lunes, 29 de abril de 2013

Chile: ¿Gremialismo + neoliberalismo?

Chile: ¿Gremialismo + neoliberalismo?

Para entender la fusión compleja entre gremialistas y neoliberales, que cristalizó y se afirmó de manera  relativamente hegemónica en  el Chile de los años 80, debemos primero indagar en la noción misma de (neo)liberalismo. En esta tarea -de corte más conceptual-, es preciso desarrollar dos ideas fundamentales.

 Por una parte, negar la distinción radical que se realiza frecuentemente entre keynesianismo y neoliberalismo. Esto, en tanto comprendemos que el paradigma keynesiano no rechaza el liberalismo, sino que produce una suerte de “aggiornamiento” al interior del mismo. Lo anterior de hecho permite a Puello Socarrás afirmar que el keynesianismo: “in stricto sensu sería también un intento de renovación del liberalismo económico clásico, es decir, es cabalmente neoclásico, más allá que el calificativo para la posteridad desaloje y omita esta realidad”[1]; lo que, en efecto, no es una cuestión muy compleja de comprender. Esto porque, la doctrina keynesiana, “aquella que justificó los activos productivos, comerciales financieros y administrativos estatales; la intervención en la distribución de rentas mediante los impuestos, la generación de empleo y la provisión de servicios públicos, se creó, precisamente, para promover la extensión del mercado y evitar las crisis cíclicas del sistema”[2]. Así, vemos que “la tensión entre el llamado consenso keynesiano y la denominada así por Friedman, contrarrevolución liberal, es tan sólo un momento en la discusión entre liberalismos, referida a la obligación política del Estado Capitalista”[3].

 Un segundo elemento que habilita la comprensión del neoliberalismo y el keynesianismo como distinciones dentro de un mismo paradigma (liberal), se encuentra en las consideraciones de uno de los economistas neoclásicos por excelencia: John R. Hicks. Este autor es conocido por haber generalizado los principios subjetivistas e individualistas del marginalismo al análisis macroeconómico de la producción, el consumo y el dinero. Su aporte sustancial aún prima en las aulas en las cuales se imparte la disciplina económica, donde su modelo IS/LM es eminente. Ahora bien, “es el mismo Hicks es quien ha puesto de presente una sintonía entre Hayek y Keynes”[4], como bien señala Puello Socarrás.

  En tercer lugar, la referida indistinción relativa entre las dos corrientes económicas mencionadas, es verificable en el caso nacional concreto que aquí pretendemos analizar. Existen dos hechos fundamentales que es pertinente referir con respecto a este punto. Primero, el hecho de que muchas de las medidas implementadas por los gobiernos radicales en nuestro país –bajo el paradigma estatista keynesiano-, meramente prolongaran al mismo tiempo las políticas aplicadas bajo segundo gobierno “liberal” de Arturo Alessandri. En efecto, el “ministro del hambre” Gustavo Ross Santa María (hombre a cargo del departamento de Hacienda bajo el gobierno de Alessandri en los años treinta) aplicó una serie de políticas que, aunque inscritas sin ningún lugar a dudas bajo el paradigma liberal, supusieron un tipo de heterodoxia que los gobiernos radicales luego “continuaron” (dentro de estas medidas estuvieron: control al ingreso de capitales –que Ross tomó del programa mismo que intentó aplicar la República socialista en 1932-, gasto público en sectores con injerencia en el nivel de empleo, moderado control del Banco Central, etc)[5]. Un segundo hecho que sugiere la existencia de una continuidad fundamental entre “liberalismo” y “keynesianismo”, es la misma participación de no pocos empresarios y políticos de derecha liberales en los gobiernos radicales ya referidos. Esto en el marco de una “alianza gobiernista” en la cual los radicales actuaban como bisagra articuladora, constituyendo consensos coyunturales con todo tipo de sectores (incluidos el sector empresarial y la derecha).

 Por otro lado, para comprender el neoliberalismo es necesario no olvidar que el mismo no constituye un todo homogéneo sin fisuras. Por el contrario, cierta heterogeneidad y contradicciones son inherentes al proyecto neoliberal. Este no es un juicio arbitrario meramente derivado de las consideraciones de quienes aquí escriben. En él confluyen distintos autores como Atilio Borón, Goran Therborn, Puello Socarrás y Pierre Salama (solo por mencionar algunos). De hecho, este último declara abiertamente:
  “Evidentemente, existen muchos proyectos neoliberales. En tal sentido, debemos tener cuidado cuando hablamos genéricamente del proyecto neoliberal. Durante los últimos años hemos asistido a diversas formas de implementación de estos regímenes”[6]

 Ahora bien, cuando nos referimos a la heterogeneidad estructural interna del neoliberalismo, no sólo apuntamos a la idea de que un marco teórico-político, cuando aplicado en la práctica en diversas situaciones, tiende a constituir realidades concretas diferentes entre sí, sino que incluso consignamos la heterogeneidad como existente en términos teóricos. La misma puede constatarse si se analizan de manera detallada los orígenes o antecedentes de que lo que después se denominará –algo laxamente- como “neoliberalismo”. En el mismo colindan al menos tres tradiciones de pensamiento. Por un lado, el marginalismo austríaco (referido en algunas ocasiones como la “Escuela de de Viena”), el cual se desarrolla a través de distintas generaciones sucesivas. La primera tiene como punto de referencia a la figura intelectual de Eugen Bohm-Bawerk, el cual incluso llega a criticar la teoría del valor-trabajo marxista a través de una perspectiva monetarista. La segunda generación se entiende a través de las personalidades de Ludwig Von Mises y Joseph Schumpeter; la tercera, finalmente, se articula en torno a la figura de Friederich Von Hayek. Es con este autor que esta corriente de pensamiento articula una comprensión en cierto modo total (o abarcante) de la realidad humana. Para los neoclásicos austriacos, representados por Hayek, la realidad será eminentemente compleja y poseedora de un dejo de incertidumbre e intraducibilidad. Por lo mismo, lo social se comprende como “espontáneamente generado”, negando normativamente así a cualquier proyecto transformador de la realidad social su validez como tal proyecto. Ahora bien, en este entorno complejo, incierto e intraducible, a quien está reservada la acción por excelencia es al “empresario”: éste, poseedor de un tipo de naturaleza humana superior en términos nietzcheanos, podría adaptarse y “emprender” en las siempre cambiantes situaciones sociales. Por otro lado, tenemos la escuela neoclásica anglosajona cuyo antecedente directo es Alfred Marshall. Hombres paradigmáticos de esta variante neoliberal, serían Gary Becker y Milton Friedman. La misma comprendería a la realidad social bajo el paradigma de la simplicidad, lo que habilitaba la “modelación matemática” de ésta. En efecto, el formalismo matemático y la predicción positiva hacen escuela en esta corriente, para la cual el fenómeno económico-social fundamental está constituido por la moneda (el dinero). En consonancia con estos principios, esta escuela llama a la acción política (influencia en la generación de las decisiones públicas), para lo cual se releva el papel que cumple por excelencia el “economista profesional” (en tanto que ingeniero social). Y, como tercera variante neoliberal, debemos consignar lo que Puello Socarrás denomina “ordoliberalismo”. Esta corriente, en la cual confluyen las escuelas de Friburgo y Berlín, es desarrollada por personalidades como Walter Eucken, Wilhelm Ropcke, Erhard, Muller-Armack y Alexander Rustow. Algunos de estos economistas participaron desde el comienzo en el proceso de reconstrucción alemana de la segunda posguerra, en el cual postularon un principio distintivo particular: la economía social de mercado. El contenido del mismo implicaba que:
 “…el principio de libre concurrencia como indispensable medio organizador de colectividades sólo se mostraba eficaz cuando se desenvolvía dentro de un orden claro y preciso, garantizando la competencia”[7]

