viernes, 11 de abril de 2014

Bolivia bajo el MAS: La devaluación del “horizonte anticapitalista” (intro, partes I, II, III)

Bolivia bajo el MAS: La devaluación del “horizonte anticapitalista”

“Desafortunadamente, la Izquierda seguirá respondiendo a símbolos, historias míticas, retórica política y gestualidad, y no a substancia programática, experiencia histórica y  políticas socio-económicas concretas” (James Petras, The Bankers can rest easy –Evo Morales: All growl, no claws?, 2006)

Premisa introductoria

El siguiente trabajo constituye un esfuerzo de análisis del proceso “socialista” boliviano hoy todavía vigente, comenzado con la asunción del gobierno por Evo Morales en 2006. Como tal, su intención es explicar la dinámica de desarrollo de una formación social concreta, las tendencias objetivas de la producción (siempre determinante) y la relación de las clases con el Estado. Específicamente, interesa dilucidar la relación entre el partido político gobernante, y el tipo de Estado que éste gestiona, con la clase obrera y los productores/explotados en general. Para llevar a cabo este objetivo se ha subdivido el siguiente texto en distintas secciones (de variada extensión), las cuales nos permitirán adentrarnos de manera más precisa en el “terreno” que nos proponemos analizar.


Índice

I. Situándonos: Definiciones necesarias  (pp 2-3)

II. Un poco de historia (o la clase obrera más importante de América Latina)  (pp 4-7)

III. Fases capitalistas (pp 7-10)

IV. El ciclo de lucha de clases anterior a la asunción del gobierno por parte del MAS  
(pp10-26)

V. El MAS como partido  (pp 26-28)

VI. La intelectualidad del régimen político masista (pp 28-31)

VII. El MAS y el agro  (pp 31-51)

IX. Nacionalizaciones y Estado bajo el MAS  (pp 51-65)

X. Clase obrera bajo el MAS  (pp 65-87)

XI. Lucha de clases bajo el MAS (pp 88-102)

Conclusión    (pp 102-104) 





I. Situándonos: definiciones necesarias

Todo trabajo que pretenda estudiar una formación social[1] concreta situada espacialmente en la región latinoamericana, inescapablemente debe lidiar y definir una posición respecto del carácter del modo producción dominante en la misma a lo largo de su historia. Esto es, no puede evadir la pregunta que tiñó los debates marxistas y sociológicos de mitad del siglo XX: América Latina, ¿feudal o capitalista? (o, reformulada de mejor manera, ¿desde cuándo puede considerarse que la región es ya capitalista?). André Gunder Frank responderá esta pregunta estableciendo que la región ha sido capitalista desde la conquista (s XVI); Ernesto Laclau dirá que aún en los 1960s existían fuertes elementos feudales en Latinoamérica: aquí postulamos que ambos de hecho se equivocan. El primero, porque iguala capitalismo a la mera existencia de moneda; el segundo, porque opera con una noción restringida (estructuralista-weberiana) de modo de producción (para Laclau, igual que para Robert Brenner, el modo de producción capitalista se identifica exclusivamente con plusvalor relativo, subsunción real y trabajo asalariado “libre”). En lo real, la región en su conjunto es ya capitalista (por su dinámica, sus leyes de movimiento)[2] desde fines del siglo XIX, momento en el cual Lenin identifica un cambio de fase en el modo de producción capitalista. Esta posición que aquí adoptamos, fue bien argumentada por Agustín Cueva en 1977, preludiada por Ignacio Sotelo en 1972, y secundada/complementada por Ian Roxborough en 1979. En general, la vía de desarrollo capitalista en AL fue una “vía junker” (de tipo latifundista y “democráticamente reaccionaria”). De ahí que Roxborough señale acertadamente que la “revolución democrático-burguesa” en la región fue siempre incompleta, parcial y un proceso compuesto por distintas fases[3]. Ahora, si nosotros afirmamos que ya puede hablarse con propiedad de “capitalismo” (en un sentido marxista) en América Latina a fines del siglo XIX, con ésto estamos adoptando implícitamente la tesis de Neil Davidson: no es necesario que en cada Estado-nación capitalista ocurra una revolución burguesa para que exista el capitalismo; sólo son necesarias algunas revoluciones burguesas en ciertos puntos focales definidos, los cuales actúan como palancas en la difusión de este modo de producción a otras formaciones sociales.

 Si todo lo anterior es válido para América Latina, lo es también para Bolivia, una formación social de hecho inscrita en esta región. Es que ya con las leyes de exvinculación de 1874, y con la producción de plata en manos del capitalista “nacional” Patiño por esos años, podemos hablar de que el modo de producción capitalista domina esta formación social. Si bien éste se imbrica con “formas de producción”[4] de antigua y contemporánea data, las subordina a su lógica y leyes de movimiento.

