viernes, 31 de enero de 2014

Sin antagonismo no hay progreso (fines 2011)


Pregunta. A partir de las reflexiones de Marx y Dahrendorf acerca de la naturaleza del conflicto de clases, analice el carácter de los conflictos protagonizados por la CUT y la ANEF durante el 2011.En caso de que decida utilizar solo uno de los autores en su respuesta, justifique teóricamente dicha elección.

“Sin antagonismo no hay progreso. Tal es la ley que ha seguido hasta nuestros días la civilización. Las fuerzas productivas se han desarrollado hasta el presente gracias a este régimen de antagonismo entre las clases” (Miseria de la filosofía)

El siguiente ensayo toma como pie de análisis el postulado teórico arriba citado, escrito por Marx allá por el año 1847. De acuerdo con esto, quien escribe estipula que las elaboraciones de Ralf Dahrendorf, referidas al conflicto de clases y el cambio estructural, no son pertinentes para el análisis de los casos de conflicto concreto que aquí pretendemos analizar. Sumariamente, diremos que la importante cantidad de errores teóricos, así como el carácter anticientífico de los esfuerzos analíticos del autor mencionado, inhiben su utilización para cualquier investigación que desee aprehender los mecanismos objetivos determinantes del movimiento propio de toda formación social en la cual predomine el modo de producción capitalista. Para el mayor desarrollo de estas afirmaciones, se requiere que el lector se dirija a las notas finales de este ensayo[i].

Todo ensayo de análisis teórico de una realidad concreta determinada, debe presentar al menos una tesis (hipótesis) que luego intente confirmar de manera tanto empírica como argumental. En el caso que aquí elaboraremos, la reducida información empírica que se presenta solamente será utilizada para ilustrar los fundamentos factuales de los desarrollos argumentales, los cuales tendrán preponderancia. La tesis que en este escrito se plantea se desarrollará como se muestra a continuación.

 Siendo efectivo que la realidad social se desarrolla, esto es, progresa, mediante la materialización de los conflictos de clase en ella presentes, es importante discriminar entre tipos y niveles de conflicto. En este sentido, la afirmación de Dahrendorf según la cual Marx estipularía que “todo conflicto social sería un conflicto de clases”, tiende a obscurecer el análisis concreto de la realidad social. Porque el sentido último de las teorizaciones marxistas versa sobre la pertinencia clasista de los conflictos propios a una formación social en la cual predomina el modo de producción capitalista. Y esto es muy distinto a la “atribución clasista” que Dahrendorf, en un alcance algo sustancialista, afirma como particular de Marx. La pertinencia clasista de un conflicto social, nos ilumina sobre el hecho de que toda forma de funcionamiento que sobrepasa el límite de lo coyuntural y pasajero en una formación social dada, está determinado en “última instancia” por la contradicción que funda el modo de producción en ella dominante. En este sentido, es efectiva la posibilidad de rastrear todo conflicto social a sus fundamentos últimos; sin embargo, lo esencial del caso es la irrenunciabilidad de las mediaciones. Esto es lo que diferencia la “pertinencia clasista” de la “atribución clasista”: la determinación en última instancia sólo puede ser rastreada a través de innúmeras mediaciones, nunca de manera mecánica y “directa”. Es de esta manera como creemos que es posible fundamentar la necesidad teórica de la existencia de tipos y niveles de conflicto. Sumariamente (ya que una elaboración sistemática no es propia de un ensayo), distinguiremos dos tipos o niveles de conflicto: a) aquellos conflictos clasistas que no cuestionan los fundamentos del modo en el cual se reproduce la sociedad, y que más bien suponen la confirmación y aceptación de sus criterios (para facilitar el modo de expresión, se denominará a estos conflictos clasistas, como “conflictos adaptativos”, los cuales, aquí se afirma, solo suponen una reproducción social sin mayores fricciones, en ningún caso un impulso propio de un cambio social progresivo); b) aquellos conflictos que, si bien no expresan de manera manifiesta los cuestionamientos al modo como se reproduce la sociedad, sí poseen la potencialidad propia de una lucha clasista que se oriente a la raíz de las estructuras que sostienen de manera fundamental la formación social en la cual se insertan (para mayor comodidad llamaremos a estos conflictos, “conflictos estructurales”, a los cuales sí se les atribuirá un carácter socialmente progresivo)
  
 Hecha la distinción que aquí se pretendía presentar, vayamos al caso concreto de análisis que debemos tratar. Los conflictos presenciados por las organizaciones sindicales en el curso del año 2011, deben entenderse en toda su complejidad y contradictoriedad interna. Es en este sentido útil realizar un primer acercamiento al tema, mediante una distinción. La  misma nos informa de que el carácter y la naturaleza específica de los conflictos que presenciamos en el año en curso, difiere, en alguna medida, de todo un patrón de conflicto precedente. Este año hemos sido testigos de un conflicto clasista en el cual las reivindicaciones y formas de lucha del movimiento sindical, ameritan que al mismo se lo denomine “conflicto estructural”. ¿Cómo?, dirán algunos. ¿Puede realmente calificarse al proceso vivido este año de esta manera, cuando a todas luces no fue sino uno gremial y corporativo? Realmente, creemos que sí es posible esta calificación. Por una parte, porque debe entenderse el proceso sindical de conflicto como uno no originado (aunque no intentamos forzar la nota con un tipo de argumento “genético”) y orquestado exclusivamente por las cúpulas dirigenciales que han cooptado históricamente la fuerza de lucha de los trabajadores, sino que más bien por dirigentes medios y bases, así como también determinado por un auge de la movilización social en su conjunto. Por otra parte, porque este “conflicto estructural” efectivamente fue más allá de la tendencia conflictual propia de dos décadas de “lucha”: las reivindicaciones que se presentaron no circularon en torno al manido “reajuste salarial del sector público”, al menos, no de manera fundamental. En lo que sigue se presentarán ciertos desarrollos al respecto.
 