 En suma, esta variante tiene en cuenta la necesidad de una acción racional consciente capaz de instaurar el mecanismo de mercado. Y en este relevamiento de la influencia institucional, esta variante tiene en cuenta especialmente el principio de subsidiariedad del Estado, en función de los desperfectos que pudieran generarse a través de la implantación del mecanismo de mercado de forma generalizada (el ordoliberalismo cristaliza programáticamente en los postulados de la democracia cristiana alemana, para la cual no es menor este mismo principio de subsidiariedad)

 Ahora bien, ¿cómo es que corrientes aparentemente tan disímiles pueden reunirse bajo la denominación amplia de neoliberalismo? Esta pregunta puede responderse solamente si comprendemos la historicidad y la posición política propia de los hombres que representan cada una de estas corrientes.  El elemento fundamental aquí es el hecho de que los mismos se asocian (en términos físico-materiales e institucionales) en lo que podría denominarse una suerte de “alianza negativa”. Esto es, ya a partir de 1938, hombres de las tres corrientes referidas se reunían en un coloquio organizado en París a raíz de la publicación del libro “An inquire into the principles of a good society” (Walter Lippman). Aquí, se utilizará por primera vez la noción de “neoliberalismo”, como una forma de denominación política mediante la cual se autocomprendían todos los asistentes en tanto opuestos de manera radical al consenso keynesiano ya vigente. Allí se crea, también, el Centre de études pour la rénovation du liberalisme, al cual “concurrían regularmente neoclásicos austriacos como Hayek y von Mises; neoclásicos angloamericanos como Lionel Robbins; y ordoliberales como Wilhem Röpke además de Raymond Aron y Jacques Rueff”[8]. Esta comunidad político-ideológica siguió desarrollándose en el tiempo mediante la creación y desarrollo de distintos “centros de pensamiento”. Por ejemplo, el Institute of Economic Affairs, creado a instancias de Hayek, desde el cual, luego, por lo demás, se implementarán las políticas tatcherianas fundamentadas principalmente en la propuestas de Milton Friedman. También es conocida la importancia de la Sociedad Mont Pelerin fundada por Hayek, en la cual también confluyeron hombres de las tres corrientes mencionadas (Gary Becker, de la variante anglosajona, incluso llegó a presidirla en cierto momento). En suma, es a través del reconocimiento de un enemigo común (el estatismo keynesiano) que estas tres corrientes desarrollarán fuertes lazos, los cuales se mantendrán a la hora de la crisis del patrón de acumulación keynesiano, para conformar así una suerte de bloque ideológico particular, base fundamental de la reestructuración de la economía capitalista subsecuente. Es en función de esto, por lo tanto, que podemos reunir en el concepto de neoliberalismo a las tres corrientes de pensamiento citadas.

El caso de chile

El caso de nuestro país es considerado internacionalmente como paradigmático a la hora de analizar las transformaciones que siguieron luego de la crisis del patrón de acumulación keynesiano-fordista, las cuales acaecieron bajo el alero de la ideología neoliberal[9]. Aquí sostendremos que la historia criolla es de hecho un ejemplo de “neoliberalismo”, no debido a su pureza ideológica, sino más bien por el hecho de que imbrica de manera particularmente eficaz los diferentes momentos componentes de la ideología neoliberal (las tres corrientes mencionadas más arriba). Para esto deberemos revisar la “historia” del neoliberalismo chileno.

1

Existen tres antecedentes básicos de la prédica monetarista en nuestro país (aún si el peso específico de cada uno es muy desigual). En primer lugar, la política económica implementada por el ministro de Hacienda Gustavo Ross Santa María en los años treinta. La misma –ya referida-, si bien puede ser interpretada como un periodo de transición hacia la cristalización del modelo de desarrollo sustentado en el Estado y la sustitución de importaciones que luego advendría (como de hecho la interpreta Manuel Gárate Chateau), también puede ser interpretada como un antecedente liberal de lo aplicado por los futuros asesores de la dictadura militar del general Pinochet. En este juicio nos asisten tres consideraciones básicas. La primera está dada por la misma heterodoxia practicada por Ross; ésta fue formulada como una estrategia de estabilización temporal en un momento en el cual la incertidumbre y el cambio eran la norma. Esto es, las medidas de corte algo keynesiano (que ya hemos referido) pueden ser interpretadas como formulaciones adaptativas del “tipo empresarial” relevado por los neoclásicos austríacos, como un ejercicio de un hombre eminentemente práctico (recordemos que Ross era de hecho un hombre de negocios) que resuelve mediante una inspiración “nietzcheana” los problemas del momento. La segunda consideración que nos asiste a la hora de considerar este tipo de antecedente neoliberal, está dada por la concomitancia estructural de un factor necesario a la hora de la implementación de las políticas neoliberales: nos referimos al sector financiero. Ross ejercía en el mundo bursátil y su política en el gobierno se vinculó estrechamente con este sector (no por nada este ministro fue denominado por la patronal como el “mago de las finanzas”); por su parte, el neoliberalismo se afinca y articula a partir de la expansión y relativo predominio de las fracciones financieras del capital (algunos autores de hecho hablan de la existencia actual de un “capitalismo financiero”[10]).  Y, el tercer elemento que nos permite considerar la política implementada por Ross como cercana a lo que luego sería el neoliberalismo, es el tipo de política impositiva accionada. Ésta, supuso el saneamiento fiscal a partir de la generación de nuevo tipo de impuesto indirecto, el IVA (impuesto al consumo). Este instrumento de política fiscal, aún si supone un gravamen impositivo, es el preferido por las disposiciones gubernamentales neoliberales, como de hecho lo muestra el caso paradigmático de nuestro país (desde los años ochenta el IVA ha sido el impuesto cuantitativamente más importante en la generación de los ingresos fiscales). Las razones de la preferencia neoliberal por este tipo de impuesto son variadas. Al respecto, digamos, solamente, que un tipo de impuesto indirecto que afecta “democráticamente” (en realidad este impuesto es siempre regresivo) a todo aquél que consume se condice de manera especial con un liberalismo que privilegia la “impersonalidad del mercado”.

