lunes, 29 de abril de 2013

Notas críticas en torno a la exposición de Carlos Huneeus el día 12 de abril de 2012


Notas críticas en torno a la exposición de Carlos Huneeus el día 12 de abril de 2012

Las notas que se presentan a continuación no tienen intención de un desarrollo sistemático acerca de lo planteado por Carlos Huneeus en la clase magistral que aquí se tematiza. Sólo suponen algunos comentarios críticos acerca de la misma; un esbozo de ciertos puntos problemáticos que inhiben caracterizar la presentación en cuestión como consecuentemente racional.

En primer lugar, aquí se desea destacar una forma intelectual, una estrategia de presentación de un discurso, cuyas deficiencias comprometen el mismo curso y desarrollo del conocimiento en el campo de las ciencias sociales. Este punto hace referencia a la misma tesis central que propone Huneeus como fundamental para entender el proceso chileno en su devenir esencial desde el año 1990. La misma, que en términos generales afirma la no correspondencia de la “esfera” económica (modernizada o en proceso avanzado de modernización) con la “esfera” política (no “desarrollada”, en tanto no plenamente “democrática”), no es propia del académico al cual aquí hacemos referencia. Al respecto, véase por ejemplo la siguiente cita, extractada de un texto que Álvaro Díaz escribiera para la revista Proposiciones en 1994 (revista emanada desde el proyecto investigativo SUR):

“En el caso chileno, se manifiesta desde antiguo, un relativo adelanto de la organización social y de las formas institucionales, respecto a los cambios en el nivel de la estructura económica, disociación que tiende a agudizarse en los dos últimos decenios” (esta es una cita de Aníbal Pinto). “Actualmente puede afirmarse que hay una inversión histórica de esa tesis. Chile vive un periodo de gran expansión económica, pero tiene un atraso preocupante en la modernización de la institucionalidad pública y privada que, de prolongarse, podría frustrar las grandes oportunidades que se han abierto para esta nación. El gran dinamismo económico contrasta con la rigidez institucional”

Lo grave es que Huneeus no puntualiza esto –la “proveniencia” precisa de la tesis que plantea-, reivindicando como “suya” una tesis que en ningún caso puede serlo. Esta no es una cuestión de meros nombres, ni de autoría. Por el contrario, es una cuestión que solo puede tener tres lecturas. La primera, supone entender que nuestro licenciado en Derecho solamente pretendía postular una tesis de sentido común propia de una corriente político-intelectual que ejerció el poder del Estado chileno durante las dos últimas décadas. El problema con esta alternativa es que Huneeus no explicita esta cuestión, arrogándose como propia una tesis que, más que presentar un análisis racional de una situación particular, representa el sentir común de una fuerza social hoy en declive. Si nos decantamos por esta alternativa interpretativa, asumimos que lo presentado por este académico, además de no revelar sus fuentes precisas, supone la reproducción del sentido común por sobre el análisis racional de la realidad social. Una segunda alternativa interpretativa, por otra parte, implica asumir que Huneeus supone su tesis como “propia” y “original”. De esta segunda alternativa deriva una tercera: ¿conocía textos como el de Álvaro Díaz el autor o ignoraba la existencia de los mismos? Si aceptamos que la segunda alternativa se fundamenta en el conocimiento de los textos mencionados, toda la presentación de Huneeus queda teñida por un matiz de deshonestidad intelectual; si aceptamos que la segunda alternativa se fundamenta en el desconocimiento de textos como el de Álvaro Díaz, la “clase” dictada por nuestro profesor se enmarca en un contexto de ignorancia. Cualquiera de las alternativas de interpretación propuestas sobre la génesis de la tesis presentada por Carlos Huneeus, supone una limitación del análisis racional sobre la realidad social en el fundamento de la clase dictada por esta académico. En este sentido, cualquier análisis posterior del contenido sustantivo de las proposiciones derivadas de esta tesis, debe tener en cuenta este matiz que aquí se sugiere (matiz que no intenta invalidar un desarrollo racional por su génesis, sino sólo contextualizar el método de trabajo y pensamiento que lo fundamenta)