 Primeramente, para adentrarnos en el tema debemos proporcionar algunas pinceladas históricas que nos permitan situarnos en la estructura de las organizaciones sindicales que fueron el foco del conflicto al cual aquí hacemos referencia. La CUT (central unitaria de trabajadores), ha existido bajo su estructura actual (al menos en sentido grueso), hace ya dos décadas, desde el momento en que se instauró la espuria “vuelta a la democracia”. La misma organización, sin embargo, careció de independencia político-social para representar de manera efectiva el sentir de sus bases. En el mismo sentido nos informa una fuente periodística: “La actual central fue domesticada por veinte años de Concertación para el efecto de concebir gobiernos que hicieron lo que quisieron, y muy contadas veces se ocuparon de medidas en favor de los trabajadores”[ii]. Esta condición estructural no es una mera afirmación derivada de cierta opinión siempre “subjetiva”, sino que muestra su carácter objetivo a través de la misma historia de la multisindical. Esta historia es una de continuos y sucesivos “desmarques”, desafiliaciones derivadas de la situación estructural de la CUT. El primer descuelgue data de años “tempranos”, cuando ya en el año 1995 un grupo de dirigentes y sus bases  sindicales (160.000 afiliados), abandonaron el organismo para fundar lo que sería la Central Autónoma de Trabajadores (CAT). Las críticas enarboladas por aquellos que abandonaban la multisindical, versaban sobre la nefasta influencia y la palmaria cooptación del gobierno y los partidos afines al mismo, al momento de formular la política estratégica del organismo. Asimismo, los nuevos fundadores de la CAT basaron también su desmarque en la aceptación acrítica por parte de la CUT, de cierto Tratado de Libre Comercio que nuestro país por esos años firmaba con los Estados Unidos. Avanzando en el tiempo, la descomposición de la máxima institución sindical del país, se muestra cada vez de manera más evidente. En el año 2003, la COTIACH (multisindical afiliada a la CUT que reunía sindicatos ligados al procesamiento de alimentos, los servicios y el comercio), abandona la CUT para luego, en 2004, transformarse en la CGT (central general de trabajadores), conducida por Manuel Ahumada. Las críticas que en ese momento se formularon, discurrían acerca de la falta de democracia en el organismo, así como también la nefasta cooptación del mismo por los partidos políticos oficialistas. En tercer lugar, y también en 2004, renunciaron tres dirigentes del Comité Ejecutivo de la Central Unitaria de Trabajadores, los cuales pasaron a formar el colectivo sindical siglo XXI. Cuando este último transformóse en la UNT (Unión nacional de trabajadores) y logró afiliarse a la CSI (Central Sindical Internacional), la CUT, en forma de represalia, rescindió su membresía a este organismo internacional. A estos casos, bastante indicativos, podemos sumar el hecho de que la multisindical (71 sindicatos) “Gente de Mar” ya no pertenece al máximo organismo sindical del país (siendo la pesca artesanal e industrial una actividad productiva de importancia en nuestra formación social)