 Un segundo tipo de antecedente “neoliberal” en nuestro país, está dado por los sucesos acaecidos durante la década del cincuenta del siglo recién pasado. En este momento de la historia chilena, quien estaba en el gobierno era el ex dictador Carlos Ibáñez del Campo; éste, cercano a Domingo Perón (populismo argentino), se encuentra desorientado cuando el citado líder pierde su primacía en el país trasandino. Es en el contexto de esta “desorientación” que Ibáñez decide aliarse con fracciones de la derecha política; especialmente con cercanos al diario El Mercurio. Y será justamente este diario el que pergeñará una suerte de proyecto económico alternativo: a través de sus contactos con el exterior, los dueños de El Mercurio traen a Chile la que sería conocida como la “misión Klein-Sacks”. Provenientes de Estados Unidos, estos dos economistas (Julius Klein y Julius Sacks) presentaron un análisis monetarista de la situación chilena de la época. Según ellos, los problemas de la misma se debían a:

- Un déficit presupuestario que aumentaba artificialmente los precios, lo cual hacía crecer las remuneraciones, alimentado de esta manera un “círculo vicioso”
- Un estado hipertrofiado
- Demasiadas cargas salariales impuestas por una crecida burocracia
- Demasiados controles (precios fijos, indexación salarial, etc)

Este diagnóstico, junto a las soluciones que se proponían (eliminación de las fijaciones de precios, del control de las importaciones y del tipo de cambio, abandono de la indexación de salarios[11], etc), daban cuenta de elementos “neoliberales” que ingresaban de manera explícita en el análisis económico nacional. Los mismos, de hecho, además de ser majaderamente “recordados” por los personeros de El Mercurio –sus auspiciadores originales-, fueron retomados por sectores políticos de derecha y empresarios. Así, lentamente comenzó a gestarse un tipo de crítica al patrón de desarrollo vigente, la cual ponía énfasis en el control de la inflación (entendido este fenómeno como uno meramente monetario) y en la reducción de un Estado “hipertrofiado” que no se condecía con el nivel productivo del país en general. En efecto, este tipo de crítica llevó a sectores empresariales y políticos de derecha a reescribir la historia nacional omitiendo la propia participación bajo los gobiernos radicales, de modo que este periodo fuera comprendido como propio sólo de un proyecto centro-izquierdista.

 La historiografía es capaz de dar cuenta aún de un tercer elemento neoliberal que funge a modo de antecedente: el acuerdo de cooperación entre la Universidad de Chicago (eeuu) y la Universidad Católica de Chile. En lo aparente, este elemento pareciera el de mayor peso y significación a la hora de presentar la configuración del neoliberalismo chileno, lo cual, dado el carácter eminentemente neoclásico-anglosajón de la “Escuela de Chicago”, podría conducir a la interpretación de que en nuestro país triunfó y se impuso un neoliberalismo unilateral “a la Friedman”. Sin embargo –como explicitamos anteriormente, el neoliberalismo chileno debe comprenderse en su “éxito”, en función de su eclecticismo integrador característico, el cual integra de manera particular todas las variantes configuradoras del neoliberalismo ya mencionadas. Por lo mismo, al leer en lo que sigue el relato de la influencia de “chicago” en lo nacional, no debe interpretarse el mismo de modo que se exagere el peso y la determinancia de esta variante particular de neoliberalismo.

  La universidad de Chicago ha sido históricamente conocida por su vinculación empresarial. De hecho, en tiempos de su fundación Rockefeller fue uno de sus principales “contribuyentes” (lo que le valió el mote de “universidad de la Standard Oil”). En la primera mitad del siglo veinte, desarrolló un tipo de economía monetarista-marginalista en la cual fueron determinantes las figuras de Henry Simmons, Franck Knight, Lloyd Mints y Leo Strauss (filósofo político conservador que difundió la idea del “economista filósofo”: su misión es defender los verdaderos principios y valores de la economía clásica). Esta primera generación pierde vuelo con el advenimiento de la segunda guerra mundial; será solo la incorporación de Milton Friedman  en 1946, la que revitalizará una escuela que preconizaba la iniciativa individual privada en todo ámbito a partir de una comunidad intelectual cerrada y excéntrica (aislada y minoritaria). Los principios de “Chicago” pueden resumirse en los siguientes puntos:

-          Su disciplina entendida como ciencia positiva, en el mismo nivel que las ciencias de la naturaleza
-          El economista asume el rol de un reformador radical más allá de la teoría económica pura (o neutra), asumiendo de esta manera el carácter normativo que asigna a su disciplina. No le interesa sólo comprender el mundo económico y explicar sus supuestas leyes, sino que transformarlo en lo que debe ser a partir de su particular visión sobre lo “natural”
-          La teoría importa, especialmente cuando está inserta en un contexto empírico. En ausencia de evidencia contraria, la mejor opción es siempre el mercado
-          El economista obtiene poder a través de un tipo de saber solo para iniciados y expertos (modelos matemáticos abstractos y formalistas)
-          El mercado es el marco natural del intercambio libre (paradigma de libertad y de organización libre y no coercitiva)
-          Ser individual racional y maximizador de utilidad; los “otros” sirven de medios para los objetivos propios
-          Equilibrio general (determinante en la realidad y precondición de cualquier análisis económico)
-          El orden de la sociedad no proviene de la autoridad, sino que del mercado y del sistema racional/natural que implica
-          Según Karl Brunner, la teoría de los precios es capaz de explicar prácticamente todos los fenómenos sociales
-          La teoría de los precios mencionada se fundamenta en una “teoría cuantitativa del dinero”, para la cual la inflación es sólo (y de manera exclusiva) un fenómeno monetario (derivado de la cantidad de moneda)