En segundo lugar, es importante destacar las premisas históricas e intelectuales en las cuales se inscribe la misma tesis que presenta Huneeus. Él mismo es claro al respecto: su sustento debe encontrarse en los desarrollos “cepalinos” (específicamente Aníbal Pinto) propios de un periodo previo al gobierno de la unidad popular (1970-1973). Ahora bien,  la cuestión es que el marco de análisis propuesto por la Cepal en estos años adolece de una debilidad teórico-estructural fundamental: la idea de que en el largo plazo modernización económica y modernización política debían coincidir (al tiempo que sostiene lo mismo si el término escogido es “atraso” y no “modernización”). En efecto, el mismo sentido de la tesis de Pinto –“en el caso chileno, se manifiesta desde antiguo, un relativo adelanto de la organización social y de las formas institucionales, respecto a los cambios en el nivel de la estructura económica, disociación que tiende a agudizarse en los dos últimos decenios”- asume que el subdesarrollo económico chileno no permite un desarrollo pleno de la institucionalidad política, la cual, aún si posee rasgos evidentes de “adelanto”, se ve permeada por un potencial de inestabilidad. Por lo tanto, solo el desarrollo económico, en tanto alcance el nivel de desarrollo de lo “político”, será capaz de proveer un marco de estabilidad a esta última “esfera” de lo social. El problema con este planteamiento es que reproduce una tesis de la modernización cuyas bases ya hace bastantes décadas se encuentran cuestionadas (al respecto, puede verse la posición de Touraine a finales de los años ochenta). En este punto –y dado que estas notas críticas no pretenden en ningún caso un análisis acabado de los temas que aquí se mencionan- solo diremos que la modernización de la esfera económica capitalista, en una sociedad concreta, no supone ni requiere su correlativa modernización política (el caso de Estados Unidos es revelador: con un desarrollo económico abismante, aún en la década de los sesenta la igualdad y universalidad de ciudadanía política brillaba por su ausencia –e.g. el “pueblo” afroamericano solo consiguió el acceso a las urnas en los años setenta-). Lo sustantivo, sin embargo, es que este marco categorial permea el mismo análisis de Huneeus sobre los últimos veinte años de nuestro país (en el cual invierte la tesis de Pinto manteniendo invariantes sus elementos): se asume que la modernización de la esfera económica capitalista (ya presente) “requiere” o “necesita” la modernización de la “esfera” política.

En tercer lugar, debe explicitarse que el mismo Huneeus no es fiel a las premisas categoriales “cepalinas” que dice adoptar en su análisis. Esto porque afirma una interpretación del periodo 1930-1973 en la cual se habría hecho realidad la “autonomía de lo político”. Ahora bien, lo que en efecto plantea Pinto es inverso: el mismo hecho de que nuestro país posea una estructura económica subdesarrollada inhibe que el desarrollo político alcanzado logre adquirir un grado de estabilidad suficiente. Esto es, la determinación de lo económico no permite el desarrollo pleno de lo político. ¿Autonomía de lo político? Bajo el marco cepalino, por lo menos, esto no puede sostenerse.

En cuarto y quinto lugares, se mencionan dos puntos relacionados con el análisis concreto del periodo posterior a 1990 en la formación social chilena. Por un lado, Huneeus afirma que la fuerza social que detentó el poder durante las dos últimas décadas efectivamente implementó medidas progresistas. Ahora bien, quien escribe sostiene que el concepto de progreso designa una realidad objetiva (no es una cuestión de mera opinión que se deriva de la forma de definir la noción de progreso), la cual puede reconocerse en el desarrollo recíproco y relacionado de los principios de la “igualdad” y la “libertad” en su materialización concreta. Esto es, el progreso designa una realidad en la cual observamos el desarrollo concreto de estas dos nociones (que en sí mismas suponen un proceso, nunca un estadio a alcanzar). De esta manera, si analizamos bajo este rasero el proyecto implementado por las fuerzas sociales concertacionistas, tenemos elementos para afirmar que el mismo no supuso progreso en sentido alguno, en tanto no supuso el desarrollo conjunto e interrelacionado de los principios de la igualdad y la libertad en lo material. Si esto que aquí se afirma posee efectivamente una connotación polémica, no creemos que este sea el espacio para presentar un análisis acabado sobre la materia, por lo cual sólo mencionaremos ciertos elementos estructurales sobre los cuales pudiera sustentarse un análisis que sostenga la no presencia de medidas progresistas en las dos últimas décadas de la historia de nuestro país:

-Aumento de la desigualdad. Análisis al respecto existen varios; el más reciente del cual tenemos conocimiento es aquél presentado en el artículo escrito por Carlos Ruiz y Víctor Muñoz en la revista Némesis del año 2010.

- Deslegitimación de la institucionalidad política (y judicial). Esta cuestión se manifiesta en cuestiones diversas. Por un lado, la dinámica progresiva de baja participación electoral que ha experimentado nuestro país durante las dos últimas décadas (para la última elección presidencial existen datos que muestran que más de un 40% de población que pudo acceder a sufragar no lo hizo). Esto muestra el tipo de concepción democrática que soportaron los gobiernos de este periodo; ésta, al insistir unilateralmente en la “representación” y al dejar de lado la dimensión de la “participación”, evidencia una noción de libertad de corte liberal, la cual privilegia la “libertad negativa” por sobre la “libertad positiva”. Ahora bien, la misma idea de progreso (como dimensión objetiva) que aquí se presenta, demanda el desarrollo y la superación de una libertad estrecha (la libertad negativa, liberal), por una libertad más amplia (libertad positiva, verdaderamente racional). Sin embargo, como se evidencia en la baja participación electoral, la misma práctica política de estos últimos veinte años muestra como el progreso, tal como aquí lo comprendemos, no se efectiviza. Por otra parte, la continua evaluación negativa de la ciudadanía respecto del poder judicial (como se evidencia en las mismas encuestas que elabora la clase dominante para verificar el alcance de su dominio), muestra como se manifiesta al nivel de las apariencias a los agentes prácticos, el no desarrollo conjunto, en la materialidad, de los principios de la libertad y la igualdad: la negación del progreso siempre aparece ante los ojos de la conciencia ingenua como la reproducción de la “injusticia”