 II. Un poco de historia (o la clase obrera más importante de América Latina)

 La formación social boliviana no es una cualquiera. Antes bien, porta una historia de enconada lucha de clases, la cual nos muestra a la clase obrera con el discurso y la práctica más “clasista” de toda la región. Esto puede verse ya tempranamente, cuando en 1946 la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) adopta lo que ha pasado a la historia como la “Tesis de Pulacayo”. Inspirada por una tradición trotskysta de rara fuerza en la región, este documento plantea sin ambages el rol predominante de la clase obrera en la revolución venidera, una revolución que se consignaba debía ser “permanente”[5]:

“Los trabajadores del subsuelo no insinuamos que debe pasarse por alto la etapa demo-burguesa: la lucha por elementales garantías democráticas y por la revolución agraria antiimperialista (...) Señalamos que revolución demo-burguesa, si no se la quiere estrangular, debe convertirse sólo en una fase de la Revolución proletaria (...) Dejamos claramente sentado que la revolución será democrático-burguesa por sus objetivos, y sólo un episodio de la Revolución Social por la clase social que la acaudillará. La revolución proletaria en Bolivia no quiere decir excluir a las otras capas explotadas de la nación, sino la alianza revolucionaria del proletariado, con los campesinos, con los artesanos y otros sectores de la pequeño burguesía. La Dictadura del proletariado es la proyección estatal de dicha alianza. La consigna de Revolución y Dictadura proletarias ponen en claro el hecho de que será la clase obrera el núcleo director de dicha transformación y de dicho estado… Los trabajadores una vez en el poder, no podrán detenerse indefinidamente en los límites demo-burgueses y se verán obligados, cada día en mayor medida, a dar cortes siempre más profundos en el régimen de la propiedad privada, de este modo la revolución adquirirá carácter permanente" (Tesis de Pulacayo, 1946)

 Armada con esta tesis (entre otras cosas, claro está), la clase obrera boliviana llevará a cabo una insurrección de tipo “clásico” (soviética) el 9 de abril de 1952[6]. Éste caso es único en la región. Al calor de la lucha, se funda la legendaria COB (Central Obrera boliviana), la cual actúa como poder paralelo efectivo:

"...A partir del 9 de abril, los sindicatos tomaron sencillamente en sus manos la solución de los problemas vitales y las autoridades, si no eran destituidas, no tenían más remedio que someterse a sus decisiones. Son estos sindicatos los que actuaron como órganos de poder obrero y plantearon el problema de la dualidad a las autoridades locales y nacionales. Directores de la vida diaria de las masas, rodearon de atribuciones legislativas y ejecutivas (poseen fuerza compulsiva para ejercer las decisiones) e inclusive llegaron a administrar justicia. La asamblea sindical se convirtió en la suprema ley, en la suprema autoridad” Guillermo Lora, citado en “El poder dual en América Latina” (René Zavaleta Mercado, 1974)

 El desarrollo histórico de esta insurrección (predominantemente obrera), que deviene no revolución obrero-socialista, sino mero “preludio” a una revolución burguesa de tipo más clásico, es la historia de un movimiento obrero sindicalista que se subordinó a direcciones burguesas (Lechín en la COB, Paz Estenssoro en el gobierno por el MNR –movimiento nacional revolucionario-), toda una clase que no supo como vencer las traiciones de la burocracia y los dobles juegos de la clase capitalista-burguesa[7].
 
 Avanzando en el tiempo, la Tesis de Colquiri de diciembre 1963, adoptada por la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) y que retomaba los postulados de la Tesis de Colquiri-San José de 1958, es otro hito histórico que nos vuelve a mostrar la importancia de regional de la clase obrera boliviana, su consciencia y práctica genuinamente “clasista”. Primero, porque reafirmaba la necesidad objetivo-histórica “internacional” la revolución venidera, en tanto cuestionaba el mito del “desarrollo nacional armónico”:

“1. La FSTMB declara que se solidariza con el movimiento obrero y revolucionario del mundo entero. Buscará ligarse estrechamente con todas las organizaciones similares de todos los países y fomentará el intercambio de relaciones sindicales sin discriminación alguna.
2. El internacionalismo proletario es consecuencia de la naturaleza misma del régimen capitalista. La lucha contra el imperialismo opresor exige la unidad de los explotados de todo el mundo.
4. Los agudos problemas de la revolución boliviana no pueden ser totalmente superados dentro de los límites nacionales y deben ser formulados, por lo menos, en la palestra continental. El triunfo de los movimientos de liberación nacional en cualquier parte del mundo consolida a la revolución boliviana más que todas las maniobras diplomáticas” (Tesis Colquiri-San José, 1958)
Segundo, porque tan temprano en la historia mundial como en 1963, planteaba ya como tarea práctica del momento la “autogestión obrera” (una forma de control obrero de la producción):
“2. La derrota de la administración oficial, inepta e inmoral, ha llevado a la minas a una situación de marasmo total. Cuando, con nuestra sangre, conquistamos la nacionalización de las minas, estábamos seguros de que éstas serían puestas a disposición del país y no convertidas en la propiedad de unos especuladores que proliferan en la sombra del poder político. Es el generoso ofrecimiento de la vida de los trabajadores lo que ha permitido la nacionalización de las minas, pero son elementos extraños a nuestra causa…quienes lucran con ésta. La nacionalización, en las manos del actual gobierno y en tanto el tiempo pasa, tiende  convertirse en una palabra vacía, porque el verdadero empleador no es otro que el BID 

3. El gobierno busca forzar a los mineros a trabajar bajo la amenaza del terror y busca excluir totalmente a la clase obrera de la dirección de la COMIBOL (Corporación Minera de Bolivia). Si se mantiene el criterio administrativo, las características burguesas de la nacionalización se acentuarán. Nosotros los obreros luchamos por una tesis opuesta: la capacidad creativa de la clase obrera (que se expresa únicamente cuando ésta actúa colectivamente organizada), con la voluntad victoriosa y la certeza de que su rol dirigente debe ser el cemento real de la nueva administración de las minas, permitirá que éstas emerjan del presente caos y aumentará perceptiblemente los resultados de la producción  

4. Esto constituye un deber elemental de los mineros, arrebatarles de las manos las minas a los actuales usurpadores. Le decimos al país que estamos luchando firmemente para imponer la autogestión obrera como el único medio de poner las minas al servicio de la mayoría nacional. La autogestión obrera significa que la clase, actuando colectivamente, toma en sus manos el destino de la industria básica

“5. Finalmente, es la clase, movilizada desde la base, la que será capaz de arrebatar las minas de las manos de aquellos que hoy poseen su efectivo usufructo…” (Tesis de Colquiri, diciembre 1963)

Ya en 1970, será esta misma clase la que, no sin algunos retrasos estratégicos[8], volverá a plantear el socialismo como objetivo conquistable, en un contexto en el cual se afirmaba sin ambages el rol dominante de la clase obrera en la realización de esta tarea histórica:

“Los trabajadores proclamamos que nuestra misión histórica, en el presente momento, es aplastar al imperialismo y a sus sirvientes nativos. Proclamamos que nuestra misión es la lucha por el socialismo. Proclamamos que el proletariado es el núcleo revolucionario por excelencia de los trabajadores bolivianos. Asumimos el papel dirigente de la revolución como genuinos representantes de los intereses nacionales. La alianza de obreros y campesinos con la gente pobre de las ciudades y con todas las fuerzas antiimperialistas es la garantía de la victoria” (Tesis de la COB, 1970)

Será un año más tarde, con esta tesis a modo de insumo, que Bolivia volverá vivir un proceso cuasi-revolucionario. En efecto, la Asamblea Popular de 1971 fue un experimento bastante avanzado, ya que la misma hacía las veces de “frente único” y unía a los explotados en un organismo de extensión nacional y de lucha. Se planteaban en ella tesis cercanas a las de la “revolución permanente” y su composición en tanto que organismo, era plenamente obrera. Sin embargo, la Asamblea carecía de armamento (cuestión que si estuvo resuelta en la experiencia de 1952) y sus direcciones no quisieron tomar el poder político, el cual  dejaron en manos del kerenskista general Torrez. Sólo unos meses después vendría el golpe de Banzer, gatillo del “baño de sangre” posterior.

