente cooptado por los gobiernos de la “concertación” y sus partidos afines, el cual no ha podido y no ha querido representar de manera efectiva y real ciertas demandas transversales a la “clase trabajadora” chilena. Asimismo, fue necesaria la historia precedente, para ilustrar el contexto bajo el cual la tendencia conflictual propia de este periodo se dio. Esto es, mientras la multisindical se descomponía y era cooptada por cúpulas de toda índole, la tendencia conflictual versó, en líneas generales, en torno a la manida  reivindicación anual correspondiente al “reajuste salarial del sector público”. Sin embargo, ya en 2011, y bajo todo el auge de las movilizaciones sociales, la lucha clasista, aquí afirmamos, cambió de carácter evidenciando cierta tendencia hacia el “conflicto estructural”. ¿Cómo es posible que las mismas cúpulas dirigenciales que por largos años ahogaron la lucha de los trabajadores pudieran ahora súbitamente cambiar de rumbo? Aquí afirmamos que este cambio de rumbo fue posible, porque su origen no fue, al menos en su sentido social estructural, el mismo de otros años. El origen de estas reivindicaciones más estructurales podemos rastrearlo en dos fuentes originales. Por un lado, y de manera fundamental, la tendencia de los afiliados a la multisindical (bases y dirigentes medios) a criticar el funcionamiento interno del organismo, al cual se le enrostraría su carácter poco democrático a la vez que su cooptación por el antiguo oficialismo concertacionista. Esta tendencia, más que demostrada por los sucesivos descuelgues ya señalados antecedentemente en este ensayo, tuvo un punto de ruptura y agudización, postulamos, justamente durante el año en curso (2011). Siete dirigentes sindicales afiliados a la CUT presentaron, en Junio de este año, una “Carta abierta a los trabajadores/as de Chile”[iii]. En ella se resumían dos décadas de años de lucha interna: “se demandó hacer público el padrón electoral, presentar un balance público de la tesorería de la CUT antes de treinta días, un informe de la comisión revisora de cuentas sobre denuncias de irregularidades, convocar un congreso extraordinario con carácter refundacional y adelantar las elecciones del consejo Directivo Nacional”[iv]. Asimismo, se buscaba la ampliación del organismo hacia sindicatos en el sector privado; la premiación con recursos adicionales a los sindicatos más activos y movilizados; así como también se formulaba la crítica fundamental a la inexistencia de voto universal en el organismo. La tendencia, en suma, buscaba la ampliación y agudización de la lucha sindical, así como la efectiva democracia y transparencia en el funcionamiento de la institución. El hecho crucial de que consideremos que esta tendencia interna a la CUT (cuyo punto culminante fue la “Carta abierta a los trabajadores/as”) como fundamento del giro en la forma del conflicto clasista, se explica porque la fijación de la fecha y el momento oportuno de la movilización nacional convocada a mitad de año, fue realizada a instancias (o presiones materiales efectivas) de este movimiento interno. Inicialmente, los paros nacionales que había planificado el organismo para el año en curso, estaban agendados para el 24 y 25 de Octubre, de manera que los mismos se acoplaran y funcionaran como palanca para las negociaciones de las cúpulas dirigenciales en torno al presupuesto y el “reajuste”. Sin embargo, la presión interna de los firmantes de la “Carta abierta…”, fue fundamental, tanto para cambiar la fecha al mes de agosto, como para ligar el mismo paro nacional a demandas de un corte más estructural que se alejaban de la mera negociación por el reajuste. Desde la perspectiva que aquí desarrollamos, creemos que este giro en la naturaleza del conflicto clasista es la culminación de una tendencia interna a la CUT, la cual, originada desde las bases y los dirigentes medios, se oponía a las manipulaciones de las cúpulas dirigenciales que siempre, y sólo y exclusivamente, focalizaban sus esfuerzos en torno al presupuesto. En cierta medida, fue la clase trabajadora (clase obrera, si utilizamos los términos de Engels), la que expresó sus antes ahogadas demandas, mediante ciertos dirigentes medios y las bases afiliadas a la CUT. La existencia de la clase que vive del salario, a la cual se le expropia el plusvalor, mostró su latencia, modificó la tendencia del conflicto determinante. Un dato indicativo que fundamenta esta afirmación, es el crecimiento continuo en la cantidad de huelgas ocurridas en el último lustro (huelgas que son expresión de las bases y los dirigentes medios, no de las cúpulas, ya que no fueron, en su mayoría, “paros nacionales” convocados por las dirigencias)[v]. En segundo lugar, no debemos olvidar que una parte importante de este giro en la naturaleza del conflicto clasista se origina a partir y gracias al auge de la movilización social (estudiantes, pueblo mapuche y movimiento ambientalista, fundamentalmente). Sin embargo, como la problemática ligada a esta segunda dimensión explicativa se desvía un poco de nuestro interés y de nuestro caso concreto de análisis, es preferente no hacer mayor referencia a ella.