Por otra parte, los verdaderos padres de los “Chicago Boys” chilenos, fueron los economistas y profesores Albion Patterson, Theodor Schultz y Arnold Harberger. Schultz era el decano de la escuela de economía de Chicago; se especializaba en temas de agricultura y educación (quizás sea más conocido internacionalmente debido a este último interés, dado que su teoría sobre el “capital humano” adquirió una relevancia y difusión que aún hoy en día podemos constatar en lo real). Harberger, por su parte, fue un académico monetarista de renombre; la primera generación de “Chicago Boys” –que estudió en norteamérica- siempre lo considerará en tanto que “padre intelectual”. Patterson, finalmente, será quien concrete los contactos entre ambas universidades (ya mencionadas). Técnico en temas de agricultura, será enviado por el gobierno de estados unidos al cono sur como asesor en la región en los procesos de modernización rural. Trabajará primeramente en el Paraguay, donde mostrará una orientación fundamentalmente contraria al poder del latifundio, pero bajo el signo de una modernización modelada a la imagen del país del norte. En el año 1953 arribará a Chile como “asesor técnico”; aconsejará al presidente Ibáñez acerca de la implementación del “Plan Chillán” y otras temáticas afines. Será en este contexto que el rector de la Universidad Católica, Alfredo Silva Santiago, contactará a Patterson con la intención de que éste lo asesore en la próxima reestructuración del departamento de agricultura de la universidad (donde el asesor norteamericano se encontrará con un alumnado fundamentalmente compuesto de hijos de terratenientes). Este primer contacto llevará a que la universidad dirigida por Silva firme un convenio de cooperación con la Universidad de Chicago en el año 1955. Originalmente, sin embargo, este acuerdo le había sido ofrecido a la Universidad de Chile (institución de mucho mayor prestigio, nivel e infraestructura que la universidad católica). Acerca de las razones que explicarían el rechazo de este acuerdo por parte de esta universidad laica, existen dos tesis tentativas. Unos suponen que la universidad de chile declinó el ofrecimiento por motivos ideológicos: la impronta estructuralista-keynesiana de sus académicos habría determinado el rechazo del vínculo con una universidad reconocida como conservadora y “monetarista”. Otros, por su parte, arguyen que el rechazo habría estado signado por los criterios unilaterales y restrictivos impuestos por Chicago: el convenio requería exclusividad de relaciones, esto es, la universidad de chile no habría podido relacionarse con otras instituciones superiores de los estados unidos. Probablemente ambas tesis sean ciertas, combinándose de manera compleja en la realidad histórica efectiva. No obstante, lo importante es que el acuerdo se firma con la universidad católica en 1955. Promovido por la ICA (International cooperation administration), una organización dependiente del gobierno estadounidense, su intención declarada era contrarrestar la influencia estructuralista en la enseñanza de la economía en América Latina, la cual se venía gestando y desarrollando a partir de organismos internacionales dependientes de la ONU (principalmente la cepal). Si bien este acuerdo redundó en una ampliación exponencial de las matrículas en la universidad en general (entre 1957 y 1967 el número de alumnos se duplica), y en el departamento de economía en particular (–entre 1957 y 1959 el número de postulantes crece de 70 a 300- ), no debe perderse de vista el hecho de que, en lo fundamental, el mismo implicó una suerte de “apropiación” por parte de Chicago de una universidad pequeña y sin demasiados recursos. En palabras de Juan Gabriel Valdés:
“Pero finalmente no se trató sólo de un acuerdo de apoyo externo, como se definió en un principio, sino que de una suerte de apropiación de una débil facultad por parte de otra institución poseedora de una fuerte tradición académica”[12]
 
 Un último punto que deseamos precisar en esta sección, dice relación con el carácter minoritario -y la situación de aislamiento- de las ideas monetaristas en las décadas del cincuenta y el sesenta, tanto en la “metrópolis” capitalistas como en los “satélites” dependientes. De hecho, según Gárate Chateau, el monetarismo neoliberal era minoritario y excéntrico aún a finales de la década del sesenta en los mismos “centros” capitalistas. Con respecto a su situación contextual en nuestro país, la siguiente cita de este mismo autor es reveladora:
“…un elemento central del aislamiento del grupo se explica por la desconfianza de una buena parte del empresariado chileno de la época y de los políticos tradicionales de la derecha chilena respecto de la nueva ciencia económica  de Chicago. Estos la veían sólo como una disciplina académica, con la cual compartían –a grandes líneas- sus principios básicos. Sin embargo, la realidad política les decía que vivían en un sistema de compromiso, donde lo más importante era la integración social…El mantenimiento de la paz social y de los equilibrios políticos resultaba más importante que el desempeño de la economía en términos de sus capacidades máximas”[13]

  Ahora bien, ¿Quiénes fueron los Chicago Boys? ¿Cuál fue su origen social? Esta pregunta, que cualquier sociólogo debe formularse al indagar en un fenómeno social, encuentra su respuesta en una serie de características fundamentales, las cuales releva Gárate Chateau (ya citado):
-          Hombres jóvenes provenientes de la clase media alta, formados en colegios particulares de élite donde el inglés era casi obligatorio
-          Filiación conservadora (a lo más socialcristiana)
-          Hijos de inmigrantes, lo que ayudó a difundir entre ellos la idea de la “escalera social” y la idea del “self made man” yanqui (emprendedor)

2

En las dos secciones que siguen se tocarán dos temas conexos y complejamente imbricados, los cuales, si bien son concomitantes en términos temporales, pueden y deben distinguirse analíticamente. Nos referimos a los factores y dimensiones que explican la particular conjunción entre gremialistas y neoliberales en nuestro país –que trataremos primero-, y a la progresiva inclusión e injerencia social que experimentó la doctrina monetarista en la historia de Chile –que trataremos en segundo lugar-.

  A juicio nuestro existen a lo menos cinco dimensiones capaces de explicar la reunión compleja entre gremialistas y neoliberales. La primera, y fundamental, dice relación con el carácter fundamentalmente religioso que ambas corrientes de “pensamiento” comparten. En el caso del gremialismo esto es evidente (en su formulación primigenia Jaime Guzmán se inspira en el integrismo católico-hispanista del historiador Jaime Eyzaguirre, por ejemplo); en el caso del neoliberalismo de Chicago, no lo es tanto. Es en razón de esto que en lo que sigue desarrollaremos solamente las dimensiones sustantivas que nos asisten para afirmar el carácter esencialmente “religioso” de “Chicago”.

 Existen al menos cinco factores que transparentan la “cualidad” religiosa de los hombres formados bajo las premisas monetaristas. El primero dice relación con su marcado carácter intolerante. Esta intolerancia es tanto una intolerancia para con las opiniones divergentes –por lo cual se presenta como una “deslegitimación discursiva del adversario”-, como una intolerancia frente a la realidad empírica. Con respecto a la racionalmente deficitaria consideración de las ideas contrarias, el tratamiento de los “adversarios” estructuralistas por parte de los hombres formados en Chicago es ilustrativo:
 “Entonces, más que una oposición a ultranza respecto de la mirada estructuralista, lo que vemos es un desprecio hacia una escuela de pensamiento…resultado de la acción de grupos de interés locales, una deficiente formación o incluso la simple ignorancia. Las discrepancias y la lucha ideológica entre monetaristas y estructuralistas no fueron reconocidas como tales por los primeros, negando de esta forma legitimidad discursiva a los segundos”[14]

  En concordancia con esto, los monetaristas interpretaban la historia nacional reciente como determinada por una serie de errores cometidos por parte de economistas y políticos ignorantes (que eran fundamentalmente cepalianos estructuralistas). La intolerancia para con la realidad empírica, por otra parte, se expresa de manera cabal en el concepto de “dogmatismo”. El mismo, “…lleva incluso, en casos extremos, a desestimar o a considerar como anómalos aquellos resultados empíricos que implicaran una revisión de los principios de racionalidad y optimización de los actores. Lo que se intenta, entonces, es ajustar el mundo real a las hipótesis de trabajo y los modelos”[15]. Es este dogmatismo el que lleva a Pierre Salama a afirmar:
“El dogmatismo de la corriente neoliberal se asemeja, paradójicamente, al dogmatismo estalinista. De allí que no deba asombrarnos que muchos neoliberales de hoy hayan sido estalinistas en el pasado. En los países del Este esto es muy claro. Se trata de una forma de terrorismo de pensamiento”[16]

 Por lo demás, la intolerancia y el dogmatismo son de hecho características eminentes del tipo religioso “católico” que sustentan las ideas gremialistas[17].