  La sumaria historia de la CUT que así hemos presentado, no es gratuita. Se la ha desarrollado para fundamentar la afirmación que describe al organismo como un ente cooptado por los gobiernos de la “concertación” y sus partidos afines, el cual no ha podido y no ha querido representar de manera efectiva y real ciertas demandas transversales a la “clase trabajadora” chilena. Asimismo, fue necesaria la historia precedente, para ilustrar el contexto bajo el cual la tendencia conflictual propia de este periodo se dio. Esto es, mientras la multisindical se descomponía y era cooptada por cúpulas de toda índole, la tendencia conflictual versó, en líneas generales, en torno a la manida  reivindicación anual correspondiente al “reajuste salarial del sector público”. Sin embargo, ya en 2011, y bajo todo el auge de las movilizaciones sociales, la lucha clasista, aquí afirmamos, cambió de carácter evidenciando cierta tendencia hacia el “conflicto estructural”. ¿Cómo es posible que las mismas cúpulas dirigenciales que por largos años ahogaron la lucha de los trabajadores pudieran ahora súbitamente cambiar de rumbo? Aquí afirmamos que este cambio de rumbo fue posible, porque su origen no fue, al menos en su sentido social estructural, el mismo de otros años. El origen de estas reivindicaciones más estructurales podemos rastrearlo en dos fuentes originales. Por un lado, y de manera fundamental, la tendencia de los afiliados a la multisindical (bases y dirigentes medios) a criticar el funcionamiento interno del organismo, al cual se le enrostraría su carácter poco democrático a la vez que su cooptación por el antiguo oficialismo concertacionista. Esta tendencia, más que demostrada por los sucesivos descuelgues ya señalados antecedentemente en este ensayo, tuvo un punto de ruptura y agudización, postulamos, justamente durante el año en curso (2011). Siete dirigentes sindicales afiliados a la CUT presentaron, en Junio de este año, una “Carta abierta a los trabajadores/as de Chile”[iii]. En ella se resumían dos décadas de años de lucha interna: “se demandó hacer público el padrón electoral, presentar un balance público de la tesorería de la CUT antes de treinta días, un informe de la comisión revisora de cuentas sobre denuncias de irregularidades, convocar un congreso extraordinario con carácter refundacional y adelantar las elecciones del consejo Directivo Nacional”[iv]. Asimismo, se buscaba la ampliación del organismo hacia sindicatos en el sector privado; la premiación con recursos adicionales a los sindicatos más activos y movilizados; así como también se formulaba la crítica fundamental a la inexistencia de voto universal en el organismo. La tendencia, en suma, buscaba la ampliación y agudización de la lucha sindical, así como la efectiva democracia y transparencia en el funcionamiento de la institución. El hecho crucial de que consideremos que esta tendencia interna a la CUT (cuyo punto culminante fue la “Carta abierta a los trabajadores/as”) como fundamento del giro en la forma del conflicto clasista, se explica porque la fijación de la fecha y el momento oportuno de la movilización nacional convocada a mitad de año, fue realizada a instancias (o presiones materiales efectivas) de este movimiento interno. Inicialmente, los paros nacionales que había planificado el organismo para el año en curso, estaban agendados para el 24 y 25 de Octubre, de manera que los mismos se acoplaran y funcionaran como palanca para las negociaciones de las cúpulas dirigenciales en torno al presupuesto y el “reajuste”. Sin embargo, la presión interna de los firmantes de la “Carta abierta…”, fue fundamental, tanto para cambiar la fecha al mes de agosto, como para ligar el mismo paro nacional a demandas de un corte más estructural que se alejaban de la mera negociación por el reajuste. Desde la perspectiva que aquí desarrollamos, creemos que este giro en la naturaleza del conflicto clasista es la culminación de una tendencia interna a la CUT, la cual, originada desde las bases y los dirigentes medios, se oponía a las manipulaciones de las cúpulas dirigenciales que siempre, y sólo y exclusivamente, focalizaban sus esfuerzos en torno al presupuesto. En cierta medida, fue la clase trabajadora (clase obrera, si utilizamos los términos de Engels), la que expresó sus antes ahogadas demandas, mediante ciertos dirigentes medios y las bases afiliadas a la CUT. La existencia de la clase que vive del salario, a la cual se le expropia el plusvalor, mostró su latencia, modificó la tendencia del conflicto determinante. Un dato indicativo que fundamenta esta afirmación, es el crecimiento continuo en la cantidad de huelgas ocurridas en el último lustro (huelgas que son expresión de las bases y los dirigentes medios, no de las cúpulas, ya que no fueron, en su mayoría, “paros nacionales” convocados por las dirigencias)[v]. En segundo lugar, no debemos olvidar que una parte importante de este giro en la naturaleza del conflicto clasista se origina a partir y gracias al auge de la movilización social (estudiantes, pueblo mapuche y movimiento ambientalista, fundamentalmente). Sin embargo, como la problemática ligada a esta segunda dimensión explicativa se desvía un poco de nuestro interés y de nuestro caso concreto de análisis, es preferente no hacer mayor referencia a ella.