 El último estertor “revolucionario” de esta clase obrera, fue lo que ha venido en denominarse como la “Huelga de la dinamita”, de marzo de 1985.  El contexto de este hito en la lucha de clases es el fin de la dictadura de García Mesa en 1982, y la asunción del poder por parte de la coalición UDP (Unión Democrática Popular). Esta coalición, compuesta por el MNRI de Siles Suazo, el MNR de Paz Estenssoro, el MIR (Movimiento de izquierda revolucionario) y el PCB (partido comunista boliviano) –todos ellos supuestos partidos “revolucionarios”-, intenta imponer en Febrero de 1985 un conjunto de reformas de claro corte liberal-capitalista (devaluación extrema de la moneda, despidos, cierres de minas, privatizaciones). La respuesta obrera a esta política gubernamental fue contundente: 10 mil mineros bajaron a La Paz y se tomaron la capital armados con dinamita. La COB decretó una huelga general que duró 16 días, la cual también extendió el poder obrero a otras ciudades (e.g. Oruro); sin embargo, la falta de perspectivas de la dirección de la COB (que se negó a tomar el poder), y el sectarismo del trostkysmo boliviano heredero de Guillermo Lora (declaró que un gobierno de la COB sería como cualquier otro gobierno burgués), coadyuvaron en un proceso de “desgaste” que terminó debilitando a la huelga, la cual acabó sin siquiera cumplir sus objetivos económicos inmediatos.
Y este será justamente el contexto en que la historia boliviana, junto a la historia mundial toda, da un giro específico. Adviene lo que vulgarmente se conoce como las “reestructuraciones neoliberales”.





III. Fases capitalistas

 Si dos secciones atrás definimos nuestra posición respecto del momento histórico en que es ya pertinente establecer la existencia de capitalismo en América Latina, en esta sección creemos necesario un pequeño apunte sobre el devenir el mundial y regional de este modo de producción. El debate aquí es incluso más amplio; por razones de espacio (y porque este lugar del escrito es meramente definicional y no teórico-expositivo), seremos breves y poco exhaustivos. En primer lugar, debe tenerse en cuenta que Carlos Marx nunca habló ni teorizó acerca de la existencia de “fases capitalistas”; esta temática sólo comienza a ser tratada a fines del siglo XIX en el contexto de la Segunda Internacional (1889-1913). Las razones por las cuales Marx no trató este tema son variadas y de distinto tipo. Primero, por falta de tiempo, convicción y posibilidades de estudio (material de estudio) –recordemos que Marx tenía una enfermedad crónica de cierto matiz invalidante, el carbunco, y que la mayor parte de sus obras (el tomo II, III y IV de El Capital, La Ideología Alemana, Los Grundrisse, Los manuscritos económico-filosóficos de 1844, etc) fueron publicadas póstumamente-. Segundo, en ciertos pasajes de su obra Marx deja claro que para él el modo de producción capitalista (su objeto de estudio) aún estaba en sus comienzos cuando escribía, aún se encontraba permeado por lógicas propias de modos precapitalistas[9]. Por lo tanto, entender la existencia de “fases” en una realidad aún no “madura”, no tenía en ese tiempo mucho sentido para nadie. Una tercera razón de por qué Marx no conceptualiza fases capitalistas, tiene que ver con el hecho de que su objeto de estudio es el modo de producción capitalista como totalidad, con sus tendencias generales objetivas como tal modo. Esto es, Marx, al desarrollar por ejemplo la teoría de la tendencia descendente de la tasa media de ganancia (TDTMG), no intenta determinar leyes de objetivas para sólo unas pocas décadas, sino que lo hacía con la intención de clarificar las leyes de movimiento de etapas históricas completas (éste es el sentido más propio del concepto “modo de producción”).

 Como ya establecimos, será la Segunda Internacional la que entenderá la existencia de “fases capitalistas” definidas. El marxismo clásico, en efecto, entiende ya la existencia de una fase imperialista a fines del siglo XIX o principios del siglo XX. Ahora bien, esta tendencia a reconocer fases (por parte de autores como Lenin, Bujarin, Preobrazhensky, Hilferding, etc) contenía al menos dos fallos importantes. El primero, como muy bien señala Richard Westra, tiene que ver con el hecho de estrechar temporalmente el tiempo de vigencia del capitalismo “maduro” hasta límites poco plausibles. Lenin, por ejemplo, entendía al imperialismo como la fase superior (y final) de un capitalismo que había sido precedido largo tiempo por la producción mercantil simple (en esto, Lenin sigue a Engels), un capitalismo “maduro” de poco más de un siglo de existencia. Esta tendencia a “acortar” el espacio temporal del capitalismo “normal” estaba informada por: a) la necesidad de explicar la inexistencia de una revolución obrera socialista triunfante en los capitalismos centrales; b) una interpretación predominante histórica y no teórica de El Capital[10]. Sea como sea esto, el segundo fallo de esta tendencia “imperialista” tiene que ver con el hecho de que, cada uno de los autores que reconoce esta nueva fase (decadente) del modo de producción capitalista, relativiza la vigencia de la ley del valor y le quita importancia a ley de movimiento central de este modo de producción (la TDTMG). En efecto, todos estos autores operaban con una teoría de las crisis distinta a la TDTMG, sea la teoría de la desproporcionalidad, del subconsumo u otras distinta. Aún si esta teoría (la del imperialismo) sirvió en términos tácticos como insumo a la hora de realizar la revolución obrera socialista más importante de la historia (la revolución rusa de Octubre de 1917), creemos que la misma, debido a estos dos fallos que hemos consignado, no es útil en la actualidad para conceptualizar la existencia de fases o sub-fases[11] del modo de producción capitalista. Nosotros proponemos un enfoque distinto.

