jueves, 26 de septiembre de 2013

¿Por qué la política, en una sociedad de clases, no es una guerra? (septiembre 2013)

¿Por qué la política, en una sociedad de clases, no es una guerra? (septiembre 2013)

Lo primero que hay que tener en cuenta para responder a esta pregunta, es que contestar de manera afirmativa (“la política en una sociedad de clases no es una guerra”), no supone concebir la política en una sociedad clasista como eminentemente signada por el consenso, el acuerdo, la  armonía, etc. Esto porque la “guerra”, en sí misma, no es el único tipo de conflicto, sino sólo una forma o variante del mismo, sólo una más de una panoplia de formas de ser del conflicto dentro de una sociedad de clases.

En segundo lugar, para responder a esta interrogante específica, es necesario evidenciar la proveniencia de la idea “la política es como una guerra”. Claro está, esta idea emana de los desarrollos de Von Clausewitz, político-militar de la época de la Alemania de Bismarck. Fue él quien formuló el conocido lema “la política no es más que la guerra por otros medios”. Asimismo, como también es bien sabido, Lenin tomará esta idea y la fijará casi como una “conquista teórica imperecedera” del marxismo. Ahora, si bien el origen de un concepto no explica necesariamente su ser y función actuales y concretos en una situación determinada, sí es capaz de explicarnos “algo” respecto del mismo (su origen no es arbitrario ni neutral, más todavía si este “origen” y su “ser” y “función” concretos, no estuvieron lejanos en el tiempo, de aquél momento en que éste –concepto- ganó nueva forma y relevancia). En nuestro caso concreto, para Von Clausewitz, que “la guerra no fuera sino la política por otros medios”, no implicaba más que decir que la política internacional (interestatal) se jugaba tanto en esfera diplomática formal, como en la esfera del conflicto armado. Esto es, la política era guerra porque se comprendía a la política como la relación conflictiva entre Estados. Y estos Estados (los Estados concretos que Clausewitz tenía en mente), no eran sino estados burgueses-capitalistas (en su defecto estados propios de formaciones clasistas no totalmente capitalistas –como el caso de Rusia-). En suma, la política era guerra, porque era una relación conflictiva entre Estados clasistas (entendiendo que pueden existir estados no clasistas, tal como el Estado obrero). Lo que hizo Vladimir Illich, entonces, fue trasladar esta noción de la política interestatal, a la política  intraestatal: la política, según Lenin, en tanto no es otra cosa que la expresión más concentrada de la lucha de clases, puede ser concebida también como una guerra. De ahí lo adecuado de la utilización de los términos militares, para su mejor intelección: estrategia, táctica, vanguardia, etc.

La siguiente pregunta que debemos hacernos teniendo en cuenta lo anterior, es si el traslado de la noción de Clausewitz hecha por Lenin, del campo interestatal al campo intraestatal, es válido o legítimo. Esto es, si este traslado realmente nos ayuda a comprender mejor el proceso de la lucha de clases, una de cuyas expresiones fundamentales es el conflicto clasista intra-estatal (esto porque las clases sólo existen en tanto existe un Estado, es decir,  se constituyen en referencia a un Estado concreto –de ahí que una clase dominante/explotadora siempre de alguna manera se encuentre unificada en y mediante un Estado-). Nuestro juicio respecto de esta interrogante es algo polémico: el traslado que Lenin hace de la noción de Clausewitz, en gran medida, no es legítimo ni nos ayuda a comprender mejor la lucha de clases. Intentaremos argumentar este juicio a continuación.

Lo primero a tener en cuenta es que Clausewitz intenta comprender un conflicto interestatal. Y un conflicto interestatal es un conflicto entre clases dominantes/explotadoras (porque es un absurdo eso de la que la lucha es entre “naciones”: es la clase dominante/explotadora de cada Estado la que toma la decisión de ir a la guerra o no ir, en ésta decisión la clase productora/explotada no tiene nada que decir –porque el ejército de cada Estado es el ejército de su clase dominante/explotadora-). Por su parte, el conflicto que intenta comprender Lenin a través de la metáfora de Clausewitz, es, ya lo dijimos, un conflicto intra-estatal. Un conflicto entre una clase dominante/explotadora y otra clase productora/explotada. En simple, en el caso de Clausewitz el conflicto a comprender es capital/capital, mientras el conflicto que desea comprender Lenin  es capital/Trabajo. Esto, ya de entrada, nos alerta de la posibilidad de que Lenin haya realizado una analogía espuria.