 Ahora bien,  la tesis fundamental de este ensayo, que tiene su premisa en la distinción entre distintos niveles de conflicto, no es una mera construcción personal arbitraria, sino que es posible de ser fundamentada a través del marco teórico desarrollado por Marx. Por una parte, no es difícil argumentar que el “conflicto adaptativo”, propio de las negociaciones cupulares en torno al presupuesto (“reajuste”), no es socialmente progresivo. Esto porque el reajuste revindicado este año (y muy posiblemente los años anteriores también se hiciera de forma similar) se fundamentaba de la siguiente manera: es pertinente un 9,8% de alza salarial, porque la inflación anual proyectada para este año es de un 3,3%, así como también el crecimiento anual proyectado alcanza la cifra del 6,5%.  En términos marxistas, lo que aquí se nos presenta es una lucha por el mantenimiento de los salarios relativos, mediante un alza de los salarios reales, la cual permite que los mismos no decaigan por la posibilidad de su mantenimiento “nominal”. Por lo tanto, este conflicto supone como reivindicación el mantenimiento de la diferencia relativa entre las clases (si se toma como un indicador de esta diferencia la retribución monetaria, claro está); no cuestiona el modo básico mediante el cual se reproduce el modo de producción capitalista. Ahora bien, si es verdad que pone un freno a la tendencia objetiva denominada “polarización relativa creciente entre las clases”, también es verdad que este tipo de negociación funciona mediante un mecanismo muy propio del reacomodo del modo de producción capitalista. Como el mismo funciona fundamentalmente mediante la generación de plusvalía relativa, el alza en la productividad del trabajo le permite cierta flexibilidad de maniobra al momento de distribuir el excedente incrementado. Con respecto a lo segundo, aun siendo posible enumerar descriptivamente el carácter social progresivo (en tanto cuestionamiento de la forma reproducción social dominante) de una infinidad de demandas emanadas a partir del cambio en el carácter del conflicto clasista, sólo deseamos aquí apuntar tres dimensiones, las cuales creemos poseen cierta importancia. Primero, el hecho de que las nuevas demandas tengan su eje en la lucha contra la desigualdad material. Expresión de esto es la reivindicación de una reforma tributaria progresiva, en la cual las grandes empresas tributen suficientemente. Creemos percibir aquí una lucha directa contra la “polarización relativa creciente de las clases”, en tanto se busca mermar las ganancias de la clase dominante y redistribuirlas entre los trabajadores a través del aparato público (que no es un mero instrumento de la clase dominante, ya que posee cierta “autonomía relativa”). Una segunda dimensión de esta nueva forma de conflicto, está dada por el cuestionamiento de uno de los mecanismos fundamentales de la reproducción capitalista: la sobrepoblación relativa de la clase obrera. Al respecto, Marx establece: “Toda la forma de movimiento de la industria moderna deriva de la transformación constante de una parte de la población obrera en brazos desocupados o semiocupados”[vi]. El total de esta “sobrepoblación” es posible de ser clasificado en varios subgrupos, esto según su origen social y su funcionalidad estructural. Ahora bien, a uno de estos subgrupos Marx lo denomina “sobrepoblación estancada”: se encuentra constituido por una fracción de los obreros activos, la cual, sin embargo, es ocupada de manera absolutamente irregular por el capital. Asimismo, se caracteriza por el máximo de tiempo de trabajo que se le extrae, así como por el mínimo de salario con el cual se le retribuye. Y, no menos importante, es el subgrupo de la sobrepoblación obrera que más aumenta con el desarrollo del modo de producción capitalista. Y de hecho son estos elementos teóricos los que nos permiten inteligir el carácter estructural preciso de ciertas demandas propias de la nueva forma de conflicto. Cuando se reivindica un “nuevo código laboral”, la sindicalización automática, el fin del multirut, el término de los despidos por las “necesidades de la empresa”; realmente se está demandando la eliminación de una de las tendencias objetivas del desarrollo del capital: se lucha por el término del trabajo precario. Y el trabajo precario, puede ser identificado, sin mayores discrepancias, con aquella forma (subgrupo) de la sobrepoblación obrera relativa que ya hemos descrito (“sobrepoblación estancada”). Por lo tanto, una dimensión fundamental del nuevo “conflicto estructural” está dada por el cuestionamiento de uno de los mecanismos básicos de la reproducción del modo de producción capitalista. Finalmente, una tercera dimensión esencial de la nueva forma de lucha dice relación con la materialización de una democracia real y efectiva en las instituciones fundamentales que componen la sociedad. Ahora bien, en las apariencias supone una paradoja irresoluble que las cúpulas de una organización en la cual la democracia no existe, reivindiquen la generalización de la democracia para el conjunto de la sociedad (se hablaba en su momento de “democracia social”). Sin embargo, aquí postulamos que esta reivindicación democrática no se origina ni tiene su causa determinante en las manidas manipulaciones dirigenciales de siempre. Creemos hallar un vínculo orgánico entre esta demanda y la tendencia interna a la CUT que hemos descrito con alguna extensión unas líneas más arriba. Es la reivindicación de los afiliados de la base, así como de dirigentes medios, la que termina siendo manifestada en tanto que discurso oficial del organismo sindical. Por extensión, es una reivindicación que en alguna medida emana desde la clase productiva misma (ver más arriba). Pero, ¿qué relación tiene esto con el marco analítico marxista? A nuestros ojos, posee una relación y un vínculo bastante fuertes. Al respecto, véase la siguiente cita:

 “Si el primer fin de la resistencia se reduce a la defensa del salario, a medida de que los capitalistas se asocian a su vez movidos por la idea de la represión, y las coaliciones, en un principio aisladas, forman grupos, la defensa por los obreros de sus asociaciones frente al capital, acaba siendo para ellos más necesaria que la defensa del salario. Al llegar a este punto la coalición toma un carácter político”[vii]
   
 En esta cita, extractada de la Miseria de la Filosofía, así como también en pasajes fundamentales del Manifiesto Comunista, Marx nos presenta un elemento político, a su juicio, fundamental: la organización obrera como fin en sí mismo. El hecho de ver la organización para lucha no como un mero medio, sino como una especie de microcosmos que preludia la sociedad futura, es un elemento destacado en la concepción de la política en Marx y la tradición marxista en general. En este sentido, no es una elaboración casual aquella del partido político formulada por Lenin y fundamentada por Lukacs, sino que de alguna manera se desprende de los propios elementos políticos entregados por Marx. Con estas precondiciones, a quien escribe le parece evidente que la reivindicación de una democracia real en las instituciones esenciales de la formación social chilena, es un elemento vinculado interna y orgánicamente con el deseo de constituir asociaciones que no sean un mero medio, sino que, en alguna medida, también y esencialmente, un fin en sí mismo. De esta manera, la reivindicación igualitaria, democrática y “antiprecarizadora”, puede constituir un potencial conflictivo estructural, esto es, enfrentar (al menos en forma latente) la forma fundamental mediante la cual se reproduce el modo de producción capitalista.
  Por último, quisiera consignar unos puntos que pudieran parecer ambiguos. Es que, superficialmente, pareciera como si el Marx que aquí hemos ofrecido no fuera más que un socialdemócrata, o un keynesiano de izquierda. Sin embargo, creemos que esta es una ilusión. Primero, porque la democracia obrera, efectivizada en sus propias organizaciones de clase, es una característica en todo sentido opuesta a las prácticas socialdemócratas más inveteradas. El PSD alemán de fines del siglo XIX se caracterizó por la cooptación burocrática de las dirigencias sindicales (al menos en medida parcial). Asimismo, la movilización de la clase obrera italiana en la década de los sesenta y setenta, revindicaba un obrerismo democrático que controlara las fábricas, situándose, de esta manera, en oposición a la variante tecnocrática (por lo tanto, antidemocrática) muy propia de los keynesianos de izquierda. En este sentido, la reivindicación de una democratización general a todas las instituciones sociales y no específica del “sistema político”, es un planteamiento ajeno al paradigma político de la socialdemocracia. En segundo lugar, la lucha contra la precarización en la actualidad, no significa lo mismo que el “trabajo digno” prometido por las democracias keynesianas de mediados del siglo pasado. Esto porque, la misma historia ha demostrado que el “pleno empleo” es una característica que sólo puede ser pasajera en el modo de producción capitalista. Más todavía en el contexto actual, en el cual la alta composición orgánica del capital genera de manera masiva “desempleo tecnológico”. En tercer lugar, la lucha contra la desigualdad material, si bien la forma en que se presenta pudiera parecer algo keynesiana (tributación progresiva), es un aspecto redistributivo que no se ha alcanzado nunca en el curso del desarrollo capitalista. No se apunta hacia algo existente desde 1945 a 1970 en el capitalismo avanzado, ya que, si la demanda planteada es genuina, supone una redistribución real del excedente generado en favor de la clase trabajadora. Y esto no sucedió en el capitalismo keynesiano, como muy bien muestran Marshall, Bottomore, Shaik, etc (los beneficios sociales que recibió la clase trabajadora en esa fase histórica fueron derivados de un crecimiento exponencial, toda vez que se ha demostrado empíricamente que la misma pagaba en valor mediante los impuestos aquello que recibía como “servicio social”).
          