 Lo primero que queremos dejar sentado es que aquí no proponemos que la “fase imperialista” no existiera, ni que no tuviera importancia alguna. De hecho, existió en efecto una fase capitalista distintiva desde fines del siglo XIX hasta aproximadamente 1940. Conceptualizarla como “imperialismo”, eso sí, es una cuestión teórica que aquí sí discutimos. Primero, porque este término se presta a confusiones: a) relaciones de dependencia colonial/imperial entre distintos territorios son propias de distintos modos de producción[12]; b) el término “imperialismo” tiende a interpretarse como una relación entre formaciones sociales. Es a este segundo sentido al que le reservaremos el concepto “imperialismo”, esto es, entenderemos por éste principalmente una relación de hegemonía[13] y dominación entre distintas formaciones sociales (entre sus clases componentes, claro está), y no como una fase capitalista (ergo, después de 1940 podemos seguir hablando de “imperialismo”, pero no como una fase capitalista).

En segundo lugar, si bien la teoría del imperialismo leninista tiene errores evidentes[14], la misma sí fue capaz de reconocer un “cambio de fase” en el modo de producción capitalista. Entre las tendencias más notables de esta fase, podemos contar la inversión directa de los centros en las periferias, el desarrollo del capitalismo en estos últimos países, la mayor internacionalización de los flujos de capital, y la competencia de implicaciones guerreras entre los distintas potencias capitalistas en ese momento dominantes. Esta fue la segunda fase capitalista, una que precede la primera fase capitalista, la cual va de mediados del siglo XVIII (o principios del siglo XIX, depende del país) hasta fines del siglo XIX[15].