Los razonamientos que siguen se derivan de la idea madre que acabamos de desarrollar. Lo primero a relevar es evidente: el conflicto entre capital/capital y el conflicto capital/Trabajo son muy diferentes. Y no es sólo una cuestión de “inconmensurabilidad cualitativa”, sino del simple hecho de que la asimetría y el desbalance que son posibles de encontrar en ambos conflictos son de hecho distintos. En uno, la asimetría es estructural y constitutiva (conflicto capital/Trabajo), mientras en el otro (conflicto capital/capital) es contingente (puede existir o puede no existir en términos sustantivos). Más todavía, en el caso de Clausewitz se tematiza la guerra entre estados europeos capitalistas (o no plenamente capitalistas –e.g. Rusia-), un tipo de guerra donde las asimetrías en ningún caso eran demasiado insalvables. Esto es, ni siquiera se está haciendo referencia a un tipo de guerra que relaciona estados centrales con estados periféricos, tipo en el cual las asimetrías entre las clases dominantes/explotadoras en conflicto, serían más grandes y menos contingentes (aunque, aún en estos casos, es una asimetría que no se deriva de que estas sean clases con determinantes estructurales distintas –ambas son de hecho clases dominantes/explotadoras-). En segundo lugar, estamos hablando de dos tipos de conflicto muy diferentes porque, mientras en un caso ambos contrincantes tienen a su disposición poder militar (ejércitos), en el otro esto no sucede. En el conflicto capital/Trabajo, el segundo término de la relación está imposibilitado estructuralmente para generar su propio poder militar. Esto por varias razones. Primero, porque el ser de las clases existe en relación con un Estado concreto determinado, y todo Estado clasista existe porque la fuerza y el poder militar han sido de hecho monopolizados (tienen un centro). No es ningún misterio que este centro es un centro de clase (el ejército es el ejército de la clase dominante/explotadora). En segundo lugar, el mismo ser de las clases productoras/explotadas las imposibilita para generar un ejército propio. Por un lado, está la pauperización material de estas clases, la cual es una limitante objetiva si lo que se busca es generar poder militar propio. Por otro, la limitante temporal: las clases explotadas/productoras  se constituyen como clases en tanto deben dedicar una gran parte de su tiempo al trabajo. El tiempo sobrante, al ser muy escaso, imposibilitaría la formación y articulación de una fuerza militar propia (en el caso, muy improbable por lo demás, de que las limitadas alzas reales de los salarios permitieran un ahorro suficiente para comprar armamento en el mercado internacional).

Una última dimensión –la esencial-, que distingue a los dos tipos de conflicto que aquí tratamos, está dada por la cuestión de la producción. Por un lado, en el caso del tipo de conflicto teorizado por Von Clausewitz, el mismo opera con la cuestión de la producción como una premisa dada. Esto es, los recursos y los potenciales son preexistentes al conflicto: tengo ciertos armamentos, cierta infraestructura, ciertos ejércitos  y, luego, pienso como utilizar éstos en un enfrentamiento armado. Si bien el fenómeno de las “economías de guerra” no es poco común (lo que tiene implicado que el mismo conflicto interestatal provoca e influye no poco la producción), en estos casos la producción opera como mero “medio” (antecedente) al confrontamiento armado. El conflicto no es un conflicto “en la producción” y “por la producción”. Por el otro lado, dentro del conflicto capital/Trabajo la producción no es “preexistente” ni funge como mero “medio”: es un conflicto “en la producción” y “por la producción”. La producción no puede tomarse como un “dado” porque es el mismo centro del conflicto; la esfera de la producción no puede articularse como mero “medio” porque, aún en estos casos, sería a la vez “medio” y “fin”. En el caso en que el ejército se acrecienta en un Estado determinado con el fin de reprimir a la propia población interna, el conflicto sigue siendo un conflicto “en la producción” y “por la producción”: los capitalistas se enfrentan a los obreros, al determinar que una mayor parte del excedente va a ser utilizado en producción y compra de armas (y fuerza militar en general).