  Un segundo elemento religioso inserto en la doctrina de Chicago, se relaciona con la posibilidad de toda religión de devenir “secta”. En efecto, para Gárate Chateau, muchas de las características de los monetaristas chilenos pueden comprenderse si se conceptualiza su comunidad académica en tanto que “secta racional” (término tomado de Max Weber). Al respecto, este autor sostiene:
 “Para ello se envió un grupo de estudiantes chilenos a la universidad de chicago…este aislamiento ideológico respecto de un continente en plenos cambios sociales, reforzó una cierta idea mesiánica de grupo y de una “ciencia perseguida por razones políticas”[18]

Una tercera dimensión que muestra el nivel de “culto” que alcanzó la disciplina neoliberal expresada en las recetas de Chicago, es aquella que presenta a sus exponentes como hombres que se creen en posesión de una verdad sustancial ahistórica. Si en el caso de los religiosos católicos Dios es verdadero –y siempre el mismo- sin importar tiempo ni lugar, para los seguidores de Milton Friedman el mercado será siempre la mejor solución en cualquier tiempo y contexto. El cuarto factor que aquí consideramos relevante, se relaciona estrechamente con lo recién mencionado. Es que tanto la religión católica de los gremialistas como el culto “secular” de los neoliberales, creen en la generación espontánea del orden social a partir de una instancia fundante que actúa “en el mundo”. Para los primeros, la realidad da cuenta de la intervención de Dios; para los segundos, lo social es tal en función de la mano invisible (diríase casi “divina”) del mercado.

 En quinto y último lugar, debe apuntarse que tanto la postura religiosa de los gremialistas como la posición “laica” de los neoliberales, tienden a configurar la necesidad y relevancia de la generación de una “casta sacerdotal iluminada”. Esta es una potencialidad inherente a toda religión que se reconoce como tal –por lo cual no requiere de mayor argumentación en el caso gremialista-. Sin embargo, se encuentra también muy presente en el neoliberalismo de Chicago, como lo muestra la siguiente cita que describe el tipo de economista que esta corriente supone y desarrolla:
“El economista, en tanto gran ordenador, asume la doble función de explicar la realidad y producir las reglas del juego de la sociedad…su tarea se vuelve trascendental, pues supera la mera competencia técnica para así elevarse a la esfera filosófica e incluso de lo que podríamos denominar como una misión cuasi religiosa”[19]
  
 Una segunda dimensión que explica la concomitancia y reunión de gremialistas y neoliberales, es una apreciación similar acerca del carácter de la política –y su posición normativa frente a la misma-. Si para Jaime Guzmán –ideólogo central del gremialismo- los partidos políticos debieran respetar su ser y permanecer como entes particulares, como meras “corrientes de opinión”, para los neoliberales:
 “…los políticos y los burócratas son los empresarios en el mercado político. Que persiguen sus propios intereses y tratan de encontrar las estrategias óptimas de atención a sus intereses. Y aquello que es ideal para ellos no es casi nunca óptimo para el interés público”[20]

 Esta concordancia entorno a la cualidad inherente a la política entre ambas matrices de pensamiento, cristaliza en un programa de acción conjunto que supone la “despolitización” como horizonte, como bien afirman Gárate Chateau y Boisard:
“De acuerdo con Boisard, los gremialistas propusieron despolitizar la universidad, al mismo tiempo que los economistas dieron cuerpo y sustento técnico a su ideología. Para estos últimos, lo importante era finalmente, y bajo su particular mirada de lo público, despolitizar la economía”[21]

  En suma, la misma idea de una tecnocracia que coopta el poder de decisión sobre la realidad social-natural, que sustentan luego en la práctica los “hombres de chicago”, contiene en sí una concepción de la política que es complementaria con las nociones de jerarquía, orden social y selección, desarrolladas por Jaime Guzmán. La idea de que el nuevo técnico capaz de ver más allá del velo de las opiniones (concepción aristocrática de la democracia) sea el economista (como en el feudalismo lo fueron los clérigos y en el siglo XIX europeo lo fueran los abogados), no es molesta sino que especialmente concordante con el ideario gremialista.

 Un tercer rasgo que comparte el neoliberalismo chileno con el gremialismo, es posible de ser aprehendido si al primero se lo considera en su configuración compleja, la cual incluye elementos de las tres variantes neoliberales citadas más arriba. Es que el principio de subsidiariedad del Estado, muy propio de un gremialismo heredero de una tradición socialcristiana, es también muy propio de la variante “ordoliberal”, como ya hemos mencionado. Si bien el principio de “autonomía de los cuerpos sociales” resume de buena manera el contenido implicado en la noción de subsidiariedad del Estado, nunca está demás extenderse sobre el significado preciso de la misma:
 “El principio de la subsidiariedad forma parte de la doctrina social cristiana y establece que una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de su autonomía, y, en consecuencia, del pleno ejercicio de sus competencias, sino que, por el contrario, su función, en tanto que estructura de orden superior, debe consistir en sostenerle, ayudarle a conseguir sus objetivos y coordinar su acción con la de los demás componentes del cuerpo social a fin de alcanzar más fácilmente los objetivos comunes a todos. Es decir, la sociedad debe dejar a las personas o a los grupos todo lo ellos realicen de manera responsable y eficazmente. La subsidiariedad dicta que la autoridad debe resolver los asuntos en las instancias más cercanas a los interesados”[22]

  Así, cuando los gremialistas propugnaban el modelo de universidad estadounidense (créditos, independencia de las unidades académicas, negación del gobierno triestamental etc) y atacaban a los partidos políticos con la idea de autonomía que contenía el principio de subsidiariedad, los neoliberales tomaban el “ordoliberalismo”-quizás sin ser conscientes de ello- para fundamentar sus propuestas acerca del “Estado mínimo”.

 La cuarta dimensión que nos informa acerca de complementariedad entre gremialismo y neoliberalismo, esta signada por una contradicción característica a ambas “doctrinas”. Una y otra conciben la realidad social-natural como generada de manera espontánea –como de alguna manera ya hemos mencionado-. En el caso del neoliberalismo, esto es palmario en un pensador como Friederich Von Hayeck, para quien todo el racionalismo constructivista inserto en la tradición ilustrada debe ser rechazado. Ahora bien, en la práctica, ambas “doctrinas” formulan y llevan a cabo un proyecto de transformación radical, lo cual supone implícitamente una concepción constructivista de la realidad social-natural. Con respecto a esto último, la tesis de Gárate Chateau es ilustrativa:
“Hasta aquél momento,  el mundo conservador y la derecha chilena habían vivido en una surte de nostalgia del pasado y en una posición defensiva. El gremialismo y el posterior aporte de la teoría económica neoliberal estuvieron en el origen del quiebre de esta tendencia y en la aparición de una nueva derecha optimista y con visión revolucionaria”.