 Tercero, a la hora de subdividir el capitalismo en fases, es pertinente recordar que lo que con esto se propone no es una cronología (simple lista de eventos ordenados según una escala temporal lineal), ni una genealogía (que rastrea el origen histórico de diferentes elementos que componen luego una totalidad estructural), ni una narrativa (una historia con un principio, un medio y un final). Antes bien, se propone una periodización, la cual utiliza distintas escalas temporales (ciclo de negocios, ciclo político, ciclo de lucha de clases, etc), sustenta una narrativa compleja (distintos comienzos, posibilidad de retroceso, desarrollo desigual) y se enfoca en el análisis (subdivide la historia, lo real) para actuar y transformar lo ya dado (tiene implicaciones estratégico-tácticas). En esta tarea de periodización, distintos autores utilizan diferentes criterios a la hora de realizar los “cortes”. Kees Van der Pijl, por una parte, utiliza el criterio del grado y/o profundización en el cual el capital “disciplina” la sociedad, para así reconocer tres grandes fases capitalistas (acumulación originaria, proceso de producción capitalista y proceso de reproducción social –cada una de estas fases con subfases-); Giovanni Arrighi, por su parte, describe “4 ciclos sistémicos de acumulación”, cada uno de ellos con dos subfases y un centro capitalista hegemónico (genovés-ibérico, holandés, británico, estadounidense), generalizando la fórmula del capital en la esfera de la circulación de Marx (D-M-D’) a cada ciclo sistémico de acumulación; Kozo Uno argumenta que lo pertinente es subdividir la historia del capitalismo de acuerdo al tipo de capital predominante (así, reconoce “mercantilismo” –capital mercantil-, “liberalismo” –capital industrial- e “imperialismo” –capital financiero); Alex Callinicos, intenta generar un cortes de modo que los mismos coincidan con las tendencias guerreristas inherentes en el modo de producción capitalista, por lo que distingue al menos tres subfases del imperialismo (1914-1945: tendencia predominante a la estatización-proteccionismo; 1945-1973: ambas tendencias en balance; 1973 en adelante: tendencia a la internacionalización –globalización-). Y lo anterior es sólo una muestra pequeña de las alternativas presentes dentro del campo del marxismo a la hora conceptualizar “fases (y subfases) capitalistas”. Por nuestra parte, operaremos con un criterio central: las crisis estructurales recurrentes dentro del modo de producción capitalista. Derivadas éstas siempre de la TDTMG, podemos reconocer al menos cuatro crisis de este tipo: 1873-1891, 1929-1940, 1975-1983, 2008-…. Esta posición es compartida por Anwar Shaik, Guglielmo Carchedi y otros marxistas (aún si éstos pudieran no subdividir las fases capitalistas de acuerdo a estas crisis estructurales). Así, nuestro criterio, derivado del carácter central de la tasa de ganancia, nos informa que el proceso “socialista” boliviano comenzó en la cuarta fase capitalista y rige aún hoy, cuando en términos mundiales se vive una crisis estructural derivada de la TDTMG y por lo tanto probablemente nos encontremos en un momento de transición hacia una quinta fase capitalista (ante la ausencia de alternativas obreras viables de cambio). La opción teórica que hemos adoptado podría argumentarse largamente; para no extendernos en demasía, solo consignaremos tres razones que consideramos de importancia: a) nuestra opción es consecuentemente materialista, esto es, se funda en la producción y sus tendencias objetivas; b) la elección que tomamos se condice empíricamente con la ocurrencia de estas crisis estructurales (como señalan Shaik, Carchedi, Mandel, Grossman, Mattick, Mattick Jr y otros marxistas); c) los ciclos de lucha de clases se imbrican de manera compleja pero fértil con las crisis estructurales que consigamos (e.g. el ciclo 1968-1981).
 Por último, queremos dejar establecidas dos cuestiones centrales más. Primero, que cada fase capitalista no es homogénea temporal ni espacialmente, sino que opera mediante la ley (descubierta por Trotsky) del “desarrollo desigual y combinado”. Así, cada uno de estos periodos es heterogéneo y puede imbricarse con tendencias de fases anteriores y posteriores. Segundo, y central desde una perspectiva estratégico-táctica, estas son fases sustentadas en las tendencias de la producción que pueden ser no co-extensivas al detalle respecto de los “ciclos de lucha de clases”. Esto porque, con Joachim Hirsch[16], nosotros reconocemos al menos dos niveles de lucha de clases: uno, inscrito ineluctablemente en las tendencias a largo plazo derivadas de la producción (y que en cierto grado “pasa por encima de las cabezas de los agentes”) –porque toda producción en la que existan clases no es un proceso meramente técnico, sino explotador, ergo, es ya lucha de clases-; el segundo nivel de lucha de clases que nosotros distinguimos se imbrica de manera compleja con el primero, pero posee cierta “autonomía relativa” (la capacidad de acción de las clases sobre sí mismas, sobre la estructura), autonomía que se explica por una multitud de factores (pero dentro de los cuales tiene una importancia no menor el grado, tipo y forma de organización de las clases en lucha). Esta autonomía relativa explica (en parte) los desfases temporales entre los ciclos de lucha y las distintas fases capitalistas.