- Pérdida de soberanía. La idea de progreso, inherente a la modernidad, suponía –y aún supone- la idea de “autodeterminación por parte del colectivo social”, lo cual no era sino una manera más de formular la necesidad del desarrollo recíproco de las dimensiones de la igualdad y la libertad en lo material. Ahora bien, durante los últimos veinte años esta capacidad de autodeterminación se ha diluido de manera importante, lo cual es aparente en diversos fenómenos:

a) Mantención de la autonomía del Banco central. Esta cuestión supone la comprensión de la dimensión fundamental de la realidad social –lo económico- en tanto que cuestión técnica, sujeta solamente a la lógica instrumental unilateral del capital. En un sentido, se niega al colectivo de los productores el acceso a un medio para “actuar sobre las estructuras” (como diría el profesor Omar Aguilar), al afirmar la autonomía y “neutralidad” del Banco Central

b) Privatización de lo social “básico”. La sucesiva y “progresiva” privatización de las esferas de la salud, la educación e incluso del mundo del trabajo (e.g  “juridificación” de los conflictos laborales), ha supuesto la ampliación de la esfera del mercado en la formación social chilena. Ahora, el mercado funciona verdaderamente mediante la sanción de una desigualdad básica en lo real, la cual se evidencia en el hecho mismo de la existencia de las clases sociales: la libertad y la igualdad dependen en esta situación de la propiedad y/o posesión por parte de los distintos agentes sociales situados en la estructura (como muy bien sostiene Rafael Echeverría). Por lo tanto, la mercantilización de la sociedad no puede sino suponer la negación del progreso como realidad objetiva.

c) Relativa extranjerización de la economía. El capital transnacional ha mantenido y ampliado su poder sobre los recursos estratégicos de la formación chilena (e.g. Cobre); esto no ha supuesto sino la pérdida de soberanía por parte del colectivo productor sobre las determinantes materiales de su reproducción social

- Pérdida de poder de los sindicatos. Esta apariencia es palmaria en tanto transparenta de manera cristalina la esencia de una realidad social en la cual se ha mantenido y acusado su asimetría estructural básica. Esto es, la baja en la sindicalización, en la negociación colectiva, la deslegitimación de las dirigencias de los trabajadores (cuestión evidente y que no tiene sentido negar), expresan la acusación de las asimetrías entre el Capital y el Trabajo –asimetrías que incluso reconoce la constitución “dictatorial” que hoy nos rige-.

 La quinta idea que en este texto desea ser mencionada –y a la cual ya hicimos referencia de manera tangencial-, dice relación con el espíritu mismo que “compone” la ilustración bosquejada por Huneeus, el cual pareciera informar acerca de una realidad social que sólo  expresara “su” descontento a partir de 2011. Si bien esto no se afirma de manera taxativa por parte del académico que aquí tratamos, corresponde a una noción general derivable del análisis que el mismo propone. Lo problemático es que sostener esta idea supone la negación misma de la realidad efectiva de las dos últimas décadas. Esto porque el descontento de las clases que componen la formación social chilena se ha mostrado en innumerables ocasiones a lo largo de este periodo. A modo de ejemplo, podemos mencionar:

-          Agudización del conflicto mapuche a partir de 1997
-          Movilizaciones estudiantiles, pesqueras y de “trabajadores en general” en el mismo año 1997
-          Movilización estudiantil de 2001(mochilazo)
-          Movilización estudiantil 2003
-          Movilización estudiantil 2006

Un último apunte. No es sorprendente, pero sí negativo para el avance del análisis racional sobre la realidad social, el hecho de que Huneeus establezca la realidad de la explotación del trabajo como un mero fenómeno contingente (que puede suceder o no suceder en una formación social capitalista). Esto se evidencia en cierta pregunta de una encuesta cuya autoría este académico reclamó para sí en la comunicación que aquí comentamos, la cual inquiría sobre la percepción de los trabajadores acerca de las prácticas empresariales. Comentando la misma, Huneeus pareció afirmar que los trabajadores podían percibir el actuar empresarial como explotador, sólo porque en lo actual se da de esta manera. Casi parece un truismo recordar que la explotación no es únicamente (ni siquiera fundamentalmente) una categoría moral arbitraria en el contexto de una sociedad capitalista, sino una categoría estructural y objetiva que designa la forma en la cual se reproduce este mismo modo de producción en una formación social determinada