miércoles, 30 de abril de 2014

Detrás de los planes de Shorten para “reconstruir” el Partido Laborista australiano (Abril 2014)


Por James Cogan, 26 de Abril de 2014
Bill Shorten, el líder del Partido Laborista Australiano (ALP en inglés), emitió un discurso el último martes (22 de Abril) llamando a que la vaciada y desacreditada organización sea reconstruida como “un partido democrático, abierto y seguro de de sí mismo”. Publicitó este discurso en tanto “conversación honesta sobre por qué perdimos el poder”. El Partido Laborista dejó el gobierno luego de la elección de Septiembre de 2013, en la cual obtuvo su porcentaje de votación más bajo en 110 años. “Si no cambiamos –declaró Shorten-, estamos poniendo nuestro propio futuro en riesgo”   
Shorten presentó una historia en la cual el Partido Laborista habría perdido su apoyo, porque éste sería hoy un aparato antidemocrático dominado por facciones vinculadas al mundo sindical. Dejó fuera de su “honesta conversación” la verdadera razón de la hostilidad hacia el Partido Laborista, esto es, las políticas anti-clase obrera que éste ha implementado. Las políticas que Shorten sí consignó en su discurso –como ejemplos de por qué la gente pondría “su fe, confianza y esperanza en el Partido Laborista”-, solo sirvieron para subrayar el por qué el pueblo trabajador se encuentra absolutamente alienado respecto de esta organización.
Shorten recordó la introducción de la educación universitaria gratuita por el gobierno laborista de Whitlam en 1974. Apenas una década más tarde, el gobierno laborista de Hawke reimpuso las tasas bajo la forma del Programa de Contribución a la Educación Superior, el cual hoy cobra a los estudiantes una tasa diferida que va de $6.000 a $10.000 anuales para obtener su título.
También celebró la introducción de la jubilación obligatoria por el gobierno laborista de Keating en 1992. Este esquema ha sido utilizado por el gobierno y los sindicatos para trabajar con la patronal en orden de suprimir el crecimiento de los salarios. Ha devenido en un juguete de $1,6 millones de la finanza, con los administradores de los fondos,  funcionarios sindicales y  corredores desviando decenas de billones en cobros, mientras los ricos lo utilizan para evadir impuestos. Su existencia está siendo utilizada para reclamar la eliminación de los subsidios a los pensionados, cuando las condiciones actuales de los obreros nunca les permitirán acumular suficiente jubilación para sostener su retiro.
Shorten también alabó el cínico perdón hecho en 2008 por el gobierno laborista de Rudd a las “generaciones robadas” –los aborígenes australianos que fueron separados de sus familias durante el siglo XX-. La inutilidad de este perdón está demostrada por el continuo deterioro de las horrorosas condiciones sociales soportadas por la gran mayoría de la población indígena, el sector más oprimido de la clase obrera australiana.  
Por último, Shorten citó el Programa Nacional de Seguro para la Discapacidad (NDIS en inglés) introducido por el gobierno laborista de Gillard en 2013, consignándolo como “una reforma que cambió la vida (de estas personas)”. Para los australianos discapacitados, cambiará sus vidas bajo la forma de una incluso mayor pobreza y explotación. El NDIS supone la privatización de los servicios de discapacidad y una drástica reevaluación de lo que constituye la discapacidad. Su objetivo declarado es reintroducir a la fuerza de trabajo a 400 mil personas hoy clasificadas como discapacitadas, y por tanto eliminarlas de la Pensión de Apoyo a la Discapacidad (DSP en inglés).
El plan de Shorten para la renovación democrática de la ALP requirió una reescritura de la historia de este partido: “Cuando el Partido Laborista nació –declaró- la visión de sus fundadores fue la de un partido basado en la militancia. Pero en los tiempos más recientes, el rol de los sindicatos dentro de nuestro partido ha devenido en una toma de decisiones faccional y centralizada. Si debemos renovar y reconstruir el Partido Laborista, debemos reconstruirlo como un partido basado en la militancia, no uno fundado en las facciones”
“En realidad, el Partido Laborista fue una organización altamente burocratizada desde sus orígenes. Formado como el brazo político de los sindicatos, se opuso al marxismo desde el comienzo y propuso un programa pro-capitalista reformista-nacional. Promovió la colaboración de clases mediante el “sistema de árbitros” y las panaceas racistas de la “Australia blanca”. En tiempos de crisis, incluyendo las dos guerras mundiales y la Gran Depresión, el Partido Laborista fue el instrumento principal utilizado por la clase dominante para subordinar a la clase obrera al estado-nación capitalista”
