lunes, 29 de abril de 2013

Súrdicos en Punto Final


Súrdicos en Punto Final

Quien escribe lo hace con tristeza. Tristeza por una izquierda cuyos horizontes están desviados.

Hace un tiempo (unos dos meses quizá) dejé de comprar la revista punto final. Llevaba más de un par de años comprándola cada quincena. En ese lapso, y gracias a esta frecuente lectura, algunas luces sobre la historia y el presente de nuestro país se encendieron en mi persona. Dentro del material informativo no cooptado por la publicidad y el gran capital (casi todo el periodismo para tristeza chilena), parecía ser ésta una revista rescatable. Tenía incluso ciertos matices marxistas; un amigo me contó que la editaban ciertos ex miristas…Pero el idilio terminó: una línea de “súrdicos” tenía fuerte presencia en la revista.

En una crítica constructiva a punto final como ésta, quisiera señalar algunos de los elementos fundamentales que me han alejado de la misma. El primero de ellos –y el fundamental- coincide con el hecho de encontrarme –como dije más arriba- con una línea de “súrdicos” de cierto peso en la revista. ¿Qué significa “súrdico”, y cuál es mi resquemor con la realidad que designa esa palabra? La palabra, según mi conocimiento, fue acuñada por Juan Jorge Faundes en el artículo de punto final “Súrdico, un modelo para armar”. Según el autor, un súrdico debiera hacer lo siguiente:

“ Si bajamos por un momento de las nubes teóricas, utópicas e ideológicas y tratamos de examinar los diversos países del planeta de la tierra con algunos instrumentos que nos garanticen más objetividad que los meros prejuicios para detectar en cuál o cuáles se produce más riqueza, y en cuál o cuáles la plusvalía se reparte mejor y por lo tanto la plusvalía (en el sentido marxista del término) la plusvalía es más baja, y en cuál o cuáles los resultados de ello se reflejan en mayor desarrollo humano, estaríamos de manera empírica identificando un modelo de sociedad mejor. Y, detectado ese país, habría que observar que es lo que ese país ha hecho o está haciendo para que así sea…”

Para, finalmente, concluir que:
“Si queremos construir una propuesta de país que considere producción e riqueza, óptima distribución y elevado desarrollo humano, tenemos que apuntar la modelo de Noruega. Una monarquía constitucional, democrática, con sistema parlamentario de gobierno; un estado fuerte y dueño de las riquezas básicas…Al margen del rey, que así no necesitaríamos…aquí podríamos diseñar el “modelo súrdico”

 Para cualquier compañero que lea estas líneas, no le sería raro imaginarse que provienen de algún informativo ligado a las líneas progresistas de la onu, el banco mundial, o alguna fundación ligada a la socialdemocracia alemana heredera de Friederich Ebert[1](por poner algunos ejemplos). Sin embargo, provienen de uno de los asiduos colaboradores de Punto Final (Juan Jorge Faundes). Aún si aparece en de alguna manera como evidente en las citas, quisiera resaltar los elementos que designan a la proposición “súrdica” como una renuncia del pensamiento.

a     Primero, Faundes propone bajar de las nubes teóricas, utópicas e ideológicas, para desligarse de los prejuicios y adoptar una postura propiamente objetiva. ¿Con quién está conversando el autor? ¿Quién es aquél personaje prejuicioso, utópico, cegado por la ideología, incapaz de objetividad? Faundes no lo explicita; sin embargo, no es necesario: una de las muchas críticas a la izquierda (y más fuertemente al marxismo) se elabora en torno a esos puntos. O sea, para el autor, estas críticas tienen fundamento: lo tienen en tal medida que la izquierda ahora debiera girar hacia una versión denominada “súrdica”. Ahora bien, para cualquiera que conozca medianamente la tradición marxista –la única que puedo defender aquí con conocimiento de causa-, es sorprendente la renuncia al pensamiento que supone la asunción de Faundes: porque es precisamente la teoría marxista la única capaz de fundar objetivamente la economía en la teoría del valor, proporcionar un método para el estudio de la historia de las sociedades (la fértil combinación entre modos de producción y lucha de clases), y un etcétera bastante largo. No obstante, lo sustancial no es este tipo de “rechazo” que propone Faundes, sino los horizontes, el método y las conclusiones alternativas que establece.