 Ahora bien,  la tesis fundamental de este ensayo, que tiene su premisa en la distinción entre distintos niveles de conflicto, no es una mera construcción personal arbitraria, sino que es posible de ser fundamentada a través del marco teórico desarrollado por Marx. Por una parte, no es difícil argumentar que el “conflicto adaptativo”, propio de las negociaciones cupulares en torno al presupuesto (“reajuste”), no es socialmente progresivo. Esto porque el reajuste revindicado este año (y muy posiblemente los años anteriores también se hiciera de forma similar) se fundamentaba de la siguiente manera: es pertinente un 9,8% de alza salarial, porque la inflación anual proyectada para este año es de un 3,3%, así como también el crecimiento anual proyectado alcanza la cifra del 6,5%.  En términos marxistas, lo que aquí se nos presenta es una lucha por el mantenimiento de los salarios relativos, mediante un alza de los salarios reales, la cual permite que los mismos no decaigan por la posibilidad de su mantenimiento “nominal”. Por lo tanto, este conflicto supone como reivindicación el mantenimiento de la diferencia relativa entre las clases (si se toma como un indicador de esta diferencia la retribución monetaria, claro está); no cuestiona el modo básico mediante el cual se reproduce el modo de producción capitalista. Ahora bien, si es verdad que pone un freno a la tendencia objetiva denominada “polarización relativa creciente entre las clases”, también es verdad que este tipo de negociación funciona mediante un mecanismo muy propio del reacomodo del modo de producción capitalista. Como el mismo funciona fundamentalmente mediante la generación de plusvalía relativa, el alza en la productividad del trabajo le permite cierta flexibilidad de maniobra al momento de distribuir el excedente incrementado. Con respecto a lo segundo, aun siendo posible enumerar descriptivamente el carácter social progresivo (en tanto cuestionamiento de la forma reproducción social dominante) de una infinidad de demandas emanadas a partir del cambio en el carácter del conflicto clasista, sólo deseamos aquí apuntar tres dimensiones, las cuales creemos poseen cierta importancia. Primero, el hecho de que las nuevas demandas tengan su eje en la lucha contra la desigualdad material. Expresión de esto es la reivindicación de una reforma tributaria progresiva, en la cual las grandes empresas tributen suficientemente. Creemos percibir aquí una lucha directa contra la “polarización relativa creciente de las clases”, en tanto se busca mermar las ganancias de la clase dominante y redistribuirlas entre los trabajadores a través del aparato público (que no es un mero instrumento de la clase dominante, ya que posee cierta “autonomía relativa”). Una segunda dimensión de esta nueva forma de conflicto, está dada por el cuestionamiento de uno de los mecanismos fundamentales de la reproducción capitalista: la sobrepoblación relativa de la clase obrera. Al respecto, Marx establece: “Toda la forma de movimiento de la industria moderna deriva de la transformación constante de una parte de la población obrera en brazos desocupados o semiocupados”[vi]. El total de esta “sobrepoblación” es posible de ser clasificado en varios subgrupos, esto según su origen social y su funcionalidad estructural. Ahora bien, a uno de estos subgrupos Marx lo denomina “sobrepoblación estancada”: se encuentra constituido por una fracción de los obreros activos, la cual, sin embargo, es ocupada de manera absolutamente irregular por el capital. Asimismo, se caracteriza por el máximo de tiempo de trabajo que se le extrae, así como por el mínimo de salario con el cual se le retribuye. Y, no menos importante, es el subgrupo de la sobrepoblación obrera que más aumenta con el desarrollo del modo de producción capitalista. Y de hecho son estos elementos teóricos los que nos permiten inteligir el carácter estructural preciso de ciertas demandas propias de la nueva forma de conflicto. Cuando se reivindica un “nuevo código laboral”, la sindicalización automática, el fin del multirut, el término de los despidos por las “necesidades de la empresa”; realmente se está demandando la eliminación de una de las tendencias objetivas del desarrollo del capital: se lucha por el término del trabajo precario. Y el trabajo precario, puede ser identificado, sin mayores discrepancias, con aquella forma (subgrupo) de la sobrepoblación obrera relativa que ya hemos descrito (“sobrepoblación estancada”). Por lo tanto, una dimensión fundamental del nuevo “conflicto estructural” está dada por el cuestionamiento de uno de los mecanismos básicos de la reproducción del modo de producción capitalista. Finalmente, una tercera dimensión esencial de la nueva forma de lucha dice relación con la materialización de una democracia real y efectiva en las instituciones fundamentales que componen la sociedad. Ahora bien, en las apariencias supone una paradoja irresoluble que las cúpulas de una organización en la cual la democracia no existe, reivindiquen la generalización de la democracia para el conjunto de la sociedad (se hablaba en su momento de “democracia social”). Sin embargo, aquí postulamos que esta reivindicación democrática no se origina ni tiene su causa determinante en las manidas manipulaciones dirigenciales de siempre. Creemos hallar un vínculo orgánico entre esta demanda y la tendencia interna a la CUT que hemos descrito con alguna extensión unas líneas más arriba. Es la reivindicación de los afiliados de la base, así como de dirigentes medios, la que termina siendo manifestada en tanto que discurso oficial del organismo sindical. Por extensión, es una reivindicación que en alguna medida emana desde la clase productiva misma (ver más arriba). Pero, ¿qué relación tiene esto con el marco analítico marxista? A nuestros ojos, posee una relación y un vínculo bastante fuertes. Al respecto, véase la siguiente cita:

 “Si el primer fin de la resistencia se reduce a la defensa del salario, a medida de que los capitalistas se asocian a su vez movidos por la idea de la represión, y las coaliciones, en un principio aisladas, forman grupos, la defensa por los obreros de sus asociaciones frente al capital, acaba siendo para ellos más necesaria que la defensa del salario. Al llegar a este punto la coalición toma un carácter político”[vii]
   