Durante el boom económico que sobrevino luego de la Segunda Guerra Mundial, el partido tuvo una activa base de apoyo en la clase obrera derivada de su promoción de  reformas que mejoraron las condiciones de vida. Su estructura faccional, si bien reflejaba los intereses en competencia de los distintos sindicatos, era el resultado de una división del trabajo –la “derecha” estaba más estrechamente vinculada a los negocios y la finanza y seguía las señales de Washington, mientras la “izquierda”, apoyada por el partido comunista australiano, utilizó su fraseología “progresista” e incluso “socialista” para desviar la crítica y la oposición de la clase obrera-. Los conflictos faccionales eran siempre más por posiciones y puestos parlamentarios que por cuestiones políticas. Las estructuras del partido estaban altamente burocratizadas y siempre cubiertas contra cualquier participación democrática genuina de las bases.
El colapso del apoyo al Partido Laborista fue producto de la globalización de la producción a fines de los 1970s y 1980s, la cual minó los programas reformistas nacionales en Australia y en el mundo entero. Las “reformas” introducidas por los gobiernos laboristas de Hawke y Keating entre 1983 y 1996, no fueron para mejorar la suerte de la clase obrera, sino que para hacer al empresariado australiano “internacionalmente competitivo” a expensas de la clase obrera. Todas las facciones del Partido Laborista, especialmente la “izquierda” apoyada por los sindicatos y el partido comunista, apoyaron la agenda pro-mercado  suprimieron la oposición que emergía en el seno de los obreros hacia la destrucción de puestos de trabajo, salarios y condiciones conquistadas mediante arduas luchas.
La activa militancia y el amplio apoyo en la clase obrera, colapsó como resultado de esto, y nunca se ha recuperado. Salió del gobierno en 1996 y no fue reelecto hasta 2007, en ese momento fundamentalmente sobre la base de que el Partido Laborista era el “mal menor” en comparación con el gobierno de coalición de Howard. El apoyo del partido laborista se hundió a nuevos bajos, en tanto el gobierno de Rudd comenzó a implementar la agenda del gran empresariado.
Luego del golpe político del 23-24 de Junio de 2010 dentro del ALP, el cual sacó de la noche a la mañana a Kevin Rudd e instaló a Julia Gillard, el partido giró todavía más a la derecha, desempolvando medidas de austeridad que recortaron el gasto público y alineándose plenamente con la escalada militar de EEUU contra China en Asia-pacífico.
Shorten declara que él democratizará el Partido Laborista. Pero él fue uno de los hombres fuertes de las facciones, con estrechos vínculos con la embajada de EEUU, que removió a Rudd a espaldas de la militancia partidaria y del pueblo australiano. En las elecciones partidarias de octubre del año anterior, el 60 por ciento de los miembros del ALP votaron por su rival, Anthony Albanese, en gran parte debido a la historia de Shorten como matón faccional.
Las reformas propuestas por Shorten a la organización, tal como las primarias al estilo de EEUU para seleccionar candidatos, no tienen que ver con la democracia. Antes bien, en línea con las demandas de sectores de los medios y del establishment corporativo, Shorten busca reforzar un liderazgo parlamentario que esté libre de la influencia de los intereses sectoriales de las ramas estatales y los sindicatos, más maleable a los de la elite financiera y empresarial e impermeable a la oposición de la clase obrera.

Los medios de Murdoch declararon el miércoles (23 de abril) que Shorten tiene un largo camino si es que quiere satisfacer sus demandas. La editorial en El Australiano desestimó el discurso de Shorten como un “voladero de luces”. Si bien celebra sus “tímidas propuestas” para cambiar el ALP, afirma que el partido laborista “debe renovar su programa para reflejar una agenda de reforma moderna, basada en presupuestos prudentes, soluciones de mercado que refuercen la productividad, la aspiración y el emprendimiento individuales”. Hasta que no hiciera esto, la editorial concluyó, el partido laborista permanecerá “crónicamente no apto para gobernar” y se le negará el apoyo para volver al poder.

Traducción: Manuel Salgado