[i] En lo que sigue se presentarán 17 puntos que indican los errores y el carácter anticientífico de la teoría de Ralf Dahrendorf  referida a las clases sociales y la transformación estructural
1) Eclecticismo: “contra semejante proceder elevará su reproche el eclecticismo. El concepto se utiliza aquí con cierta razón, pero no habrá lugar a reproche alguno. En la filosofía puede considerarse el eclecticismo como pecado, pero la ciencia es, por esencia, siempre ecléctica. Es más, el científico que como tal no es ecléctico, no es científico o, a lo sumo, es un mal científico. La aceptación sin limitación alguna de una teoría , el dogmatismo, constituye el pecado capital de la ciencia”
1’) El saber científico, contrariamente a lo que postula Dahrendorf, no funciona mediante mecanismos eclécticos, sino más bien por medio de paradigmas. Estos son marcos analíticos amplios, que pueden contener una o más teorías, y que se caracterizan por delimitar problemáticas fundamentales en torno a las cuales la comunidad científica trabaja. Como estas problemáticas no se encuentran resueltas –algo bastante obvio ya que toda problemática resuelta deja de ser “problemática”- el desarrollo científico consiste en su depuración y solución. Por lo tanto, cuando el autor nos presenta como las dos únicas alternativas posibles el dogmatismo y el eclecticismo, en realidad exhibe una dicotomía espuria no propia de la naturaleza del funcionamiento científico. Esto porque la misma noción de un “paradigma ecléctico” es una “contradictio in adjecto”, así como todo “dogma”, en tanto supone la aceptación acrítica de sus postulados, niega la crítica  racional, elemento fundamental del desarrollo científico. El hecho mismo de que la ciencia no funciona mediante el eclecticismo, lo demuestra el fecundo desarrollo del paradigma marxista en el curso del último siglo y medio

2) Funcionalismo: “se trata especialmente de categorías conexas (“funcional” y estructural-funcional”), ligadas en parte por una aceptación generalizada…La estructura de una sociedad se manifiesta, en su aspecto más formal, como un sistema funcional…”
2’) En este punto deseamos aclarar que la adopción explícita de un marco analítico funcionalista para la investigación de la transformación de la estructuras fundamentales de las sociedades, supone ciertos problemas de evidencia palmaria. Sumariamente, diremos que la noción de conflicto y transformación estructural son categorías ajenas a este marco analítico, cuyo mismo desarrollo sistemático viene a negar las premisas propias del análisis funcional. Por lo tanto, la utilización de las mismas en tanto ejes fundamentales del análisis, sólo puede implicar la importación extrínseca de categorías, terminando el intento de investigación científica en una madeja farragosa y deslavazada.   