b      Segundo, Faundes se propone cumplir su propuesta “desprejuiciada” a través de los que asume –implícitamente, es cierto- como horizontes aceptados por los lectores de punto final (asumimos que gente de izquierda): la necesidad de una mayor producción de riqueza junto a una distribución “mejor” de la misma. Horizontes loables, claro está. Empero, pareciera faltar algo sustancial (más todavía en un texto de quien se precia de utilizar terminología marxista): la producción. No eran las preguntas críticas y racionales fundamentales “¿quiénes producen?”, “¿cómo producen?”, “¿qué producen?”, “¿para quién producen?”. El énfasis en una mayor producción de riqueza siempre ha sido puesto por quienes abogan por la permanencia del modo de producción capitalista; el relevar una mejor distribución no pasa de ser un horizonte que entra dentro del paradigma liberal y que en ningún caso supone trascender el capitalismo. Lo que distingue a una crítica racional de una superficial es de hecho el énfasis en la producción. Porque, en efecto, son las relaciones sociales de producción las que determinan la dinámica de una sociedad dada. Así, al excluir a estas relaciones de los horizontes necesarios de quienes leen punto final, Faundes asume que éstos han abandonado el análisis racional (la necesaria crítica anticapitalista objetiva). El abandonar el campo de la producción supone eternizar la relación de trabajo asalariado (la esclavitud asalariada como Marx la denominaba a veces), naturalizar la enajenación y esclerotizar la anatomía de la sociedad signando como necesaria la actual división social capitalista del trabajo. Supone, además, otras tantas cosas más: a) implica renunciar a definir necesidades (e.g. la crítica y eliminación del lujo no sería necesaria); b) supone obviar la necesidad de una planificación que termine con la anarquía del mercado capitalista; c) implica renunciar al autogobierno de los productores (esa democratización de las decisiones sobre la organización el proceso de trabajo, los objetivos de inversión, etc). Claro está, no podía ser de otra manera en un texto que nos plantea como horizonte una forma de “capitalismo existente” (como veremos en los que sigue)

c     En lo que respecta a los métodos, Faundes nuevamente demuestra su renuncia al pensamiento objetivo y racional. De partida, todo su argumento se centra en la idea de imitar cierta deriva histórica peculiar de países que son parte de los centros capitalistas. Pierde su análisis, entonces, toda coloración histórica. Repite, por lo demás, la forma de análisis típica del desarrollismo yanqui de los años 50’-60’ (s. XX). Bastaría con imitar como lo hacen allá en los países desarrollados de dinámica “autocentrada”. Pareciera que nos habla un Rostow o los asesores yanquis de la alianza para el progreso. No es así, es punto final quien plantea este tipo de métodos. Los mismos, por citar lo más evidente, olvidan dos cosas esenciales. Primero, ¿cuál es el modo de producción dominante de la formación que supuestamente debiéramos imitar? Segundo, esta forma de pensamiento omite toda forma de comprensión relacional de la realidad, olvidando que los beneficios (si es que existen) de los cuáles disfrutan los centros capitalistas desarrollados se explican (en lo fundamental) por la existencia de la cadena imperialista (o, si se considera que el leninismo está pasado de moda -¿?-, reemplácese a éste por el “sistema mundo capitalista” de Wallerstein –si es que éste al ser yanqui y no estar vinculado con las luchas prácticas de la clase obrera, parece más aceptable-¿?- ).
En segundo lugar, el autor del artículo que aquí criticamos propone utilizar las siguientes herramientas para su análisis comparativo entre países: índice Gini, PIB (producto interno bruto), IDH (Índice de desarrollo humano). Cada uno de estos instrumentos responde a una forma de medición pergeñada por el Banco Mundial, el FMI y demases. Pareciera extraño que para proponer una alternativa a la explotación existente se utilicen las mismas categorías de organismos que han demostrado su afiliación capitalista sin ambages. Sin embargo, no es sólo una cuestión de origen o proveniencia: es que estas mismas categorías inhiben una comprensión objetiva y racional de la realidad. Sin ser un experto en la materia, puedo darme cuenta como ni siquiera el autor cita el pib “corregido por poder de compra”, como a la vez no percibe que el índice de Gini no mide desigualdad de clases (no incluye la propiedad de los medios de producción realmente), cómo no entiende que IDH supone que la medida del hombre puede encontrarse en una sociedad capitalista (¿tiramos, entonces, a la basura los manuscritos del 44 de Marx?). Por lo demás, Faundes no menciona los esfuerzos marxistas por medir racionalmente las diferencias entre países según criterios más atendibles (véase, por ejemplo, Anwar Shaik con el concepto de IGM – ingreso de la gran mayoría- , o John Weeks con su manera de medir el efecto de la deuda y la globalización).