  Si bien es comprensible una acción religiosa transformadora y mundana (desde un marco teórico weberiano, por ejemplo), ¿cómo es que el neoliberalismo puede sustentar una tal acción si mantiene dentro de sus principios la “espontaneidad del mercado”? Para contestar esta pregunta, debemos tener presente la heterogeneidad estructural intrínseca al neoliberalismo que ya hemos mencionado. Esto porque, una de sus corrientes componentes, a saber, el “neoclasicismo angloamericano”, de hecho llama a la acción política transformadora. Uno de sus corolarios fundamentales es la necesidad que tiene el economista de influir en las políticas públicas, de modo que puede encausar la realidad en su decurso más propiamente “natural”. Como bien mencionamos en un comienzo, la misma figura del “ingeniero social” que relevan los monetaristas angloamericanos, contiene en sí inherentemente la posibilidad de generar un tipo de acción política transformadora (o “revolucionaria”, en palabras de Gárate Chateau).

 El último elemento que aquí creemos fundamental en la explicación de la reunión complementaria entre gremialistas y neoliberales, se relaciona con el medio inmediato en el cual se desarrollaron ambas corrientes en nuestro país. La contigüidad física de gremialistas y monetaristas en el contexto de la universidad católica (desde finales de los años cincuenta del siglo veinte), de hecho acrecentó sus posibilidades de fusión mutua. En este sentido, no fue menor que muchos monetaristas pertenecieran a “Fiducia” (organización que de algún modo antecede al gremialismo) y/o al Opus Dei. Y es éste último elemento el que nos da pie para adentrarnos en la siguiente sección, la cual versa –como ya explicitamos- sobre “la progresiva inclusión e injerencia de los monetaristas en nuestro país”.

3

Existen más de diez momentos, hechos, factores o dimensiones, que deben ser mencionados cuando de lo que se trata es de relatar “la progresiva inclusión e injerencia de los monetaristas en nuestro país”.
 Con la precondición de la instalación primigenia del neoliberalismo a través del acuerdo firmado entre la Universidad Católica a mediados de los cincuenta –que ya hemos consignado-, existen dos hechos de relevancia al respecto a comienzos de los años sesenta. Por un lado, la misma “victoria” monetarista en la escuela de economía de la universidad católica. Será sólo en el año 1962 cuando cierto grupo de estudiantes convencidos y académicos en busca de poder, lograrán la renuncia del decano Julio Chaná. Aún si este último aseguraba a los primeros graduados de Chicago que enseñaban en la universidad (Sergio de Castro, Luis Fuenzalida y Pedro Jeftanovic, etc) la no injerencia de la doctrina religiosa en las aulas de economía (la cual era resistida fundamentalmente por la doctrina social que preconizaba el concilio vaticano II), los conflictos con Roger Vekemans (fundador de la escuela de sociología de la universidad) y demás religiosos (e.g. Manuel Larraín), llegaron a un punto de tensión necesitado de cierta “resolución”[23]. La misma consignó la mayor fuerza de los monetaristas: desde este momento el “Proyecto Chile” (monetarismo) podrá ser identificado sin error con la escuela de economía de la universidad católica. El segundo hecho que nos señala la lenta pero progresiva “inclusión” del monetarismo en nuestro país a comienzos de la década de los sesenta del siglo veinte, es la participación -en tanto que asesores técnicos- de los hombres de chicago bajo el Gobierno de Jorge Alessandri (1958-1964). Ahora bien, su relativo aislamiento era aún evidente en este contexto, lo que se muestra de alguna manera en la posición crítica que éstos asumieron frente a ciertas disposiciones fundamentales tomadas durante estos seis años (una de la críticas características de estos “asesores técnicos” fue la masiva presencia de empresarios y políticos en el gobierno de Alessandri).

 Un tercer hecho de importancia en el proceso que aquí describimos –y que fue de importancia esencial en la fusión entre gremialistas y neoliberales-, se reconoce en lo sucedido en los años 1967-1968. 1967 fue el año de la reforma universitaria; en los campus de la universidad católica se escuchaban con fuerza los ecos de “una nueva universidad para una nueva sociedad”. Lo importante en este respecto es que tanto monetaristas como gremialistas se unieron en una especie de “alianza negativa”, opuesta a la tendencias reformistas que hegemonizaban la feuc ese año. Emerge la figura de Jaime Guzmán; la misma gana fuerza cuando el año siguiente (1968) los gremialistas logran hacerse con la directiva de la feuc. Fue este escenario de “triunfo” conservador el que le permitió abrirse a los hombres de chicago, para así socializar su doctrina en el conjunto de toda la universidad.

 Continuando de manera cronológica, el año 1969 nos presenta un fenómeno de importancia crucial para la progresiva injerencia social del monetarismo en Chile: la fundación de la revista “Portada”. Creada bajo la inspiración de las ideas de Jaime Eyzaguirre (historiador conservador ya mencionado), y dirigida por Gonzalo Vial (que en el futuro próximo sería ministro de educación de Pinochet), esta revista imbricaba de manera compleja ideas nacionalistas, autoritarias, libremercadistas y religiosas:
“Stephanie Bosiard estima que dos influencias europeas pueden explicar esta particular fusión ideológica. En primer lugar, el surgimiento de una economía social de mercado elaborada por la unión demócrata cristiana alemana (CDU) durante la década de 1950, y que asigna al Estado ya la moral cristiana un papel regulador de las desigualdades el mercado en nombre de la justicia social. En segundo lugar, el ascetismo mundano del movimiento católico español Opus dei, que reconcilia definitivamente al capitalismo con el catolicismo integrista. Los aportes de estas corrientes de pensamiento, sumadas al monetarismo de chicago y al integrismo gremialista, se detectan el publicación chilena Portada…”[24]

 En este medio confluían desde Sergio de Castro hasta Jaime Guzmán. Todos quienes escribían, sin embargo, concordaban en el diagnóstico crítico que debía hacerse de la realidad chilena del momento: existía una crisis de autoridad derivada de la sobrepolitización a la cual daba cabida la forma democrática vigente. Fue a partir de revistas como ésta que la continua e irreversible “socialización” del monetarismo se llevó a cabo en nuestro país –“socialización” en la cual no fue menor su imbricación con ideas conservadoras como las gremialistas-.

 Este progresivo proceso se agudiza en el contexto de polarización que se generó en función de las elecciones presidenciales de 1970, en las cuales Gárate Chateau observa una ruptura (quiebre):
“La radicalización política e ideológica que se dio en el periodo eleccionario de 1970 hizo que las idea que antes parecían como exageradas o extremas, se volvieran a ojos de muchos como posibles. Tal fue el caso de las recomendaciones de los técnicos monetaristas, poco tiempo antes considerados como fanáticos radicales o poco realistas…Por primera vez, desde el comienzo de la transferencia ideológica hacia Chile, los hombres de Chicago salían de su aislamiento académico y antagonismo intelectual, logrando aceptación en diversos medios políticos, económicos y académicos, unidos junto al grupo de los demócratas opositores a la unidad popular[25]

 Fue así como cristalizó la idea un “frente amplio no marxista” en el cual las diferencias internas entre sus integrantes fueron consideradas secundarias ante la envergadura del adversario común (volvemos a constatar la importancia de las “alianzas negativas” en el proceso de “inclusión social” del neoliberalismo en nuestro país).