3)       Transformación permanente: las estructuras sociales…estas sometidas a una transformación permanente (distinguida del proceso dinámico de desarrollo)… “sólo cuando en este sentido interpretemos el cambio estructural como un elemento constitutivo omnipresente de la estructura social…evitaremos simultáneamente la tarea, apenas realizable de determinar cuando y donde empiezan y acaban los procesos de evolución social” “…el cambio es un aspecto constante de las estructuras sociales y su iniciación y terminación no son, por principio, determinables”
3’)  Las implicaciones de las frases arriba citadas, se encuentran conflictuadas con el carácter mismo del conocimiento, más todavía con las premisas cognoscitivas de lo científico. Esto porque lo fundamental al momento de aprehender la realidad (al menos al hacerlo de una manera científica) es el acto de la ordenación y delimitación, primer paso irrenunciable de todo conocimiento. El tiempo del análisis, de la división y subsecuente definición de los componentes es inescapable. Sin embargo, Dahrendorf parece olvidar esto, toda vez que afirma que el cambio puede ser “constante”, una “transformación permanente” a la cual no tiene sentido inquirir sobre sus delimitaciones temporales. Diremos que la noción de un “cambio constante” es sólo válida en términos poéticos o descriptivos, mas nunca como enunciado teórico sistemático. Esto porque todo cambio es sólo tal con respecto a un punto de comparación que permanece incambiado. Si anulamos este punto no podemos afirmar que algo ha cambiado. Asimismo, la necesidad de delimitación (Perry Anderson dirá la necesidad de “periodización de las discontinuidades”), que Dahrendorf desestima, es sólo una muestra del carácter anticientífico de sus teorizaciones. Por último, no está demás consignar que el tratamiento algo laxo y poco sistemático de la distinción entre dinámica y diacronía (ver Balibar) no ayuda a la intelección precisa de las premisas que intenta postular el autor. 

4)       “Es preciso admitir como extraordinariamente improbable que la complicación de la división del trabajo o los procesos tecnológicos, ofrezcan la posibilidad de derivarlos de los conflictos sociales entre los grupos”
4’)  La cita precedente realmente niega aquello que la realidad social nos ha mostrado en el curso del desarrollo histórico de las formaciones sociales en las cuales el modo de producción capitalista ha sido predominante. Precisamente es la competencia intercapitalista (el “conflicto entre unos grupos”) la cual impone la necesidad objetiva de la transformación del proceso de trabajo a los agentes de esta clase. El capitalista que no adopta el método productivo que abarata los costos de producción, simplemente deja de ser tal y es eliminado por la competencia. Asimismo, Shaik argumenta que esta necesidad de transformación emana no sólo –o no primariamente- de la competencia (esfera de la circulación), sino que se origina por la naturaleza misma del dominio capitalista del proceso de trabajo (es inmanente al proceso de producción capitalista, en tanto supone el control y la dirección del trabajo).

5) “Creía el (Marx) que los conflictos dominantes en toda sociedad eran conflictos de clase e incluso que todos los conflictos sociales y hasta todos los cambios de estructura podían atribuirse a conflictos de clase”

5’) Esta una interpretación que deforma el pensamiento del autor citado. Que todos los conflictos insertos en una formación social se encuentren determinados en última instancia por la naturaleza clasista del modo producción dominante, no quiere decir que todos los conflictos sociales sean conflictos de clase. Sólo implica que todo conflicto social tiene una pertinencia de clase, esto es, se encuentra permeado por la dinámica propia de un modo de producción dominante, y que por lo tanto puede ser “rastreado” hacia los fundamentos estructurales en los cuales se encuentra inserto.