Por todo esto, la metáfora de Clausewitz reapropiada por Lenin, no es útil para comprender el funcionamiento de las sociedades de clase. La misma, ahora bien, sólo posee una adecuación muy relativa en el caso de las crisis revolucionarias. En estos casos, en los que el monopolio estatal de la fuerza militar se quiebra, en los cuales se generan fuerzas importantes paralelas al Estado, sí se reproducen (al menos de manera mínima) las precondiciones que Clausewitz tenía a la vista cuando teorizaba y establecía que “la política es la guerra con otros medios”. En estos casos de crisis revolucionaria, lo que distingue a los conflictos capital/capital de los conflictos capital/Trabajo, se relativiza en amplia medida. Por un lado, la asimetría entre ambos polos se reduce: el hecho de que las clases productoras/explotadas hayan efectivamente establecido una fuerza paralela a la de la clase dominante/explotadora, nos habla de la mayor autonomía e independencia de las primeras frente a las segundas. Este mismo hecho, además, nos habla de que se ha reducido la “depauperación relativa” de las clases explotadas/productoras (en general esto sucede, no porque el nivel de vida de estas clases necesariamente crezca durante una crisis revolucionaria, sino porque la misma clase dominante/explotadora ve caer su nivel del vida –éste es el sentido de la expresión de Lenin de que éstas clases “ya no pueden seguir viviendo como vivían hasta entonces”-. La caída en el nivel de vida de ésta última, no sólo se expresa por la existencia de una crisis económica importante (quiebras y desclasamiento debido a la operación de la TDTMG y su vigencia concreta en un momento dado como caída de la “masa” de ganancia), sino también en la crisis del Estado, crisis que es una crisis del modo de vida de ésta clase –en el entendido de que la clase dominante/explotadora se unifica en el Estado-). Asimismo, la existencia de una fuerza paralela al Estado, y la mayor autonomía que esto supone para las clases explotadas/productoras, nos habla de una expansión del tiempo disponible en estas clases, tiempo susceptible de ser utilizado en operaciones militares y en la articulación de una fuerza militar.

Lo importante a tener en cuenta, sin embargo, es que incluso en estos casos de “crisis revolucionaria”, ambos tipos de conflicto son estructuralmente diferentes: la mayor autonomía derivada de una fuerza paralela al Estado, es un tipo de independencia muy diferente a la que se genera a partir de un Estado constituido ya y con una historia propia. La fuerza paralela es un “Estado en germen”, no un Estado ya constituido y con historia propia. El “mayor tiempo disponible” y la “menor depauperación relativa” no se derivan de que el segundo polo del conflicto (el Trabajo), tenga sus bases en la explotación de otra clase (cuestión que explicaría su “tiempo disponible” porque sería una clase no-productora y, a la vez, su “mayor nivel de vida” por el hecho de controlar efectivamente los medios de producción). Antes bien, ambas características se derivan de una morigeración anormal (de ahí la idea de crisis revolucionaria) de las diferencias constitutivas entre ambos tipos de conflicto (capital/capital y capital/Trabajo). Por lo tanto, aún en el caso de una crisis revolucionaria la metáfora de Clausewitz, aplicada a la lucha de clases, tiene una validez limitada. En lo fundamental, porque el conflicto Capital/trabajo sigue siendo un conflicto “por la producción” y “en la producción”; en cambio, el conflicto capital/capital, si bien puede ser un conflicto por recursos, nunca es ni será un conflicto de este tipo. No lo será, porque los estados capitalistas luchan entre sí por controlar recursos dados, nunca cuestionan el “quién produce”, ni el “cómo se produce”, ni “qué se produce”. Es una lucha por apropiarse de trabajadores y materias primas extranjeras; a lo más deviene una lucha por determinar “para quién se produce” (y un “para quien” que se reduce a determinar cuál clase capitalista particular explota y aprovecha el excedente).