 Este tipo de alianza –en la cual tenían un papel no menor los monetaristas-, continuó y profundizó sus actividades durante los tres años de gobierno de la unidad popular. Así, se preparó abundante “munición política” (en palabras de Gárate Chateau) para combatir las propuestas y acciones que suponía la “vía democrática al socialismo”:
-          Se forma el “Grupo de los lunes”. Vinculado al diario El Mercurio (Hernán Cubillos), al presidente de la sofofa (Orlando Sáenz) y a algunos economistas (Manuel Cruzat, Arturo Fontaine, Emilio Sanfuentes, Jorge Ross, etc). Generaba análisis económicos y comenzó ya a gestar un futuro programa de gobierno
-           Se crea un centro de estudios (Undurruga, Emilio Sanfuentes, Alvaro Bardón –boy de chicago vinculado a la dc-). Éste elabora análisis económicos diarios y mensuales, con los cuales se asesora sistemáticamente a parlamentarios democratacristianos y del partido nacional en materia económica, de modo que puedan rebatir las cifras oficiales de los ministros de Estado (estos análisis económicos son difundidos por medios escritos como Que Pasa y Portada)
-          Toma cuerpo y forma un programa futuro de gobierno, tanto desde el “Grupo de los Lunes” como desde el centro de estudios creado y sus medios escritos afines

Este último punto, referido a un próximo programa de gobierno, cristaliza en un hecho que quisiéramos destacar, vista su importancia para con el proceso de progresiva inclusión del monetarismo en nuestro país: nos referimos a la formulación y “entrega” de lo que se ha denominado El Ladrillo. La idea de elaborar un programa para un próximo gobierno se materializa en los “pedidos” de la Marina de un programa económico el año 1972 a exnavales empleados de El Mercurio (José Radic y Roberto Kelly), siempre con la mira en un próximo “pronunciamiento militar”. Este programa sería conocido como El Ladrillo, el cual estaría impreso y listo para su aplicación el mismo día del golpe en los escritorios de los generales golpistas. Si bien el mismo mostraba ciertos disensos entre los monetaristas y los democratacristianos (Juan Villarzú también participó en su formulación, por ejemplo), era lo más parecido al neoliberalismo luego de 30 años de hegemonía keynesiana

Luego del Golpe, la ascendencia de los monetaristas continúa al alza, ya que éstos inmediatamente son “llamados”  por los oficiales golpistas (José Toribio Merino acude a Sergio de Castro para que éste asesore al nuevo ministro de economía). En un principio la colaboración entre monetaristas y militares fue meramente pragmática: los últimos requerían de la experiencia de los primeros para poner en funcionamiento nuevamente el aparato administrativo. Gárate Chateau lo pone de la siguiente manera:
 “Había un cierto sentido de restauración en la mayor parte de los oficiales golpistas; la idea de un retorno hacia una supuesta situación de normalidad que se había perdido con la unidad popular. El problema principal fue que los militares no tenían la menor competencia técnica ni menos una idea de cómo lograr esto…fue así como hicieron irrupción los asesores civiles y los economistas de chicago”[26]

 Ahora bien, con esta inclusión primigenia en el gobierno militar, aún no estaba asegurada la hegemonía nacional de los neoliberales: aún había que “derrotar” un proyecto de transformación alternativo que sostenían algunos militares. En efecto, tanto Fernando Léniz como Gustavo Leigh tenían un proyecto propio (el “Estatuto social de la empresa”), el cual chocaba con los presupuestos neoliberales en tanto transparentaba cierta línea de continuidad con el anterior “estatismo desarrollista”. Según Gárate Chateau, la victoria monetarista se dio en los siguientes términos:
 “Los oficiales desarrollistas, representados por el comité asesor de la junta y específicamente por el comandante de la fuerza aérea, general Gustavo Leigh Guzmán, se opusieron al programa de Cauas (asesor monetarista que llegaría a controlar luego diez ministerios)…Sin embargo, Pinochet favoreció al nuevo ministro (Cauas), con lo que al mismo tiempo dio un golpe de fuerza frente al grupo original de generales que estuvo detrás del golpe de 1973…La consolidación de Pinochet como gobernante al interior del régimen militar se apoyó, entre otras cosas, en este golpe de timón económico de 1975”

 Quedan aún algunas preguntas y hechos por responder y mencionar. Por una parte, ¿cómo es que pudo generalizarse entre el cuerpo militar dictatorial la doctrina neoliberal? La respuesta, según Verónica Valdivia es sencilla: a través del discurso que releva la “eficiencia”. En palabras de la propia autora:
 “El neoliberalismo no solamente logró responder a una demanda largamente formulada por el mundo militar, sino usó un lenguaje común: la importancia de la eficiencia para realizar una misión de manera competente. Por esta razón es que el rol de los técnicos, de los especialistas, se vuelve tan preponderante…”[27] 
 Para Gárate Chateau también fue relevante otro factor:
“El antipoliticismo y antipartidismo de la oficialidad militar también ayudó a consolidar la posición de los economistas de chicago, quienes se presentaron –desde el comienzo- como esencialmente técnicos”[28]
 
Otra pregunta, de corte más marxista, inquiere acerca de las condicionantes socio-económicas que fundamentan la difusión del neoliberalismo en chile. Esto es, ¿cuál o cuáles fracciones del capital apoyaron y dieron sustento a las políticas económico-sociales propuestas por los hombres de chicago durante el régimen dictatorial? Para la mayoría de los autores, esta pregunta se contesta de manera sencilla: fue fundamental la fracción financiera del capital. Gárate Chateau lo pone de la siguiente forma:
 “Lo que sí es claro es que el equipo más extremo identificado con las posturas neoliberales terminó por prevalecer. En no poca medida, esto se debió a su coherencia doctrinaria interna; influyó también el hecho de que representaba la visión de grupos económicos con enorme poder financiero, comunicacional y vínculos con el exterior, que con anterioridad al golpe ya venían promoviéndolo…”[29]

Finalmente, existen tres últimos momentos claves en el proceso de “progresiva inclusión e injerencia” del neoliberalismo en nuestro país. Primero, el discurso de Chacarillas (agosto de 1977). Aquí neoliberalismo y gremialismo se fusionarán en un acto casi “místico”, cuya grandilocuencia e intención “refundacional” fueron evidentes. La necesidad de una nueva institucionalidad, acorde con las transformaciones económicas que tenían en mente (y que ya comenzaban a aplicar) los asesores técnicos del gobierno, por primera vez es “sentida”, sopesada y valorada por los mismos. Segundo, los cuatro años de lo que ha dado en llamarse “milagro económico” (1977-1981)[30], fueron fundamentales para que Jaime Guzmán terminara de abrazar definitivamente el neoliberalismo, al menos según la opinión de Verónica Valdivia.
 Por último, debe mencionarse la gravitancia que tuvo ODEPLAN en la difusión del neoliberalismo chileno. Este organismo planificador que “planificó la desplanificación”, reunió en sí al mundo conservador en torno al neoliberalismo; un neoliberalismo en el cual su variante “ordoliberal” (las políticas sociales subsidiarias implementadas por este organismo se fundaban en la idea de una “economía social de mercado”) y su veta neoclásica-anglosajona (“estado mínimo” y privatizaciones a partir de las políticas más propiamente económicas), se imbricaron de manera paradigmática fortaleciéndose mutuamente.