6) “Que Marx interpretaba el concepto de revolución en todo su extremismo, como la súbita transformación de una estructura social…esta concepción de que los cambios sociales estructurales se realizan por saltos y mediante explosiones visibles…” “…el error de que los cambios sociales en las estructuras (notar que no es cambio “de” las estructuras) tienen en principio, carácter revolucionario…implica la tesis de que una estructura dada solo puede modificarse por un acto radical y violento…”  “…la estructura, el sistema, es en sí mismo constante; cuando cambia se destruye totalmente, se transforma de un solo golpe…”

6’) Nuevamente esta interpretación (porque el texto general en el que aquí nos basamos sorprende por las pocas citas textuales que ofrece, en este sentido, nunca es  textualmente fáctico, sino que “intepretativo”) deforma de manera sustancial el pensamiento de Marx y de la tradición marxista en general. Por un lado, el hecho de que las transformaciones en la estructura se incuben largamente antes de aflorar (el conflicto ascendente entre relaciones de producción y fuerzas productivas), demuestra el carácter falaz de la afirmación de que las transformaciones estructurales ocurren de “un solo golpe”. Así también, el amplio debate en torno a las transiciones (que abarcan siglos) tanto desde el feudalismo al capitalismo, como desde el capitalismo al socialismo, viene a negar este “inmediatismo” que le impone Dahrendorf a la teoría marxista. Con respecto a esto mismo, las afirmaciones de Marx en el “Manifiesto Comunista” que aluden de manera precisa a una “época de revolución social”, niegan el carácter “súbito” de las transformaciones estructurales. Finalmente, el mismo Marx de alguna manera sistematiza la necesidad de etapas transicionales: dictadura del proletariado, socialismo, etc….
 
7) “Si los cambios estructuras sociales tuvieran siempre carácter revolucionario no podrían producirse cambios sin revoluciones…y de la inconsistencia de la afirmación de que todos los cambios tienen carácter revolucionario…sobre el carácter revolucionario de todo cambio social (según Marx)”

7’) Marx nunca ha afirmado, en ningún momento, que todos los cambios sociales tienen un carácter revolucionario. El hecho más evidente que demuestra esto es el reconocimiento por él mismo de etapas de “reflujo social”, derivadas de cambios sociales reaccionarios (como las que experimentó Europa luego de las revoluciones de 1848).

8) Pauperismo absoluto “…Marx cuando dice que el proletariado, por su miseria absoluta, imposible de mitigar y de encubrir…se ve obligado a rebelarse contra esta inhumanidad”

8’) Si bien algunos escritos de juventud, e incluso algunas anotaciones en los libros del capital, dan pie para afirmar que Marx planteaba la revolución en función del “pauperismo absoluto” de los agentes del cambio social, en este punto deben apuntarse ciertas precisiones. Por un lado, existe una línea de continuidad, en todos los escritos de Marx (tanto los de “juventud”, como los de “madurez”) que reconoce la posibilidad lógica e histórica de un alza de los salarios reales. En este sentido, la misma categoría fundamental de “plusvalía relativa” habilita, y casi diríamos “requiere”, el reconocimiento del alza de los salarios reales al mismo tiempo que un incremento de la desigualdad (descenso del salario relativo). Por esto, afirmamos que la noción de pauperismo relativo (desigualdad) posee un asidero teórico sistemático más fuerte en la teoría marxista que la noción hegeliano filosófica de “pauperismo absoluto” (Rosdolsky, Lebowitz y otros desarrollan esta idea y la fundamentan de manera más acabada)       

9)       Transformación estructural parcial “De aquí que cuando hablemos de cambios de estructura no pensemos en revoluciones…no debemos representarnos éste como una formación monolítica que solamente puede transformarse…como “conjunto”. La transformación estructural debe interpretarse como, más bien, como referida a aspectos constantes de la sociedad. Así, puede iniciarse en ciertos ámbitos de la estructura…más también puede quedarse circunscrito a un solo plano” 
9’) Cuando Dahrendorf establece que la transformación estructural puede limitarse a ciertos ámbitos de la estructura, niega el carácter propio de la noción de totalidad marxista. La interrelación entre las diferentes instancias, su interdependencia (el hecho de que “cada consecuencia sea la vez un supuesto y cada supuesto una consecuencia”), niega la posibilidad de transformaciones estructurales (de transformaciones en los fundamentos de la estructura) “parciales”. Cada nivel no posee la independencia necesaria para poder realizar la afirmación fuerte de la existencia de transformaciones parciales en la estructura. Al parecer la noción de totalidad que soporta la teoría de Dahrendorf, implica interrelación extrínseca y mecánica entre las partes y/o niveles componentes de la estructura.    