 En esta cita, extractada de la Miseria de la Filosofía, así como también en pasajes fundamentales del Manifiesto Comunista, Marx nos presenta un elemento político, a su juicio, fundamental: la organización obrera como fin en sí mismo. El hecho de ver la organización para lucha no como un mero medio, sino como una especie de microcosmos que preludia la sociedad futura, es un elemento destacado en la concepción de la política en Marx y la tradición marxista en general. En este sentido, no es una elaboración casual aquella del partido político formulada por Lenin y fundamentada por Lukacs, sino que de alguna manera se desprende de los propios elementos políticos entregados por Marx. Con estas precondiciones, a quien escribe le parece evidente que la reivindicación de una democracia real en las instituciones esenciales de la formación social chilena, es un elemento vinculado interna y orgánicamente con el deseo de constituir asociaciones que no sean un mero medio, sino que, en alguna medida, también y esencialmente, un fin en sí mismo. De esta manera, la reivindicación igualitaria, democrática y “antiprecarizadora”, puede constituir un potencial conflictivo estructural, esto es, enfrentar (al menos en forma latente) la forma fundamental mediante la cual se reproduce el modo de producción capitalista.
  Por último, quisiera consignar unos puntos que pudieran parecer ambiguos. Es que, superficialmente, pareciera como si el Marx que aquí hemos ofrecido no fuera más que un socialdemócrata, o un keynesiano de izquierda. Sin embargo, creemos que esta es una ilusión. Primero, porque la democracia obrera, efectivizada en sus propias organizaciones de clase, es una característica en todo sentido opuesta a las prácticas socialdemócratas más inveteradas. El PSD alemán de fines del siglo XIX se caracterizó por la cooptación burocrática de las dirigencias sindicales (al menos en medida parcial). Asimismo, la movilización de la clase obrera italiana en la década de los sesenta y setenta, revindicaba un obrerismo democrático que controlara las fábricas, situándose, de esta manera, en oposición a la variante tecnocrática (por lo tanto, antidemocrática) muy propia de los keynesianos de izquierda. En este sentido, la reivindicación de una democratización general a todas las instituciones sociales y no específica del “sistema político”, es un planteamiento ajeno al paradigma político de la socialdemocracia. En segundo lugar, la lucha contra la precarización en la actualidad, no significa lo mismo que el “trabajo digno” prometido por las democracias keynesianas de mediados del siglo pasado. Esto porque, la misma historia ha demostrado que el “pleno empleo” es una característica que sólo puede ser pasajera en el modo de producción capitalista. Más todavía en el contexto actual, en el cual la alta composición orgánica del capital genera de manera masiva “desempleo tecnológico”. En tercer lugar, la lucha contra la desigualdad material, si bien la forma en que se presenta pudiera parecer algo keynesiana (tributación progresiva), es un aspecto redistributivo que no se ha alcanzado nunca en el curso del desarrollo capitalista. No se apunta hacia algo existente desde 1945 a 1970 en el capitalismo avanzado, ya que, si la demanda planteada es genuina, supone una redistribución real del excedente generado en favor de la clase trabajadora. Y esto no sucedió en el capitalismo keynesiano, como muy bien muestran Marshall, Bottomore, Shaik, etc (los beneficios sociales que recibió la clase trabajadora en esa fase histórica fueron derivados de un crecimiento exponencial, toda vez que se ha demostrado empíricamente que la misma pagaba en valor mediante los impuestos aquello que recibía como “servicio social”).
          



[i] En lo que sigue se presentarán 17 puntos que indican los errores y el carácter anticientífico de la teoría de Ralf Dahrendorf  referida a las clases sociales y la transformación estructural
1) Eclecticismo: “contra semejante proceder elevará su reproche el eclecticismo. El concepto se utiliza aquí con cierta razón, pero no habrá lugar a reproche alguno. En la filosofía puede considerarse el eclecticismo como pecado, pero la ciencia es, por esencia, siempre ecléctica. Es más, el científico que como tal no es ecléctico, no es científico o, a lo sumo, es un mal científico. La aceptación sin limitación alguna de una teoría , el dogmatismo, constituye el pecado capital de la ciencia”
1’) El saber científico, contrariamente a lo que postula Dahrendorf, no funciona mediante mecanismos eclécticos, sino más bien por medio de paradigmas. Estos son marcos analíticos amplios, que pueden contener una o más teorías, y que se caracterizan por delimitar problemáticas fundamentales en torno a las cuales la comunidad científica trabaja. Como estas problemáticas no se encuentran resueltas –algo bastante obvio ya que toda problemática resuelta deja de ser “problemática”- el desarrollo científico consiste en su depuración y solución. Por lo tanto, cuando el autor nos presenta como las dos únicas alternativas posibles el dogmatismo y el eclecticismo, en realidad exhibe una dicotomía espuria no propia de la naturaleza del funcionamiento científico. Esto porque la misma noción de un “paradigma ecléctico” es una “contradictio in adjecto”, así como todo “dogma”, en tanto supone la aceptación acrítica de sus postulados, niega la crítica  racional, elemento fundamental del desarrollo científico. El hecho mismo de que la ciencia no funciona mediante el eclecticismo, lo demuestra el fecundo desarrollo del paradigma marxista en el curso del último siglo y medio

2) Funcionalismo: “se trata especialmente de categorías conexas (“funcional” y estructural-funcional”), ligadas en parte por una aceptación generalizada…La estructura de una sociedad se manifiesta, en su aspecto más formal, como un sistema funcional…”
2’) En este punto deseamos aclarar que la adopción explícita de un marco analítico funcionalista para la investigación de la transformación de la estructuras fundamentales de las sociedades, supone ciertos problemas de evidencia palmaria. Sumariamente, diremos que la noción de conflicto y transformación estructural son categorías ajenas a este marco analítico, cuyo mismo desarrollo sistemático viene a negar las premisas propias del análisis funcional. Por lo tanto, la utilización de las mismas en tanto ejes fundamentales del análisis, sólo puede implicar la importación extrínseca de categorías, terminando el intento de investigación científica en una madeja farragosa y deslavazada.   

