lunes, 17 de junio de 2013

Agustín Cueva: posmarxismo en AL

Agustín Cueva: posmarxismo en AL

Ernesto Laclau, en quien autores como Lechner reconocen haberse inspirado para abandonar el “reduccionismo de clase”

La mejor antología al respecto sigue siendo la compilada por Daniel Camacho, Debates sobre la teoría de la dependencia y la sociología latinoamericana, San José, Editorial Universitaria Centroamericana, educa, 1979 (ver libro)

el ensayo “Argentina: ¿una Australia italiana?”, de Torcuato di Tella.15 No pretendo impugnar en absoluto los méritos de este trabajo de Di Tella; empero, me es difícil resistir a la tentación de señalar que se trata del mismo autor funcionalista discípulo de Gino Germani y su “teoría de la modernización”… En Cien años de soledad, los personajes perciben como circular un tiempo que en realidad es lineal; en las ciencias sociales de hoy, pareciera que en cambio está de moda percibir como ascendente un movimiento que es perfectamente circular (en referencia a que los análisis culturalistas de los ochenta constituyen la reedición del antiguo funcionalismo)

En un artículo titulado “Problemas de la democracia y la política democrática en América Latina”, Ángel Flisfisch, Norbert Lechner y Tomás Moulián (en adelante flm), que son los mejores y más coherentes representantes de la sociología “posmarxista

Hemos transcrito extensamente este pasaje porque nos parece la mejor muestra del método favorito de la sociología “posmarxista”, que consiste en lo siguiente: en lugar de tratar de descubrir la lógica subyacente en los procesos históricos, fabrica los acontecimientos que necesita para justificar su propio razonamiento. Contribuye, de esta suerte, a la construcción de ese pasado mítico que denunciábamos en el ensayo anterior.

Las dictaduras de la fase premonopólica del capitalismo latinoamericano habían sido en muchos sentidos más “corpóreas”, más personales y, si se quiere, más “anecdóticas” que las actualesEn contraste, las dictaduras contemporáneas encarnan el poder de un bloque dominante más universal, más sólido e incluso supranacional, y en este sentido más “abstracto”

Al no contestar y ni siquiera plantear este tipo de preguntas, el “posmarxismo” se revela como lo que en verdad es: un premarxismo que, en lugar de haber superado efectivamente a Marx, nos retrotrae siempre a algún momento anterior a él. Así, bajo el nombre de “sociedad civil”, volvemos a encontrar lo que Marx denunció como una “comunidad ilusoria”, o sea, una colectividad imaginaria en la que el pensamiento, como por arte de magia, ha hecho desaparecer todos los antagonismos y contradicciones. Y bajo el nombre de “Estado”, reencontramos una entidad ingrávida de sus determinaciones de clase y convertida, nadie sabe bien en razón de qué maleficio, en enemiga implacable de la “sociedad civil”.

La existencia de movimientos no es nada nuevo en el quehacer político latinoamericano, como lo prueba el simple recuerdo del mnr boliviano, el Movimiento 26 de Julio cubano o el actual M-19 de Colombia, por lo demás de distintas orientaciones

Lo nuevo es que el “movimientismo” que algunos reivindican hoy, en el sentido de Flisfisch, Lechner y Moulián (siguiendo en gran medida a Alain Touraine), consiste en un verdadero himno a la “espontaneidad” de las masas y en una defensa a ultranza de sus formas “naturales” de organización, contrapuestas a las modernas organizaciones partidarias

ella (la corriente posmarxista) no puede prosperar por la sencilla razón de que parte de un supuesto falso, cual es el de la existencia de una sociedad civil, conformada por seres prepolíticos, especie de bonssauvages, ajenos a toda modernidad…A fuerza de buscar “auténticos movimientos” a como dé lugar, se acaba reivindicando las expresiones más primarias y de más dudoso contenido clasista, ubicadas en los niveles más rudimentarios del capitalismo sudamericano: los regionalismos de Bolivia y Ecuador, concretamente

las experiencias de cambio molecular, la preocupación por la vida personal o por los problemas de la afectividad, del “desarrollo interior” eran menospreciados para privilegiar las instituciones políticas, las reformas estructurales, el compromiso revolucionario como sentido de la vida, la actividad política en el Estado” (Moulian)

En definitiva, las organizaciones políticas cometían el error de hacer… política. Con un agravante más: intentaban transformar prometeanamente el mundo.


Más que en el consenso activo de los ciudadanos, el sistema se asienta pues, actualmente, en la inducida y escéptica prudencia de los gobernados