10)   Para Marx….De ello se deduce, por ejemplo que el efecto de las clases organizadas sobre la estructura en la que existen sólo se produce en el momento de la revolución, limitándose a ese momento”
10’) El parágrafo arriba consignado, nuevamente contiene una interpretación deformada (si no completamente errónea) de la teoría elaborada por Marx y la tradición subsecuente. En este sentido, compartimos la afirmación de Althusser (el cual se basa en Spinoza), el cual releva el carácter propio de la estructura de la totalidad marxista: una estructura inmanente que sólo consiste en su “efectos”. Esto quiere decir que es la misma acción cotidiana y constante de las clases sociales en tanto que clases, la que reproduce la estructura del modo de producción capitalista. De esta manera, en tanto la misma estructura consiste solamente en la acción propia de las clases, es un sinsentido afirmar que los efectos de las clases en la estructura solo se presentan en el momento “preciso” de la revolución.

11)   “Si la necesidad de la agudización lineal el conflicto de clases constituye un postulado no sociológico que es preciso abandonar…”
11’) La noción lineal de la historia, y del conflicto de clases como “motor” de la misma, es una imposición sobreañadida al pensamiento de Marx y la tradición marxista. Partiendo por el hecho de que Marx nunca afirmó tal cosa (el término “linealidad” no se encuentra presente en sus escritos, así como tampoco constituye una categoría fundamental desarrollada de manera sistemática), podemos afirmar que lo propio de la concepción marxista de la historia es la discontinuidad de la misma (las etapas, fases, transiciones), repleta de avances, retrocesos y reflujos.

12)    Conflicto como guerra civil. “Mas el material de que disponemos nos permite llegar a la conclusión negativa de que el conflicto de clases no adquiere siempre formas de guerra civil…si partimos del supuesto, ingenuo, de la existencia permanente de una guerra civil entre ellas…resulta falsa la tesis empírica de que aquellos conflictos adoptan siempre la forma violenta de guerra civil, de lucha de clases”
12’) La igualación de “lucha de clases” con “guerra civil”, es a todas luces una forzada y no sustentada en nada fundamental de la teoría marxista. Si bien en algún pasaje de alguna obra Marx hizo una alusión que pudiera interpretarse en estos términos, existe una amplia corriente marxista que afirma que la misma dinámica reproductiva del modo producción capitalista (como desarrollada en el capital, por ejemplo), supone la lucha de clases como su “elemento activo” fundamental. El proceso productivo, que supone la afirmación autoritaria del capitalista (o del agente que lo representa), así como la continua posibilidad de la organización y la huelga obrera (que implicaría la baja en la tasa de ganancia), sólo se comprende como la manifestación de la lucha de clases. Y sin embargo, para Dahrendorf la dinámica propia de una estructura no puede ser función de la lucha de clases, porque la misma es coyuntural y solo existe acotada en el tiempo (la idea de niveles de lucha de clases se omite en el pensamiento de este autor).

13)   Clases definidas solo por la propiedad privada. “La causa determinante de las clases sociales era para Marx la propiedad privada de los medios de producción. Su teoría de las clases basa todos sus elementos esenciales sobre esta definición del concepto de clase” (criticar eliminación de la “apropiación real” o “posesión”)
13’) He aquí un error importante. Esta no es sólo una deformación, sino un error que demuestra la lectura rápida y superficial que Dahrendorf realiza de Marx (si es que en realidad realiza alguna lectura y no, más bien, se dedica a refutar lo que el sentido común aprehende de Marx). La sustancialidad del error está dada por el no reconocimiento de las relaciones de posesión/apropiación, como categoría de análisis imprescindible de un modo de producción determinado. Si la determinación de las clases solo supusiera la referencia a la propiedad de los medios de producción, no podríamos, por ejemplo, diferenciar entre el modo de producción capitalista y el modo de producción feudal: en ambos la clase dominante es propietaria de los medios de producción; sin embargo, mientras en el feudalismo el productor posee sus medios de trabajo, en el capitalismo se encuentra desposeído de los mismos.   