3)       Transformación permanente: las estructuras sociales…estas sometidas a una transformación permanente (distinguida del proceso dinámico de desarrollo)… “sólo cuando en este sentido interpretemos el cambio estructural como un elemento constitutivo omnipresente de la estructura social…evitaremos simultáneamente la tarea, apenas realizable de determinar cuando y donde empiezan y acaban los procesos de evolución social” “…el cambio es un aspecto constante de las estructuras sociales y su iniciación y terminación no son, por principio, determinables”
3’)  Las implicaciones de las frases arriba citadas, se encuentran conflictuadas con el carácter mismo del conocimiento, más todavía con las premisas cognoscitivas de lo científico. Esto porque lo fundamental al momento de aprehender la realidad (al menos al hacerlo de una manera científica) es el acto de la ordenación y delimitación, primer paso irrenunciable de todo conocimiento. El tiempo del análisis, de la división y subsecuente definición de los componentes es inescapable. Sin embargo, Dahrendorf parece olvidar esto, toda vez que afirma que el cambio puede ser “constante”, una “transformación permanente” a la cual no tiene sentido inquirir sobre sus delimitaciones temporales. Diremos que la noción de un “cambio constante” es sólo válida en términos poéticos o descriptivos, mas nunca como enunciado teórico sistemático. Esto porque todo cambio es sólo tal con respecto a un punto de comparación que permanece incambiado. Si anulamos este punto no podemos afirmar que algo ha cambiado. Asimismo, la necesidad de delimitación (Perry Anderson dirá la necesidad de “periodización de las discontinuidades”), que Dahrendorf desestima, es sólo una muestra del carácter anticientífico de sus teorizaciones. Por último, no está demás consignar que el tratamiento algo laxo y poco sistemático de la distinción entre dinámica y diacronía (ver Balibar) no ayuda a la intelección precisa de las premisas que intenta postular el autor. 

4)       “Es preciso admitir como extraordinariamente improbable que la complicación de la división del trabajo o los procesos tecnológicos, ofrezcan la posibilidad de derivarlos de los conflictos sociales entre los grupos”
4’)  La cita precedente realmente niega aquello que la realidad social nos ha mostrado en el curso del desarrollo histórico de las formaciones sociales en las cuales el modo de producción capitalista ha sido predominante. Precisamente es la competencia intercapitalista (el “conflicto entre unos grupos”) la cual impone la necesidad objetiva de la transformación del proceso de trabajo a los agentes de esta clase. El capitalista que no adopta el método productivo que abarata los costos de producción, simplemente deja de ser tal y es eliminado por la competencia. Asimismo, Shaik argumenta que esta necesidad de transformación emana no sólo –o no primariamente- de la competencia (esfera de la circulación), sino que se origina por la naturaleza misma del dominio capitalista del proceso de trabajo (es inmanente al proceso de producción capitalista, en tanto supone el control y la dirección del trabajo).

5) “Creía el (Marx) que los conflictos dominantes en toda sociedad eran conflictos de clase e incluso que todos los conflictos sociales y hasta todos los cambios de estructura podían atribuirse a conflictos de clase

5’) Esta una interpretación que deforma el pensamiento del autor citado. Que todos los conflictos insertos en una formación social se encuentren determinados en última instancia por la naturaleza clasista del modo producción dominante, no quiere decir que todos los conflictos sociales sean conflictos de clase. Sólo implica que todo conflicto social tiene una pertinencia de clase, esto es, se encuentra permeado por la dinámica propia de un modo de producción dominante, y que por lo tanto puede ser “rastreado” hacia los fundamentos estructurales en los cuales se encuentra inserto.

6) “Que Marx interpretaba el concepto de revolución en todo su extremismo, como la súbita transformación de una estructura social…esta concepción de que los cambios sociales estructurales se realizan por saltos y mediante explosiones visibles…” “…el error de que los cambios sociales en las estructuras (notar que no es cambio “de” las estructuras) tienen en principio, carácter revolucionario…implica la tesis de que una estructura dada solo puede modificarse por un acto radical y violento…”  “…la estructura, el sistema, es en sí mismo constante; cuando cambia se destruye totalmente, se transforma de un solo golpe…”

6’) Nuevamente esta interpretación (porque el texto general en el que aquí nos basamos sorprende por las pocas citas textuales que ofrece, en este sentido, nunca es  textualmente fáctico, sino que “intepretativo”) deforma de manera sustancial el pensamiento de Marx y de la tradición marxista en general. Por un lado, el hecho de que las transformaciones en la estructura se incuben largamente antes de aflorar (el conflicto ascendente entre relaciones de producción y fuerzas productivas), demuestra el carácter falaz de la afirmación de que las transformaciones estructurales ocurren de “un solo golpe”. Así también, el amplio debate en torno a las transiciones (que abarcan siglos) tanto desde el feudalismo al capitalismo, como desde el capitalismo al socialismo, viene a negar este “inmediatismo” que le impone Dahrendorf a la teoría marxista. Con respecto a esto mismo, las afirmaciones de Marx en el “Manifiesto Comunista” que aluden de manera precisa a una “época de revolución social”, niegan el carácter “súbito” de las transformaciones estructurales. Finalmente, el mismo Marx de alguna manera sistematiza la necesidad de etapas transicionales: dictadura del proletariado, socialismo, etc….
 
7) “Si los cambios estructuras sociales tuvieran siempre carácter revolucionario no podrían producirse cambios sin revoluciones…y de la inconsistencia de la afirmación de que todos los cambios tienen carácter revolucionario…sobre el carácter revolucionario de todo cambio social (según Marx)”

7’) Marx nunca ha afirmado, en ningún momento, que todos los cambios sociales tienen un carácter revolucionario. El hecho más evidente que demuestra esto es el reconocimiento por él mismo de etapas de “reflujo social”, derivadas de cambios sociales reaccionarios (como las que experimentó Europa luego de las revoluciones de 1848).