 Si los razonamientos expuestos son válidos (lo que no es definitivo porque la intención de este escrito es polémica y fue concebido para estimular el debate y la contraargumentación), de ello se deriva que la política en una sociedad de clases debe pensarse bajo términos distintos a los de Clausewitz-Lenin.  Esto en todos los casos en que la lucha de clases aún no deviene en “crisis revolucionaria”. Y aún en una “crisis revolucionaria”, la metáfora de Clausewitz tiene una validez sólo relativa. ¿Significa esto que no debemos utilizar conceptos como estrategia, táctica y vanguardia? Desde esta tronera, no estamos tan seguros. En lo que respecta a la distinción estrategia/táctica, la misma continúa siendo útil si es que uno de los polos responde al “qué debe hacerse” (estrategia como plan de acción –estrategia antimonopolista, estrategia anticapitalista, etc-), mientras él otro al “cómo” (los medios concretos y más inmediatos de acción –utilización de formas sólo legales de acción, uso sólo de vías militares no legales, etc-). Ahora bien, la utilidad de esta distinción, en la práctica, se ve potenciada cuando le adicionamos un tercer nivel: el horizonte. Y esto es imprescindible si queremos trascender la analogía espuria entre guerra y lucha de clases. La estrategia y la táctica de un ejército  se fundamentan en la idea de “derrotar” al contrario sólo porque éste se me enfrenta como enemigo. No supone este enfrentamiento un horizonte de transformación de la sociedad (de hecho, la guerra la determina la clase dominante/explotadora, su fin es exógeno incluso a quienes en concreto organizan la guerra –los altos mandos del ejército-). Tampoco supone el objetivo de la transformación de las condiciones de existencia de ambos polos en liza (e.g. no se quiere construir un “Estado obrero” para eliminar la explotación, siempre comprendido éste como una precondición para una transición “más allá” del capitalismo). Ambas cuestiones nos hablan de la necesidad de incorporar la noción de “horizonte” a la distinción estrategia /táctica ya señalada (y más todavía porque el horizonte de la guerra siempre es mayoritariamente vacío –la conquista por la conquista misma, el dominio por el dominio mismo-). A la vez,  así como existe una vinculación estrecha entre táctica y estrategia (o debiera existir si queremos actuar correctamente en la lucha de clases), parece pertinente postular la necesidad de una vinculación estrecha entre la "estrategia" y la "concepción particular del horizonte". Así, para, por caso, la “estrategia antimonopolista”, habría un tipo de socialismo (¿más clase mediero? ¿sin tocar la división social del trabajo dentro del proceso de producción?), y para la anticapitalista otro (¿más igualitarista? ¿transformación de la división social del trabajo intra-empresa en cambio?).