14)   ) Asunción de la distinción entre propiedad y control, basada en Burnham y Schumpeter
14’) El hecho de que el autor base parte de su análisis en la teorización de Burnham (“La revolución de los managers”), demuestra que las mismas bases de su planteamiento se encuentran superadas. Tanto Sweezy como Ossowski explican que la diferenciación entre propiedad y control (eje fundamental de los postulados de Burnham), basada en el escrito pionero de Berle y Means, no supone ningún cambio estructural fundamental en la dinámica reproductiva del modo de producción capitalista: los controladores, en una abrumadora mayoría, son también poderosos y eminentes propietarios.

15)   Noción idealista, basada en la autoridad, como determinante de las clases
      15’) En términos generales, no podemos compartir el marco fundamental propuesto por el autor para la determinación de las clases sociales, ya que el basamento del mismo supone la negación de la aprehensión de la reproducción material de toda formación social. Las clases mismas no pueden tener su fundamento último en las relaciones de autoridad (y el poder en términos generales), porque la posesión de autoridad está siempre fundamentada en ciertas posesiones materiales desiguales. La subordinación existe, en última instancia, por la “amenaza mortuoria” (Weber) propia del Estado moderno, el cual garantiza material el funcionamiento “continuo” de la sociedad. Por lo tanto, las relaciones de mando y obediencia sólo existen porque existe un excedente que es apropiado por una clase determinada, la cual utiliza una fracción del mismo en la instauración de mecanismos de fuerza (el Estado como fundado en la violencia) que garantizan que como clase será obedecida. Es por esto que una teoría social de las clases es mucho más fecunda si su premisa es material (la explotación) y no parcialmente ideal (la dominación, como querría Dahrendorf)

16)   Independencia de niveles estructurales “El estado político y la producción industrial constituyen dos asociaciones de dominación, independientes por principio, y cuyas relaciones constituyen un objetivo de la investigación científica”  
16’) Cualquier comprensión de la totalidad estructural que suponga la independencia de los niveles que la componen, estará marcada por obscuridades que no podrá explicar. En última instancia, si se asume la “independencia de niveles” como “principio”, el análisis es muy proclive a abandonar la noción relacional de la realidad social (la posibilidad de sustancialismo está entonces muy próxima). Por el contrario, creemos que la noción de “autonomía relativa” desarrollada por la tradición marxista, es un instrumento analítico de una fertilidad mucho mayor.

17)   Analogía weberiana entre Estado y empresa “El estado es una asociación de dominación y la producción industrial es asimismo una asociación de igual carácter”
17’) Ya que el autor que aquí criticamos incorpora importantes elementos weberianos en sus elaboraciones teóricas, debe, entonces reafirmar la analogía estructural que realiza Weber entre el Estado y la Empresa capitalista. Ahora bien, este paso autocontradictorio para la teoría de Dahrendorf, ya que con esto implícitamente se niega la necesidad de la determinación de la naturaleza de una subestructura mediante su funcionalidad para con la totalidad. Es que la analogía estructural entre Estado y Empresa no es pertinente una vez comprendemos que las funciones propias de cada nivel son distintas. La empresa está dirigida hacia la ganancia (un marginalista diría: “genera crecimiento”), mientras el Estado no lo está (sus funciones son más amplias y diversas y, si bien es palmario que su funcionalidad específica no es la de orientarse hacia la ganancia, no tenemos aquí el espacio para extendernos sobre el tema de las funciones del Estado). 

[ii] Punto Final (año 45, n°726, 7-20 de enero 2011)

[iii] Firmantes de la Carta Abierta: Carolino Espinoza (Confusam, funcionarios de la salud municipalizada), Cristián Cuevas (CTC), Ricardo Maldonado (Conutt, transporte), Manuel Díaz (D&S, Walmart), Humberto Meza (Falabella), Bábara Saavedra (trabajadores de París), Claudio González (Fenpruss, profesionales universitarios de la salud).
[iv] Punto Final (Año 45, n°470, 19 de Agosto a 1 Sept 2011)

[v] Huelgas 2005-2010: 2005, 101 huelgas; 2006, 134 huelgas; 2007, 147 huelgas; 2008, 159 huelgas; 2009, 171 huelgas; 2010, 174 huelgas

[vi] El Capital, tomo I, capítulo XXIII.
[vii] Miseria de la Filosofía


Manuel Salgado Muñoz (fines 2011)