[1] El concepto “formación social” es uno que aquí utilizamos de modo provisional, ya que el estatuto del mismo ha sido (y continúa siendo) muy debatido en el campo del marxismo. En primer lugar, hay que destacar el hecho de que es la escuela marxista estructuralista  (Althusser, Balibar, Poulantzas) la que acuña este concepto en tanto que concretización de la noción más “abstracta” de “modo de producción” (concepto al cual también los estructuralistas le otorgan un estatuto teórico eminente). Antes de ellos, el mismo Marx utilizó más laxamente los conceptos (Marx utiliza los conceptos “régimen”, “forma de sociedad”, “modo de producción”, “sistema”, “formación”, etc de modo casi intercambiable). En segundo lugar, es importante tener en cuenta las implicaciones nominalistas y neokantianas que ha tenido la dicotomía modo de producción/formación social, llegando al punto de que ciertos “marxistas” han afirmado que “modo de producción” es un concepto abstracto (ideal) inexistente en la realidad (por ejemplo, Dennis Cordell en 1985, con su trabajo “The Pursuit of the Real: Modes of Production and History”, así como también Gervase Clarence Smith con su escrito “Thou Shalt Not Articulate Modes of Production”, también de 1985). Este tipo de afirmaciones, basadas en una reapropiación errada de los tipos ideales weberianos (Weber fue neokantiano), no ayudan a la investigación histórica objetiva, la cual necesariamente debe operar (si es que quiere mantener las nociones de verdad, objetividad y cientificidad)  con conceptos que “existen en la realidad” (existe el contenido de los mismos, no el nombre, obviamente). Este tipo de epistemología/ontología por la cual aquí abogamos, propia también de un Evald Ilyenkov y una Gillian Rose, sostenemos es la correcta si es que se investiga para actuar de buena manera en una realidad siempre permeada por la explotación y la lucha de clases. Tercero, y final, la noción de formación social ha tenido distintas interpretaciones en lo que respecta a la unidad de análisis; así, Luis Vitale en un momento llega a hablar de una “formación social mundial”, mientras otros marxistas escriben “formación social latinoamericana”. Con todo,  la práctica más común ha sido identificar la “formación social” con un “Estado nación” concreto. Como puede apreciarse, el debate aquí es amplio y complejo; por nuestra parte, de modo provisional igualaremos “formación social” con “Estado nación” (¿por qué entonces no hablar de Estado nacional? Al menos por dos razones: a) la nación es un concepto muy debatido y con fuertes ribetes ideológicos, además de portar un carácter aconflictivo y culturalista; b) con “formación social”, al remitirnos implícitamente a “modo de producción”, operamos con una noción materialista que tiene en cuenta la producción y las clases).    
[2] “Capitalista” de acuerdo al concepto marxista de “capital” y “modo de producción”. Aclaramos esto porque de capitalismo hablan muchas corrientes intelectuales, como el weberianismo, el institucionalismo e incluso la economía neoclásica.
[3] El término “revolución democrático-burguesa” no fue acuñado por Marx, sino por el marxismo ruso de fines del siglo XIX. En sí mismo, es un término espurio, ya que las revoluciones burguesas realmente existentes nunca fueron democráticas, ni tuvieron tareas “democráticas”. Las únicas tareas cumplidas por estas revoluciones fueron, como muy bien señalan Alex  Callinicos y Neil Davidson, el establecimiento de un foco de acumulación y un Estado funcional a este foco, en espacios territoriales delimitados. Así, la reforma agraria, el quiebre radical con la clase explotadora antecedente, y la lucha nacionalista anticolonial, no fueron sino tareas burguesas  dispersas e inconexas de distintas revoluciones burguesas, nunca llegando a reunirse en un misma revolución propiamente tal. Tan es así la cuestión, que Perry Anderson llegó a sostener que el concepto “revolución democrático burguesa” se componía de un “núcleo estructural vacío” (haciendo una analogía con el “centro” de la estructura de Althusser) en 1983. Por otra parte, el caso más próximo a una “revolución democrático-burguesa” es la Guerra de cesión yanqui de los 1860s; sin embargo, debe tenerse en cuenta que aquí la clase capitalista industrial se enfrentó a una clase que explotaba una fuerza de trabajo esclava (no a una clase con siervos feudales), clase que por lo demás estaba ligada al capitalismo y fue parcialmente defendida por el centro hegemónico del capitalismo de ese tiempo (Gran Bretaña). Por último, debe tenerse en cuenta que los “elementos democráticos” que ha adoptado el capitalismo por lo general han provenido de la lucha de la clase obrera y los productores/explotados en general, no de la burguesía (como señala Umberto Cerroni respecto del sufragio universal y Goran Therborn en términos más amplios). Lo democrático-burgués (por origen y causación) a los más podría consignarse en la típica separación de los poderes del Estado que funciona en la mayoría de las formaciones capitalistas de curso “normal”.
[4] La noción “formas de producción” fue desarrollada por Harriet Friedman, Carol A. Smith y Jacques Chevalier (entre otros) en los 1980s, como una manera de superar el “impasse histórico-teórico” que supuso el concepto “articulación de modos de producción”, desarrollado por Pierre Phillipe Rey y otros después de él. Como señala London (1987), si bien esta segunda noción se aplica bien a casos propios del África (donde el modo de producción capitalista realmente se encontró con modos de producción precapitalistas que se le “enfrentaron” –en la terminología de Rey-), la misma resulta podo adecuada para conceptualizar realidades que no son precapitalistas (producción mercantil simple, trabajo esclavo en el sur yanqui durante el siglo XIX, servidumbre en AL en el mismo siglo, etc).