d    Por último, las conclusiones. Faundes propone “imitar” (con todo el peso del “colonialismo intelectual” cayendo sobre su pluma) a los países nórdicos. En suma, el horizonte es un país capitalista (Noruega) cuyas pesqueras depredan nuestras costas y sobreexplotan a nuestros trabajadores nacionales. El horizonte es un país capitalista que es a la vez una monarquía (la cual, para el autor, no sería difícil de obviar -¿?-).

Creemos que estos puntos demuestran cómo Faundes renuncia a la crítica objetiva y racional del capitalismo. Sin embargo, éste no es el único indicio de una deriva desviada en la revista Punto Final. Existen otros, menos evidentes y quizás más inconscientes. Por cuestión de espacio sólo los voy a enunciar. Primero, la extraña defensa del kirchnerismo por parte de Gonzalo León (véanse, por ejemplo, las columnas “La populista eficiente” y “Betty y el Stand up”). Pareciera que Punto Final considera loable lo que Atilio Borón ha denominado de manera poco feliz como un “capitalismo serio”. No éste el espacio para criticar el proyecto argentino (quien quiera profundizar en este campo vaya a la página virtual del profesor Rolando Astarita); sólo diremos que no pareciera muy saludable defender un proyecto que le dora la píldora a Monsanto y las transnacionales para que inviertan en el país, y que castiga impositivamente a los salarios en tanto que ganancias (dos ejemplos recientes). En segundo lugar, el extraño ensalzamiento de corrientes marxistas novedosas que, en realidad, no parecieran ser más que otra renuncia al pensamiento. Estoy pensando en la entrevista a Fernando Alberto Lizárraga que hace un tiempo publicó el quincenario; éste autor se preciaba de conjuntar a John Rawls con el marxismo -¿?-. Un liberal de tomo y lomo, Rawls es imposible de unir a cualquier crítica racional al capitalismo (ya que éste, al hablar de equidad, justicia, proponer un marco de individualismo metodológico, dedicarle cinco líneas a la desigualdad clasista, etc, es más cercano al neoliberalismo que a cualquier pensamiento y práctica anticapitalista). En tercer lugar, y por último, pareciera preocupante la majadería con que en ciertos artículos de Punto final se exacerba la crítica al neoliberalismo, sin especificar que ésta no es más que una ideología (ergo, superestructural) y no la materialidad misma de la realidad que se critica. Sería más pertinente, en efecto, establecer que la crítica es a un modo de producción (que incluye lo basal junto a la superestructural), siempre determinado por relaciones sociales de producción.

Estos son algunos de los elementos que me han llevado a dejar de comprar Punto Final. Es triste la deriva (tendencial) de esta revista. Espero corrija su camino; por el momento, quienes apostamos por una crítica racional y objetiva del capitalismo, tendremos que continuar informándonos por otros lados.

Atte

antoniojose








[1] Ebert fue una suerte de primer ministro socialdemocráta en Alemania durante la revolución alemana en la que participaron los miles de obreros junto a los “espartaquistas” (Luxemburg, Liebknecht, etc). Su accionar como mandatario resultó en la muerte de decenas de miles de obreros muertos, junto a Luxemburg y Liebknecht. Sin embargo, su nombre no fue olvidado en su país natal: la fundación Friederich Ebert cumplió un rol fundamental a la hora de “convencer” a los exiliados nacionales de las virtudes de lo que Agacino denomina el “socialismo rosa”. Así, ésta fundación no tiene un papel menor en la deriva neoliberal actual del partidos como el socialista en nuestro país.