8) Pauperismo absoluto “…Marx cuando dice que el proletariado, por su miseria absoluta, imposible de mitigar y de encubrir…se ve obligado a rebelarse contra esta inhumanidad”

8’) Si bien algunos escritos de juventud, e incluso algunas anotaciones en los libros del capital, dan pie para afirmar que Marx planteaba la revolución en función del “pauperismo absoluto” de los agentes del cambio social, en este punto deben apuntarse ciertas precisiones. Por un lado, existe una línea de continuidad, en todos los escritos de Marx (tanto los de “juventud”, como los de “madurez”) que reconoce la posibilidad lógica e histórica de un alza de los salarios reales. En este sentido, la misma categoría fundamental de “plusvalía relativa” habilita, y casi diríamos “requiere”, el reconocimiento del alza de los salarios reales al mismo tiempo que un incremento de la desigualdad (descenso del salario relativo). Por esto, afirmamos que la noción de pauperismo relativo (desigualdad) posee un asidero teórico sistemático más fuerte en la teoría marxista que la noción hegeliano filosófica de “pauperismo absoluto” (Rosdolsky, Lebowitz y otros desarrollan esta idea y la fundamentan de manera más acabada)       

9)       Transformación estructural parcial “De aquí que cuando hablemos de cambios de estructura no pensemos en revoluciones…no debemos representarnos éste como una formación monolítica que solamente puede transformarse…como “conjunto”. La transformación estructural debe interpretarse como, más bien, como referida a aspectos constantes de la sociedad. Así, puede iniciarse en ciertos ámbitos de la estructura…más también puede quedarse circunscrito a un solo plano” 
9’) Cuando Dahrendorf establece que la transformación estructural puede limitarse a ciertos ámbitos de la estructura, niega el carácter propio de la noción de totalidad marxista. La interrelación entre las diferentes instancias, su interdependencia (el hecho de que “cada consecuencia sea la vez un supuesto y cada supuesto una consecuencia”), niega la posibilidad de transformaciones estructurales (de transformaciones en los fundamentos de la estructura) “parciales”. Cada nivel no posee la independencia necesaria para poder realizar la afirmación fuerte de la existencia de transformaciones parciales en la estructura. Al parecer la noción de totalidad que soporta la teoría de Dahrendorf, implica interrelación extrínseca y mecánica entre las partes y/o niveles componentes de la estructura.    

10)   Para Marx….De ello se deduce, por ejemplo que el efecto de las clases organizadas sobre la estructura en la que existen sólo se produce en el momento de la revolución, limitándose a ese momento
10’) El parágrafo arriba consignado, nuevamente contiene una interpretación deformada (si no completamente errónea) de la teoría elaborada por Marx y la tradición subsecuente. En este sentido, compartimos la afirmación de Althusser (el cual se basa en Spinoza), el cual releva el carácter propio de la estructura de la totalidad marxista: una estructura inmanente que sólo consiste en su “efectos”. Esto quiere decir que es la misma acción cotidiana y constante de las clases sociales en tanto que clases, la que reproduce la estructura del modo de producción capitalista. De esta manera, en tanto la misma estructura consiste solamente en la acción propia de las clases, es un sinsentido afirmar que los efectos de las clases en la estructura solo se presentan en el momento “preciso” de la revolución.

11)   Si la necesidad de la agudización lineal el conflicto de clases constituye un postulado no sociológico que es preciso abandonar…”
11’) La noción lineal de la historia, y del conflicto de clases como “motor” de la misma, es una imposición sobreañadida al pensamiento de Marx y la tradición marxista. Partiendo por el hecho de que Marx nunca afirmó tal cosa (el término “linealidad” no se encuentra presente en sus escritos, así como tampoco constituye una categoría fundamental desarrollada de manera sistemática), podemos afirmar que lo propio de la concepción marxista de la historia es la discontinuidad de la misma (las etapas, fases, transiciones), repleta de avances, retrocesos y reflujos.

12)    Conflicto como guerra civil. “Mas el material de que disponemos nos permite llegar a la conclusión negativa de que el conflicto de clases no adquiere siempre formas de guerra civil…si partimos del supuesto, ingenuo, de la existencia permanente de una guerra civil entre ellas…resulta falsa la tesis empírica de que aquellos conflictos adoptan siempre la forma violenta de guerra civil, de lucha de clases”
12’) La igualación de “lucha de clases” con “guerra civil”, es a todas luces una forzada y no sustentada en nada fundamental de la teoría marxista. Si bien en algún pasaje de alguna obra Marx hizo una alusión que pudiera interpretarse en estos términos, existe una amplia corriente marxista que afirma que la misma dinámica reproductiva del modo producción capitalista (como desarrollada en el capital, por ejemplo), supone la lucha de clases como su “elemento activo” fundamental. El proceso productivo, que supone la afirmación autoritaria del capitalista (o del agente que lo representa), así como la continua posibilidad de la organización y la huelga obrera (que implicaría la baja en la tasa de ganancia), sólo se comprende como la manifestación de la lucha de clases. Y sin embargo, para Dahrendorf la dinámica propia de una estructura no puede ser función de la lucha de clases, porque la misma es coyuntural y solo existe acotada en el tiempo (la idea de niveles de lucha de clases se omite en el pensamiento de este autor).