En lo que  respecta al concepto de “vanguardia”, por último, quizás fuera útil no hacer una utilización enfática y sistemática del mismo. Esto por varias razones. Primero, porque la concepción de vanguardia se enmarca dentro de la misma lógica militar a la cual ya le criticábamos su ausencia de “horizonte” (fuera del “dominio por el dominio mismo”). Segundo, porque, por lo mismo, las “vanguardias” (si respetamos la significación militar del término) nunca podrán ser lo que Lenin pretendía de ellas. Nunca podrán ser elaboradoras de programas (y sus horizontes vinculados), nunca podrán determinar “estrategia” y “táctica” (en el entendido que es la clase dominante/explotadora la que fija el horizonte y, de éste se derivan tanto la estrategia como la táctica a través de distintas mediaciones). Tercero, porque la noción de vanguardia, cuando asociada a una idea de ciertas “masas” que existen fuera de ella, reproduce la teoría elitista conservadora de la “sociedad de masas” (e.g. tipo escuela de Frankfurt, Heidegger, Jaspers, etc). Esta teoría no sólo es aristocrática (los iluminados, los privilegiados/frente a la “masa”), sino que inhibe la posibilidad de realizar un análisis clasista riguroso (esencial para actuar en la realidad práctica de la lucha de clases). Lo que existe en una sociedad de clases, no son “masas”, “multitudes” o “sujetos”: existen clases sociales determinadas objetiva y materialmente  (aún si la expresión suena redundante). Incluso dentro de una misma clase (como es utilizada la expresión por Lenin) no existe una “masa” y su “vanguardia”; existen, antes bien, fracciones, capas, etc. La misma denominación “masa” inhibe la comprensión, en tanto evoca algo informe y  no articulado ni consciente.  Y lo mismo sucede si aplicamos la relación vanguardia/masa, para comprender el vínculo entre un grupo pequeño dirigente y un conjunto de grupos explotados: al denominar a éstos “masas” nos negamos a preguntarnos sobre sus condiciones de existencia y sus intereses inmediatos y mediatos. Lo mismo se repite, por último, si la vanguardia es el “proletariado” y las otras capas explotadas la “masa”. ¿Debemos, entonces, rechazar los conceptos relacionados masa/vanguardia? Si nos atenemos a algunas dimensiones de la práctica de Lenin en relación con estos conceptos (esto es, la operación real de la pareja conceptual en lo material y no a su existencia meramente terminológica), no necesariamente debemos rechazar su utilización. Esto porque, aun a pesar del “tiempo del mundo” en el cual habitaba “el pelado”, uno en el cual la distinción masa/grupo privilegiado era “pan de todos los días”, Vladimir Illich logró hacer operar esta noción fuera de sus marcos habituales. Esto es, a pesar de que Lenin pudiera haberse referido al proletariado y/o al conjunto de las clases explotadas/productoras como una “masa”, la utilización del mismo término no le inhibió intentar comprender concienzudamente las “condiciones de existencia” y los “intereses” de estas “masas”. No por nada Valdimir Illich estableció como premisa de su actividad el “explicar pacientemente” a las “masas” las propuestas de los bolcheviques. Entonces, es a esta trascendencia que el mismo Lenin llevó a unos términos caducos, que por sí mismos no son demasiado útiles en la lucha de clases (vanguardia/masa), a la que debemos apuntar hoy en día. Esa es la realidad conceptual a recuperar.

Con esto nos referimos a la idea de que las clases productoras/explotadas son heterogéneas internamente (entre sí e internamente cada una de ellas), y esto supone que siempre, en todo tiempo histórico de una sociedad de clases, existen “franjas” explotadas que llegan antes que otras a la convicción de que es necesario y posible enfrentar al enemigo de clase y vencerlo. Además, pueden existir franjas cuyas prácticas organizativas sean más eficaces con respecto a estos objetivos, que las formas organizativas de otras franjas (y ambas franjas, aquellas “convencidas” y aquellas “organizadas”, pueden de hecho ser distintas). Ambas, en una sociedad capitalista, son franjas explotadas, no burguesas ni pequeñoburguesas (si es que cabe enfatizar en ello). Puede verse, también, que éstas son “franjas”, no “una franja”. De ello se deriva la posibilidad de la existencia de distintos partidos y organizaciones de los explotados, según la realidad concreta, objetiva y material, lo requiera. Sí, lo que una vez escribió Trotsky, sigue siendo aún muy válido. Además, tampoco debe olvidarse que el cometido de estas franjas es “elevar” el nivel de consciencia y organización de sus compañeros de clase, de tal modo que cada miembro de los explotados posea un nivel de consciencia y capacidad organizativa similar. La tarea de las franjas, no es dominar ni dirigir a sus compañeros de clase, es trabajar con ellos e iniciar un proceso entre iguales. Sólo cuando esta igualdad (de consciencia, material y organizativa), exista como tendencia eminente en la realidad, las posibilidades de una crisis revolucionaria podrán ser efectivamente aprovechadas; se cumplirá la premisa básica marxista: “la emancipación de la clase obrera sólo puede ser hecha por los trabajadores mismos”. 


Manuel Salgado