[5] Sobre la perspectiva de la revolución de Lenin (revolución ininterrumpida), Trotsky (revolución permanente) , Stalin (etapismo dogmático) y los epígonos, ver “Permanent or Uninterrupted Revolution: Lenin, Trotsky, and their Successors on the Transition to Socialism” (H. Gordon Skilling, Canadian Slavonic Papers / Revue Canadienne des Slavistes, Vol. 5 (1961), pp. 3-30)
[6] Aunque claro, la situación fue “revolucionaria sui generis” y no  “clásica” por la falta de un partido marxista revolucionario con base de masas.
[7] Culpa importante también tiene cierta corriente trotskysta internacional dominante durante esos años (recordemos que el trotskysmo estuvo muy presente en la revolución de 1952). Nos referimos al “pablismo” (Michel Pablo y Ernest Mandel), el cual planteaba que la tarea del período era presionar desde la izquierda a los partidos estalinistas, reformistas y “burgueses radicales” para que éstos devinieran “revolucionarios”, y así no desarrollar una política de clase independiente. Así, para el pablismo no fue sino positivo cuando la COB, que tenía (poco menos que) todo el poder en sus manos, decidió inexplicablemente “compartir”  éste con el MNR bajo la fórmula del “co-gobierno”. Obviamente, como aquí solo introducimos un estudio cuyo tema central es otro, este apartado sobre la historia boliviana pasa por encima de las razones más concretas y precisas de por qué ocurrió lo que ocurrió y cómo sucedió lo que sucedió.
[8] Principalmente porque, siguiendo el ejemplo espurio de Cuba, sostiene el mito del “desarrollo nacional autónomo”. Frases como la siguiente son recurrentes en esta proclama: “El desarrollo integral de nuestra economía, que se traduzca en una efectiva liberación nacional y social, sólo se materializará rompiendo con el imperialismo” (Tesis de la COB, 1970)
[9] Pasajes como el siguiente: “(la competencia) como todas las otras leyes económicas –ha sido asumida por nosotros solo a modo de simplificación…Pero en la teoría se asume que las leyes de la producción capitalista operan en su forma pura. En la realidad existe sólo aproximación: pero esta aproximación es cada vez mayor, mientras más desarrollado el modo capitalista de producción y menos se encuentra adulterado y amalgamado con las sobrevivencias de las condiciones económicas anteriores” (Marx, El Capital)
[10] Como señalan los marxistas en general, El Capital tiene como objeto central la teoría del “modo de producción capitalista” (sus tendencias generales abstractas), y sus pasajes históricos (e.g. referidos por lo general a Inglaterra) sólo tienen un sentido ilustrativo y no histórico-efectivo.
[11] Michael Matsas Masas, Hillel Ticktin y Alex Callinicos son algunos de los autores que entienden la vigencia actual del imperialismo, partiendo de la base de que ésta es una fase que contiene sub-fases.
[12] Como muy bien señalan Lenin y Ellen Meiksins Wood, por ejemplo.
[13] Agustín Cueva (1982) deja claro que el concepto hegemonía es más propio y tiene más sentido cuando intenta señalar el contenido de la relación entre países, antes que la relación entre las clases propias de sólo una formación social.
[14] Aquí la literatura es vastísima. Citaremos, por esto, sólo algunos trabajos clave: a) Toward a Redefinition of Imperialism (Antonio Carlo, 1974); b) Capital Accumulation On a World Scale and the Necessity of Imperialism (Al Szymanski, 1977); c) Marxism and Imperialism- a Review of Warren's Imperialism (1982); d) Direct Investment and Monopoly Theories of Imperialism (Werner Olle and Wolfgang Schoeller, 1982). Para quien no lee inglés, consignamos aquí fichas en español de estos textos y otros vinculados con la problemática del imperialismo: a) http://marxsimoanticapitalista.blogspot.com/2013/12/fichas-imperialismo-dependencia-e_24.html; b) http://marxsimoanticapitalista.blogspot.com/2013/12/fichas-imperialismo-dependencia-e_3656.html; c) http://marxsimoanticapitalista.blogspot.com/2013/12/fichas-imperialismo-dependencia-e_7470.html; d) http://marxsimoanticapitalista.blogspot.com/2014/01/el-marxismo-y-el-imperialismo-2000s.html
[15] Contra Brenner, aquí postulamos que el capitalismo fue un fenómeno regional (europeo occidental y quizás también europeo central) que comenzó a ser dominante recién en el siglo XVIII.  Si bien elementos capitalistas de cierta importancia se encontraban presentes en suelo inglés ya desde comienzos del siglo XVII (elementos que explican la revolución burguesa en Inglaterra durante este siglo), así como antes en Holanda (que explican la revolución burguesa holandesa del siglo XVI –Van Zanden habla, desde una perspectiva marxista, sobre la necesidad de reconocer la existencia de una fase de “capitalismo comercial” vigente en Holanda (principalmente) durante el siglo XVI, un capitalismo comercial no “a la Mauro” o “a la Braudel” (mera existencia de comercio y moneda), sino un capitalismo comercial fundado en ciertas relaciones de producción específicas-, el capitalismo, con sus leyes movimiento distintivas, comienza a ser dominante solo a fines del siglo XVIII. De hecho, la primera crisis capitalista derivada de la TDTMG es de 1873, siendo la crisis de 1848 un fenómeno aún debatido. Posiciones similares a ésta han defendido autores como Chris Harman y John Merrington.
[16] “La crisis del Estado” (ed Nicos Poulantzas, 1976)