13)   Clases definidas solo por la propiedad privada. “La causa determinante de las clases sociales era para Marx la propiedad privada de los medios de producción. Su teoría de las clases basa todos sus elementos esenciales sobre esta definición del concepto de clase” (criticar eliminación de la “apropiación real” o “posesión”)
13’) He aquí un error importante. Esta no es sólo una deformación, sino un error que demuestra la lectura rápida y superficial que Dahrendorf realiza de Marx (si es que en realidad realiza alguna lectura y no, más bien, se dedica a refutar lo que el sentido común aprehende de Marx). La sustancialidad del error está dada por el no reconocimiento de las relaciones de posesión/apropiación, como categoría de análisis imprescindible de un modo de producción determinado. Si la determinación de las clases solo supusiera la referencia a la propiedad de los medios de producción, no podríamos, por ejemplo, diferenciar entre el modo de producción capitalista y el modo de producción feudal: en ambos la clase dominante es propietaria de los medios de producción; sin embargo, mientras en el feudalismo el productor posee sus medios de trabajo, en el capitalismo se encuentra desposeído de los mismos.   

14)   ) Asunción de la distinción entre propiedad y control, basada en Burnham y Schumpeter
14’) El hecho de que el autor base parte de su análisis en la teorización de Burnham (“La revolución de los managers”), demuestra que las mismas bases de su planteamiento se encuentran superadas. Tanto Sweezy como Ossowski explican que la diferenciación entre propiedad y control (eje fundamental de los postulados de Burnham), basada en el escrito pionero de Berle y Means, no supone ningún cambio estructural fundamental en la dinámica reproductiva del modo de producción capitalista: los controladores, en una abrumadora mayoría, son también poderosos y eminentes propietarios.

15)   Noción idealista, basada en la autoridad, como determinante de las clases
      15’) En términos generales, no podemos compartir el marco fundamental propuesto por el autor para la determinación de las clases sociales, ya que el basamento del mismo supone la negación de la aprehensión de la reproducción material de toda formación social. Las clases mismas no pueden tener su fundamento último en las relaciones de autoridad (y el poder en términos generales), porque la posesión de autoridad está siempre fundamentada en ciertas posesiones materiales desiguales. La subordinación existe, en última instancia, por la “amenaza mortuoria” (Weber) propia del Estado moderno, el cual garantiza material el funcionamiento “continuo” de la sociedad. Por lo tanto, las relaciones de mando y obediencia sólo existen porque existe un excedente que es apropiado por una clase determinada, la cual utiliza una fracción del mismo en la instauración de mecanismos de fuerza (el Estado como fundado en la violencia) que garantizan que como clase será obedecida. Es por esto que una teoría social de las clases es mucho más fecunda si su premisa es material (la explotación) y no parcialmente ideal (la dominación, como querría Dahrendorf)

16)   Independencia de niveles estructurales “El estado político y la producción industrial constituyen dos asociaciones de dominación, independientes por principio, y cuyas relaciones constituyen un objetivo de la investigación científica”  
16’) Cualquier comprensión de la totalidad estructural que suponga la independencia de los niveles que la componen, estará marcada por obscuridades que no podrá explicar. En última instancia, si se asume la “independencia de niveles” como “principio”, el análisis es muy proclive a abandonar la noción relacional de la realidad social (la posibilidad de sustancialismo está entonces muy próxima). Por el contrario, creemos que la noción de “autonomía relativa” desarrollada por la tradición marxista, es un instrumento analítico de una fertilidad mucho mayor.

17)   Analogía weberiana entre Estado y empresa “El estado es una asociación de dominación y la producción industrial es asimismo una asociación de igual carácter”
17’) Ya que el autor que aquí criticamos incorpora importantes elementos weberianos en sus elaboraciones teóricas, debe, entonces reafirmar la analogía estructural que realiza Weber entre el Estado y la Empresa capitalista. Ahora bien, este paso autocontradictorio para la teoría de Dahrendorf, ya que con esto implícitamente se niega la necesidad de la determinación de la naturaleza de una subestructura mediante su funcionalidad para con la totalidad. Es que la analogía estructural entre Estado y Empresa no es pertinente una vez comprendemos que las funciones propias de cada nivel son distintas. La empresa está dirigida hacia la ganancia (un marginalista diría: “genera crecimiento”), mientras el Estado no lo está (sus funciones son más amplias y diversas y, si bien es palmario que su funcionalidad específica no es la de orientarse hacia la ganancia, no tenemos aquí el espacio para extendernos sobre el tema de las funciones del Estado). 

[ii] Punto Final (año 45, n°726, 7-20 de enero 2011)

[iii] Firmantes de la Carta Abierta: Carolino Espinoza (Confusam, funcionarios de la salud municipalizada), Cristián Cuevas (CTC), Ricardo Maldonado (Conutt, transporte), Manuel Díaz (D&S, Walmart), Humberto Meza (Falabella), Bábara Saavedra (trabajadores de París), Claudio González (Fenpruss, profesionales universitarios de la salud).
[iv] Punto Final (Año 45, n°470, 19 de Agosto a 1 Sept 2011)

[v] Huelgas 2005-2010: 2005, 101 huelgas; 2006, 134 huelgas; 2007, 147 huelgas; 2008, 159 huelgas; 2009, 171 huelgas; 2010, 174 huelgas

[vi] El Capital, tomo I, capítulo XXIII.
[vii] Miseria de la Filosofía


Manuel Salgado Muñoz (fines 2011)