 Esto en lo que refiere al proceso de progresiva inclusión e injerencia del neoliberalismo en nuestro país. Pero, ¿Qué hay de la tesis formulada en un comienzo, la cual postulaba la especificidad del neoliberalismo chileno en función de su heterogeneidad interna? ¿Qué hay de la idea de que nuestro país es un caso especial de neoliberalismo no en función de la unilateralidad de Chicago, sino gracias a un eclecticismo neoliberal que logra reunir de manera compleja tanto a Hayek como a Friedman y a Walter Eucken? Nos parece que estas preguntas ya las hemos contestado parcialmente a través de lo relatado en las secciones anteriores; las mismas dan cuenta de la fuerte presencia e imbricación del “ordoliberalismo” y el “neoclasicismo anglosajón”. Sin embargo, faltaría aún consignar la posible presencia de la veta austriaca en la fórmula neoliberal criolla. Aquí sostenemos que esta “adición interpretativa” no es una difícil de hacer (no es forzada ni gratuita, sino muy presente históricamente).
 Dos hechos son fundamentales en este respecto. Primero, el “eclecticismo adaptativo” – recordemos que el adaptarse a circunstancias imprevistas es un rasgo esencial del tipo ideal fundamental que relevan los neoclásicos “austriacos”- que tuvieron que adoptar los asesores técnicos de la dictadura hasta el año 1982. El mismo se observa de manera paradigmática en el manejo del tipo de cambio (en momentos fijo, en momentos variable), así como también en otras decisiones económicas[31]. Pero más fundamental es la figura de Hernán Buchi quien, aún si era un técnico a la manera anglosajona de “chicago”, de hecho actuó como el hombre nieztcheano que relevaban los austriacos: la heterodoxia liberal de Buchi (e.g. estatización temporal de los bancos) es fiel reflejo de un neoliberalismo criollo que existió y se desarrolló no sólo gracias a la unilateralidad de Chicago, sino también en función de la inclusión de las otras variantes neoliberales (en este caso, la variante hayeckiana)

Bibliografía

- Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
- Puello Socarrás, José Franciso: “Gramática del neoliberalismo. Genealogía y claves para su desciframiento”, Econ. Gest Desarrollo, Cali, Colombia (diciembre 2007)
- La trama del neoliberalismo, Emir Sader y Pablo Gentili (compiladores). Auspiciado por Clacso, editado por Libronauta Argentina SA, 2005
















 






[1] Puello Socarrás, José Franciso: “Gramática del neoliberalismo. Genealogía y claves para su desciframiento”, Econ. Gest Desarrollo, Cali, Colombia (diciembre 2007)
[2] Puello Socarrás José Franciso: “Gramática del neoliberalismo. Genealogía y claves para su desciframiento”, Econ. Gest Desarrollo, Cali, Colombia (diciembre 2007)
[3] Puello Socarrás José Franciso: “Gramática del neoliberalismo. Genealogía y claves para su desciframiento”, Econ. Gest Desarrollo, Cali, Colombia (diciembre 2007)
[4] Puello Socarrás José Franciso: “Gramática del neoliberalismo. Genealogía y claves para su desciframiento”, Econ. Gest Desarrollo, Cali, Colombia (diciembre 2007)
[5] Este punto está desarrollado detalladamente  en Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[6] La trama del neoliberalismo, Emir Sader y Pablo Gentili (compiladores). Auspiciado por Clacso, editado por Libronauta Argentina SA, 2005
[7] Puello Socarrás, José Franciso: “Gramática del neoliberalismo. Genealogía y claves para su desciframiento”, Econ. Gest Desarrollo, Cali, Colombia (diciembre 2007)
[8] Puello Socarrás, José Franciso: “Gramática del neoliberalismo. Genealogía y claves para su desciframiento”, Econ. Gest Desarrollo, Cali, Colombia (diciembre 2007)
[9] No está de más recordar lo que pareciera obvio: el neoliberalismo es, en términos marxistas, parte de la superestructura; siempre una ideología, la cual no se confunde con las transformaciones materiales que despuntan en el mundo a finales de los años 70.
[10] A nuestro juicio esta consideración extrema la nota. La ampliación del mundo de las finanzas y la especulación desbocada no  supone la negación, en ningún sentido, de la determinancia del capital industrial productivo bajo el modo de producción capitalismo. Para críticas en torno a la tesis del capitalismo financiero véase, por ejemplo, Rolando Astarita, “Crítica la tesis de la financiarización” (diciembre 2008)
[11] La indexación es un mecanismo económico que es eminente en formaciones sociales “reguladas”, herederas del pensamiento keynesiano. Cuando aplicada a los salarios, supone que cada punto de crecimiento de la economía nacional ajusta al alza las remuneraciones de los trabajadores de manera automática
[12] Citado en Manuel Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[13] Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[14] Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[15] Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[16] La trama del neoliberalismo, Emir Sader y Pablo Gentili (compiladores). Auspiciado por Clacso, editado por Libronauta Argentina SA, 2005
[17] Ejemplos al respecto hay muchos: las prácticas de la Inquisición, la oposición de la iglesia a Galileo y Copérnico, el actual rechazo del aborto y el homosexualismo, etc
[18] Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[19] Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[20] Citado en Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012 
[21] Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[22] Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[23] En lo fenoménico, el conflicto se agudizó cuando los académicos de economía de la universidad católica presentaron una carta al rector pidiendo la renuncia del decano Julio Chaná, en la cual incluían su reclamo fundamental de mejoras salariales
[24] Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[25] Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[26] Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[27] Citada en Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[28] Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[29] Gárate Chateau, Manuel. La revolución capitalista de Chile (1793-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Chile, 2012
[30] Esta denominación no se queda más que en las apariencias, ya que el tal milagro no fue en realidad algo real. Por una parte, las cifras del mismos se elaboraron  en función de la comparación con un periodo de crisis (1975), por lo que en realidad muestran no es un “milagro” sino una parcial recuperación de la economía (por lo demás fundada sólo en la utilización de capacidad excedentaria). Por otra, el “efecto riqueza” generado, y la recuperación de la balanza de pagos, no habrían sido sino función de créditos internacionales baratos utilizados para consumir bienes importados y no para invertir productivamente: éste sería un factor no menor en la generación de la crisis del año 1982.
[31] Argumentos en esta línea desarrolla Gárate Chateau.